En Barcelona hay muchas plazas que no merecen serlo. Una de ellas es la plaça Mons. La culpa, visible también en otras más populares como la de España o la de Francesc Macià, la tiene una horrible rotonda, elemento urbanístico con una asombrosa capacidad para romper el vocabulario y desmembrar cualquier atisbo de ágora al evitar la comunicación propia de estos espacios, templos de reunión siempre más amenazados entre quejas vecinales, cierres nocturnos y alguna que otra, una absoluta contradicción léxica, privatización.
La plaça Mons contiene un punto precursor de lo que, a principios de siglo XX, iba a ser una revolución para Vallcarca. En 1903 el aún independiente Ajuntament de Horta, agregada a Barcelona al cabo de un año, planeó la construcción de un puente para unir las colinas del Putxet y el Coll. En 1909 el arquitecto Miquel Pasqual i Tintorer culminó la edificación de una pequeña pasarela de piedra irregular y obra vista caracterizada por su barandilla con dibujos geométricos hilvanados mediante hileras de arquitos intercalados.
El puente de la plaça Mons, uno de los pocos modernistas de todo el repertorio barcelonés, debía constituir la avanzadilla de su hermano mayor, idóneo para facilitar el transporte de mercaderías y comunicar la zona, privilegiada por su aislamiento, con el resto de la Ciudad Condal. Debía ser de hierro, nada excepcional en un tiempo donde a lo largo y ancho de toda Catalunya las obras de ingeniería sobresalieron para demostrar la creciente modernización del país.
El problema, si puede definirse como tal, brotó en 1916, cuando falleció Pasqual i Tintorer. Lo suplió en su cargo el más bien anónimo Antoni Vila, quien cambió el material constructivo, convirtiéndolo en una harmónica estructura de cemento armado sustentada por grandes pilares recubiertos de piedra y obra vista. Sus grandes losas de hormigón se decoran con los escudos del Principado y Sant Jordi, rodeados de leones.

De este modo se evitó el engorro de sortear la riera de Vallcarca a través de un viaducto sólido y con grandes perspectivas en muchos sentidos. Se inauguró el 3 de marzo de 1923, pocos meses antes de la irrupción de la dictadura de Primo de Rivera y tres lustros después de dar por inauguradas las obras con la siempre solemne colocación de la primera piedra, vocablo que ya hemos repetido demasiadas veces en este artículo, tantas como Pedro negó a Cristo, por lo que ha llegado el momento de abordar otros derroteros de este enlace simbólico en el barrio por su omnipresente visibilidad.
Los más viejos del lugar aún recuerdan su mala fama, relacionada con un tema aún espinoso para la prensa. Los suicidios fueron su cima de fama, tanto que en muchas novelas era casi inevitable señalarlo como epicentro de los mismos. Entre las preferencias de quien escribe figura la pobre prima Montse de Juan Marsé, víctima de una educación católica y privilegiada en una travessera de Dalt con villitas ahora casi inexistentes. La muy desdichada no pudo soportar su historia con Manolo Reyes, alias Pijoaparte, y se tiró al vacío en pleno Franquismo desde la doble oscuridad del desamor y una leyenda que nunca aprendió al ser un personaje de ficción, eso sí, perfecto para rematar, nunca mejor dicho, las energías de esas alturas desde las que en la actualidad resulta sugerente y horroroso comprobar el destrozo de Vallcarca y la escasa supervivencia de los arabescos de lo que antaño fue una finca decimonónica.
Muchas veces me paro en medio del puente y contemplo ese horizonte de verde y parcelas con dos enes grabadas en un rostro invisible invisible. Núñez y Navarro domina parte de estos terrenos. Observo a unos chicos que juegan a baloncesto. Al otro lado, con aires de Carmel, veo la escola del Virolai y más allá me acoge la inmensidad de Gràcia tapándome la cuadrícula de l’Eixample. Suena Manel en mi cabeza por su mención del viaducto en Teresa Rampell. Si estuviéramos en Italia, donde la novela de Federico Moccia fue un fenómeno adolescente, estaría lleno de candados y muchos lo asociarían con Tres Metros sobre el cielo. Otros pueden hacerlo con Súperlópez y tampoco se equivocarían.
En las últimas semanas esta masa uniforme con matices de color se ha destacado al introducirse en la vorágine proclive a alterar los espacios públicos mediante lazos amarillos. El de la pasarela fue pintado con premeditación, nocturnidad y alevosía una noche de primeros de septiembre por los CDR de la zona, ufanos por su acción que no sé si el Ayuntamiento ha contrarestado mediante el servicio de limpieza. Algunos pensarán que rompo la dinámica de la serie al comentar tan espinosa y aburrida cuestión. No se equivoquen. Los monumentos no son sólo recuerdos del pasado, tienen vida propia y deben ser respetados para poder ser valorados como merecen. No hay nada más ignorante que mancharlos.
Supone una falta de respeto, una prueba de incultura y una triste mancha para con el destino del país. La calle es de todos, pero más para algunos, y si las autoridades no eliminan la politiquería de ámbitos protegidos al ser patrimonio podemos darnos todos por derrotados ante el desdén por preservar intactos núcleos históricos que merecen permanecer impolutos. Algunos se enfadarán, lanzarán el grito al cielo y prorrumpirán en argumentos vacuos. Pues bien, imaginen la Pedrera con un lazo pertrechado con spray. ¿No es lo mismo? Sí lo es, ambas piezas son intocables y pertenecen a la ciudadanía, digna venga de donde venga, factor fundamental en una Democracia, tan manoseada que a veces olvidamos la trascendencia de su significado.

