Pasear por el centro de Barcelona el sábado por la tarde tenía un aire postapocalíptico. Las tiendas de lujo del paseo de Gràcia tenían los cristales cubiertos con tablones de madera y las persianas bajadas desde primera hora. En el Hotel Majestic habían ido más allá y decidieron levantar una pared provisional de pladur, previendo la revolución y la anarquía. Entre las furgonetas de la Brimo y de la ARRO, grupos de gente disfrazada caminaban hacia alguna fiesta de Halloween sin hacer mucho caso de la alerta máxima.
Los Mossos habían montado controles desde las tres en las estaciones de la primera corona metropolitana; en Catalunya, Passeig de Gràcia y Sants se cerraron accesos secundarios para hacer pasar a todo el mundo por un solo embudo. Al final de la noche, entre Mossos y Guardia Urbana, se había identificado a 2.264 personas, muchas de ellas menores de edad. En Barcelona hubo tres detenciones, ninguna relacionada con la convocatoria. El punto de recepción de detenidos de Pau Claris con Gran Via, preparado para decenas de arrestados como los 133 de la semana anterior, vio pasar a tres. La CUP denunció identificaciones indiscriminadas, algunas por perfil racial, y pidió explicaciones a Interior.
Estos datos permiten más de una lectura. No se puede negar que había motivos para desplegar un dispositivo: los disturbios de la semana anterior, el riesgo de nuevos enfrentamientos y la legítima preocupación de vecinos y trabajadores del centro. Pero también es difícil no preguntarse qué protegía exactamente aquel despliegue, si la seguridad de todos o la integridad de unos cristales que, al romperse, resquebrajaban la fantasía de la marca Barcelona.
La fotografía del escaparate hecho añicos da la vuelta al mundo antes que la imagen de un desahucio, y el extraordinario despliegue parecía llevar un mensaje que decía: «con la imagen de Barcelona en el exterior no se juega». Son más de treinta años invirtiendo en la idea idealizada de la Barcelona escaparate de los cruceros, de las rutas modernistas y de un paseo de Gràcia pensado para turistas con la VISA en el bolsillo.
El extraordinario despliegue parecía llevar un mensaje que decía: «con la imagen de Barcelona en el exterior no se juega»
La consejera de Interior, Núria Parlon, dijo que el dispositivo debía generar confianza entre «comerciantes» y vecinos. Comerciantes, la palabra mágica del momento. La hemos oído repetida últimamente en las tertulias y en las declaraciones institucionales, porque apela al imaginario de la tienda de barrio, sea la ferretería de la esquina o la mercería que lleva cuarenta años subiendo la persiana. Pero las pocas tiendas pequeñas del centro, como las de cómics y manga cerca del Arc de Triomf, explicaban que no podían permitirse cerrar un sábado, que es cuando más venden. Las tiendas tapiadas eran principalmente grandes cadenas de moda y de lujo. Esta diferencia no es un detalle: muestra que el relato del «comercio» unifica intereses que no son los mismos. Quién puede cerrar una noche y quién no; quién tiene almacén y quién tiene el género en el escaparate; quién puede asumir el coste del miedo y quién no.
Pero quién o qué es Blocus, de hecho, todavía no se sabe. La Guardia Civil detuvo el viernes en Picanya (Valencia) a un joven de veinte años considerado el fundador del movimiento en España y administrador de los grupos de Telegram desde los que se hacían los llamamientos. Una magistrada lo ha enviado a prisión por organización criminal y le ha prohibido acercarse a cualquier aparato conectado a redes sociales.
Los Mossos, que han seguido los mismos canales, insisten en que no hay ninguna estructura con líderes ni ideólogos y en que todo nació en las redes tras la oleada de París. Una semana de análisis ha repartido la culpa entre la rabia de una juventud sin futuro, un chico de veinte años con un canal de Telegram, el algoritmo y los padres que no vigilan. Cada despacho ha encontrado el culpable que necesitaba. Mientras las preguntas se limiten a quién abrió el canal o a cuántos agentes hacen falta para tapar el paseo de Gràcia, las respuestas serán tantas, y tan parciales, como los intereses que haya detrás de quien las formule.
Hay, además, toda una reflexión pendiente sobre la relación entre adolescencia y redes sociales, y otra todavía más relevante sobre el sesgo ideológico y el control oligárquico de las empresas tecnológicas a través del algoritmo. Hace quince años, las redes servían para hablar con los amigos del instituto. Hoy la aplicación ya no los conecta con nadie que conozcan: les sirve un flujo infinito de vídeos elegidos para ellos para que no dejen de mirar.
El mismo mecanismo que recomienda unas zapatillas a quien no las necesitaba, o que convoca a miles de fans en una plaza en cuestión de minutos, puede servir a un chico de quince años, semana tras semana, enfrentamientos con la policía grabados como si fueran un videojuego, hasta que quemar un contenedor parezca un reto más. Detrás hay un modelo de negocio que vive de retenernos delante de la pantalla, y que se parece mucho al de la ciudad que ayer protegía sus cristales.
Ahora bien, reducirlo todo al algoritmo también sería una manera cómoda de no mirar lo que hay debajo. El algoritmo amplifica, pero no sustituye las condiciones materiales, la falta de vivienda, la precariedad, la sensación de no tener ningún lugar. Y, al mismo tiempo, reconocer esto no exime a nadie de responsabilidad: ni a quienes destrozan, ni a quienes criminalizan a toda una generación, ni a quienes gobiernan la ciudad como si solo fuera un decorado. La clave no es elegir un culpable único, sino ver cómo se encadenan las responsabilidades.
Reconocer esto no exime a nadie de responsabilidad: ni a quienes destrozan, ni a quienes criminalizan a toda una generación, ni a quienes gobiernan la ciudad como si solo fuera un decorado
El miércoles 11 hay huelga general por la vivienda, y la policía teme que Blocus la aproveche para volver al centro. Quienes más se quejarán son aquellos que solucionarán temporalmente su problema con una pared de pladur, pero la pregunta de fondo es qué ciudad queremos proteger: una en la que los cristales se pueden tapiar en una tarde y los alquileres no se pueden pagar en una vida, o una en la que el derecho a la vivienda, a la protesta y a un espacio público compartido no sean solo la escenografía de una campaña. Mientras no respondamos a eso, seguiremos confundiendo la ciudad con su escaparate.
