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Cultura

La belleza cambia de cuerpo
La exposición «El culto a la belleza» recorre en el CCCB una historia de cuerpos deseados, descartados y vueltos a desear.

Laura Casamitjana30 de octubre de 2026 - 07:30
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Apolo Hile (Marina Vargas); Katie, 6 anys. Guanyadora. Concurs de Bellesa Universal Royalty de l’estat de Texas(Zed Nelson); Núvia (Josep Tapiró); Models virtuals. Aitana (The Clueless); Old woman at the mirror (Jeremiasz Falck); Humanæ. Work in progress (Angélica Dass); No soy moderna, soy mucho más antigua (Norma Pérez).

Se puede reconocer una cara que nunca ha existido, como la de una influencer generada con inteligencia artificial. Su rostro resulta familiar porque la máquina no inventa nada, recompone aquello que ha aprendido mirando imágenes anteriores. Ni siquiera ese cuerpo fabricado para acercarse al canon queda libre de la insatisfacción.

El culto a la belleza, la exposición del CCCB sobre la construcción histórica de los ideales estéticos, recorre siglos de intentos por fijar qué aspecto debería tener un cuerpo y a la vez evita ordenar esa historia como una sucesión limpia. Aquí las épocas se contaminan entre sí y lo antiguo se reconceptualiza con una interfaz nueva. 

Aparecen proporciones clásicas, representaciones médicas y otras formas de jerarquizar y clasificar el cuerpo. La belleza occidental fue imponiéndose durante siglos como una medida universal, mientras la expansión colonial relegaba otros cuerpos en la clasificación, especialmente bajo esa etiqueta racista de «lo exótico».La muestra insiste en la idea de cómo el canon nunca se ha limitado a decidir qué resulta agradable a la vista, ya que también ha participado en la división entre cuerpos «normales», deseables, raros o directamente excluidos.

Imagen de la exposición en el CCCB. Foto de Alice Brazzit.

En el CCCB se construye el recorrido precisamente alrededor de esa tensión entre norma y transgresión, a través de factores como el género, la ascendencia, la salud o la edad.

Inteligencia no tan artificial

La inteligencia artificial es un organismo contemporáneo nacido de pretextos añejos. Cuando un generador recibe la orden de producir una persona bella, trabaja con un archivo visual que ya estaba lleno antes de su llegada, es decir, puede crear millones de combinaciones, pero los materiales con los que aprende contienen siglos de preferencias —y de prejuicios—. No es una cuestión de distopía tecnológica sacada de un guion de Hollywood: basta con observar hasta qué punto muchas de esas caras sintéticas se parecen entre sí. El algoritmo ha cambiado la velocidad y la escala del proceso, no necesariamente el punto de partida.

De Moss a Kardashian  —y vuelta a empezar—

La teoría encuentra en el itinerario dos objetos pop que condensan medio siglo de historia. Lipstick Kiss, de Kate Moss, conserva la huella de unos labios pintados de rojo: la modelo llegó a subastar un beso por 60.000 libras en 2006 —la belleza al mercado—. Cerca aparece Selfish, el libro que Kim Kardashian publicó en 2015 reuniendo cientos de selfies. Si Moss representaba el ideal extremadamente delgado de los noventa, Kardashian popularizó después otra silueta: pecho, caderas y glúteos prominentes.

Imagen de la exposición en el CCCB. Foto de Alice Brazzit.

Vistas juntas, funcionan como recordatorio de lo rápido que caduca un cuerpo. En 2026 la delgadez vuelve a ocupar pasarelas, alfombras rojas y pantallas, mezclada ahora con el lenguaje del wellness, la optimización y los fármacos GLP-1. El llamado heroin chic reaparece sin necesidad de reproducir exactamente su imaginario noventero, a la vez que las curvas aún dan coletazos y no han desaparecido del todo: los ideales conviven, se superponen, pero sobre todo vuelven. El cuerpo queda sometido a una lógica casi estacional, teniendo siempre en mente que lo que ayer debía aumentarse hoy puede adelgazar.

Selfish introduce cómo en el siglo XXI Narciso ya no necesita un estanque. La exposición pasa del espejo a la cámara frontal y de ahí a filtros, TikTok e imágenes sintéticas. Ahora es posible compararse con una versión editada de una misma. Mirror, Mirror on the Wall, de Xcessive Aesthetics, convierte el baño de una discoteca en una instalación de espejos y pantallas donde en el mundo de la noche los trucos de belleza y los cuerpos estandarizados conviven con la posibilidad de experimentar con la propia identidad. 

Tejido y materialidad

Internet es mucho más que una máquina de homogeneizar caras, es el punto de encuentro de identidades que durante mucho tiempo quedaron fuera de la representación normativa o entraron en ella desde la patologización. Hay cuerpos trans y no binarios, cuerpos queer y cuerpos con discapacidad.

Imagen de la exposición en el CCCB. Foto de Alice Brazzit.

Dos fragmentos de tejido del pecho de E-J Scott, del Museum of Transology, extraídos durante una cirugía de afirmación de género y conservados en frascos con alcohol, obligan a acercarse a la vitrina de otra manera. Junto a los frascos, una fotografía muestra a Scott sosteniendo uno de esos mismos recipientes. Aquello que en otro contexto podría exhibirse como resto médico aparece aquí ligado a una decisión sobre el propio cuerpo. Scott plantea su cirugía como un ejercicio de autonomía corporal y sitúa la experiencia trans dentro de una historia mucho más amplia de personas que han acercado su imagen a cómo quieren verse y ser reconocidas.

En la misma vitrina conviven prótesis mamarias, binders —cinta utilizada para comprimir el pecho —, maquillaje, medicación y pequeños objetos personales que narran las historias de quienes los donaron. 

Más allá de la vista

Con un recorrido construido en gran parte alrededor de aquello que vemos y de cómo somos vistos, la exposición introduce algo menos habitual en una sala de museo: tocar y oler. Hay ungüentos, texturas y una propuesta olfativa que invita a imaginar los perfumes de figuras históricas. La belleza deja de estar encerrada en una proporción y pasa también por la piel y la nariz. Un pequeño desacato después de años aprendiendo que en un museo se mira a una distancia prudente y, sobre todo, no se toca.

Imagen de la exposición en el CCCB. Foto de Alice Brazzit.

En la adaptación de la muestra al CCCB participa Blanca Arias, artista e investigadora y autora de Blandito blandito. ¿Qué le hacemos les feministas al arte?, un ensayo desde el que reivindica precisamente otras formas de relacionarnos con las obras. Arias ha defendido que «el tacto ha sido un sentido terriblemente denostado» frente a la supremacía histórica de la visión. Su interés por aquello blando, poroso y susceptible de cambiar al entrar en contacto con otros cuerpos encuentra aquí un espacio bastante literal: una exposición dedicada a la belleza que, por momentos, pide dejar de juzgarla exclusivamente con los ojos.

Entre esculturas clásicas, jerarquías coloniales, modelos de inteligencia artificial, Moss y Kardashian, filtros y fragmentos de tejido humano, «El culto a la belleza» consigue que el canon cambie varias veces de forma durante una misma visita.

Lo hace porque siempre lo ha hecho fuera de ella, la dificultad está en que nuestros cuerpos no cambian de temporada con la misma facilidad.

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belleza CCCB
Laura Casamitjana
Laura Casamitjana

Periodista

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