En las próximas elecciones europeas y municipales se dará, si nada lo impide, la mayor entrada masiva de miembros de la ultraderecha a nuestros ayuntamientos en la historia democrática de España. Nada nuevo en en el contexto europeo y global que nos rodea, donde la extrema-derecha se ha erigido como una falsa alternativa autoritaria y proteccionista ante la crisis del neoliberalismo global.
Frente a esto, ¿cómo debemos posicionarnos los demócratas?
Por un lado, el Partido Popular (y, en parte, también Ciudadanos) ha optado por imitar su discurso, pactar con ellos y asumir parte de sus propuestas. Consciente de que muchos de los votantes de VOX provienen de las filas populares, pretende tapar la fuga de electores imitando el discurso ultra. Grave error. Esto es justamente lo que hicieron en Francia los primeros ministros conservadores y socialistas Sarkozy y Manuel Valls -este último actualmente en Ciutadans, con el fin de detener Marine Le Pen.
Y ¿cuál fue su resultado? Dieron centralidad y normalidad a las políticas de mano dura contra la inmigración, con lo que el Frente Nacional se situó en la hegemonía cultural y, lejos de hundirse, siguió subiendo sin freno y vio, además, como muchas de sus propuestas se materializaban.
Otra posición, defendida a menudo por muchos, es que lo mejor que podemos hacer ante el fascismo es no hacer nada, ya que hablar de ellos o confrontarlos es hacerles propaganda y, aunque sea negativa, sirve para darlos a conocer. Podría estar de acuerdo con esta postura si las formaciones extremistas son residuales y anecdóticas y no suponen una amenaza electoral, pero cuando ya están dentro de algunas instituciones y, según las encuestas, entrarían en el Congreso con un numeroso grupo de diputados, pretender que con el silencio desaparecerán es absurdo.
Ya hemos visto en Andalucía cómo VOX ha conseguido entrar en el Parlamento sin cobertura mediática, sin aparecer en los debates y con candidatos completamente desconocidos. El gran problema es que estos ultras basan todo su discurso en la mentira, los rumores xenófobos, las fake news y las anécdotas irrelevantes tratadas como si fueran amenazas apocalípticas. Y si nadie desmiente ni replica estas insidias, se puede pensar que en realidad son ciertas.
Ciertamente, sería un grave error que los demócratas basaran todo su discurso electoral exclusivamente en el terror a la llegada del fascismo, sin proponer nada en positivo ni dar soluciones alternativas a los problemas sociales y económicos estructurales. Este silencio por parte de los partidos demócratas haría que mucha gente pensara que es revolucionario y antisistema votar a un partido que propone bajar impuestos a los millonarios y expulsar a los pobres. Esto ya lo probó Hillary Clinton, con nefastas consecuencias ante Trump.
En el otro extremo, ciertos sectores de la izquierda y del independentismo creen que hay que optar por la vía más radical: que grupos encapuchados de jóvenes boicoteen violentamente los actos, entrando en una lucha con los fascistas, a ver quién tiene más fuerza en la calle. Esta opción, que podría llegar a ser válida ante grupos de cabezas rapadas neonzis violentos en un barrio, es completamente contraproducente en las urnas y se ha demostrado históricamente que su utilidad electoral es nula.
Me explico: esta vía violenta y, a menudo, sectaria se llama «Acción Antifascista» y se fundó en 1932 por parte del Partido Comunista Alemán (KPD) y tiene como símbolo una bandera roja y negra. Sus principios ideológicos son que sólo se puede luchar contra el fascismo siendo anti-capitalista y, por tanto, hay que expulsar a cualquier reformista o moderado del antifascismo. Esta estrategia fue un suicidio político absoluto: en un contexto en que el nazismo se encontraba a las puertas del poder, los comunistas alemanes consideraban al SPD «socialfascista» y enemigo principal contra el que había que combatir, evitando cualquier alianza o frente común con ellos. Si bien es cierto que el SPD tampoco se quedó corto con su sectarismo, acusando al KPD ser «nazis rojos», ya que también empleaban violencia en la calle.
Una vez Hitler llegó al poder y envió a los dirigentes del KPD a campos de concentración, la III Internacional en su VII Congreso de 1935 reconoció su catastrófico error y dio un giro de 180 grados proponiendo establecer Frentes Populares con los partidos socialdemócratas y burgueses para evitar el auge del fascismo. Para los alemanes, sin embargo, este cambio llegó demasiado tarde.
Emplear hoy esta vía agresiva y sectaria ante el fascismo presenta varios problemas: por un lado, sitúa a la vanguardia antifascista sólo a hombres, jóvenes y agresivos de extrema izquierda (mayoritariamente universitarios, blancos y de clase media), como si la lucha contra el fascismo fuera una competición de virilidad masculina por el control de la calle, invisibilizando precisamente a los colectivos más vulnerables a las políticas del odio: mujeres, LGBT, migrantes y obreros no cualificados.
Por otro lado, ante los medios de comunicación se presenta como un simple conflicto entre tribus urbanas o, incluso, muestran a los ultras como víctimas de la intolerancia de grupos extremistas que les niegan la libertad de expresión, cuando debería ser justo lo contrario. De hecho, tengo la sensación de que muchas veces los grupos locales de VOX juegan precisamente a buscar esta reacción, generando victimismo y atención mediática mediante la provocación.
Por otro lado, para ser antifascista no se puede poner otra condición que estar en contra del fascismo. Ya discutiremos después sobre capitalismo o independencia, una vez hayamos parado a los enemigos de la democracia. En Catalunya, últimamente hemos visto cómo grupos auto-denominados antifascistas se dedicaban a atacar violentamente actos de partidos y entidades democráticas, pero españolistas.
Esta absurda banalización del fascismo ha dinamitado por completo los pocos espacios unitarios y plurales que había contra la extrema-derecha y ha provocado que hoy mucha gente se tome la amenaza de la llegada del verdadero fascismo como una broma pesada que, de tantas veces repetida, ha dejado de hacer gracia. Si todo es fascismo, nada lo es verdaderamente. Considerar que estar a favor o en contra de la Constitución o de la independencia es ser un nazi, sólo ha servido para poner una alfombra roja de flores al verdadero fascismo para que éste entre cómodamente en las instituciones.
¿Qué hacer entonces? Permitidme que os cuente cómo conseguimos expulsar a Plataforma per Catalunya del Ayuntamiento de L’Hospitalet, donde tuvo dos concejales entre 2011 y 2015.
En primer lugar creamos un grupo de activistas locales tan extremadamente plural, transversal y unitario que era normal y que militantes de Ciudadanos se encontraran reunidos en asamblea en el Casal Independentista de la CUP, pues todos entendimos en ese momento que nuestras diferencias eran irrelevantes ante la amenaza que suponía tener dos neo-nazis como concejales en nuestro pleno municipal.
En vez de enfrentarnos violentamente a ellos, creímos que podría ser mucho más útil hacer concentraciones y paradas con propaganda pedagógica, algunas veces ante sus actos, con el fin de explicar de forma amable y paciente a sus votantes que sus argumentos demagógicos no eran más que insidias y tergiversaciones. Si PxC iba a un partido de fútbol a repartir propaganda a las puertas del campo, allí estábamos nosotros a pocos metros, con octavillas donde desmontábamos su demagogia.
A partir de charlas y cinefòrums en los barrios donde los ultras habían conseguido más votos, nos dimos cuenta de que la inmensa mayoría de sus votantes no eran nazis, ni mucho menos. Eran personas que, ante la corrupción y la crisis económica, habían optado por un partido nuevo que les daba soluciones muy simples y rápidas a una situación desesperada que vivían, donde la precariedad había empujado a muchos trabajadores a competir con personas recién llegadas por las ayudas y los servicios públicos. Cuando les contabas que PxC eran violentos cabezas rapadas que tenían antecedentes por palizas y terrorismo ultra y que acumulaban casos de corrupción en el poquísimo tiempo que llevaban en las instituciones, rápidamente se arrepentían de su voto.
Con un trabajo de hormiguita durante cuatro años en las redes sociales, los medios de comunicación locales o en las fiestas de barrio, haciendo red con todo tipo de entidades vecinales, sociales o el 15M, conseguimos que PxC se ubicara en la marginalidad política y que sus mociones pasaran por el pleno municipal sin ningún voto a favor ni repercusión de ningún tipo. Detectamos en qué calles tenían concentrado su voto e hicimos grandes buzonadas en campaña, detectando cómo en las zonas donde habíamos trabajado su porcentaje de voto se hundía a unos niveles muy por encima de la media. Quedaba empíricamente claro, pues, que la propaganda negativa no les favorecía en absoluto.
Obviamente esta vía es lenta, pesada y requiere un esfuerzo para trabajar con personas que no piensan como tú, hay que editar materiales pedagógicos y diseñar complejas estrategias efectivas. Es mucho más rápido y sencillo ir y tirar una piedra con la cara tapada. Lástima que empíricamente nunca se haya demostrado que tenga la menor efectividad, más bien al contrario.
En las elecciones municipales de 2015 PxC obtuvo 3.660 votos (3,93%), casi la mitad de los 6.207 (7,32%) que había obtenido en 2011, perdiendo así los dos concejales que había conseguido y desapareciendo del pleno municipal y de los medios locales. Su grupo de militantes se disolvió y no hemos vuelto a tener noticia. La duda que tengo es: ¿seremos capaces hoy de volver a volver a forjar consensos y alianzas tan amplias como entonces? ¿O el Procés ha dinamitado absolutamente todos los puentes entre demócratas?

