La transición presidencial no será fácil en los Estados Unidos. Un resultado muy ajustado en algunos estados que han decidido la balanza junto con un presidente saliente que ya había puesto en entredicho el voto por correo y que ha emitido acusaciones de fraude durante la noche electoral, llenan de incertidumbre el futuro político de la democracia liberal con más poder económico, geopolítico y militar.
La ONG Freedom House ha reportado en informes recientes que «los pilares de la libertad han sido atacados en los Estados Unidos». Los presidentes previos a Trump «han contribuido a la presión a nuestro sistema infringiendo los derechos de los ciudadanos norteamericanos». Con todo, durante los cuatro años de estancia de Trump en la Casa Blanca, el republicano “ha demostrado reiteradamente su desprecio por la tradición del respeto al estado de derecho”. De hecho, parecía impensable en una democracia liberal consolidada que uno de los candidatos se autoproclamara ganador durante la noche electoral con buena parte del escrutinio pendiente, como ha hecho el 45º presidente.
En todo caso, y a la espera de los procesos de revisión que pueda haber, los recuentos de los estados dan a Joe Biden los 270 votos electorales necesarios para ocupar la Casa Blanca, según validan las proyecciones de The Associated Press y el conjunto de medios nacionales. Esto abre las puertas a una nueva etapa en los Estados Unidos, donde la desinformación deje de ser el día a día del jefe de estado, donde las armas de fuego estén más reguladas o donde el cambio climático vuelva a la agenda política.
La jornada electoral también ha renovado la cámara baja, donde los demócratas también se han impuesto, y el Senado. En este caso, los pronósticos favorables al partido de Biden parecen no cumplirse. A falta de acabar el escrutinio, el Partido Demócrata no ha conseguido sumar los 51 senadores que dan la mayoría. Así, todo indica que al menos durante una parte de la administración Biden, el 46.º presidente ejercerá el poder ejecutivo sin el respaldo de una parte del legislativo, algo que dificultará las reformas. Con todo, el relevo en el Despacho Oval puede comportar algunos cambios.
La hora de la verdad
Casi diecisiete mentiras o desinformaciones al día. Parte del periodismo estadounidense se rebeló contra las fake news (falsas noticias) y las medias verdades que el presidente Trump emite en casi cada discurso o intervención. El ejemplo más claro es la tarea del Washington Post, que calculó que hasta finales de agosto, en un total de 1.316 días, Trump había hecho «22.247 afirmaciones falsas o engañosas».
Por ejemplo, y según reporta el Washington Post, Trump ha repetido más de setenta veces que los EEUU han hecho más tests de Covid-19 que todos los países europeos juntos, una afirmación falsa. El empresario también sugirió inyectar desinfectante a los enfermos de Covid-19 para acabar con el virus. Una recomendación que llevó centenares de estadounidenses a urgencias por haber ingerido cloro.
El establishment, la diplomacia y el reformismo ligero se imponen a la repulsión contra lo establecido, contra el sistema
El hasta ahora presidente no sólo estructuró su discurso de campaña y de presidencia en verdades parciales, datos manipulados o mentiras totales, sino que alteró de tal manera la verdad que acusaba a todos los periodistas que le fiscalizaban de ser mentirosos. «Tú no, tu organización es terrible. Silencio. No te daré permiso para hacerme una pregunta, tú eres fake news (noticias falsas)”, dijo Trump a un periodista de la CNN en una rueda de prensa. Trump también había cuestionado la validez de las presentes elecciones durante la campaña, al dudar de las garantías del voto por correo, masivo por la actual emergencia sanitaria.
Cargado de autoritarismo y despotismo, el 45º presidente de los Estados Unidos lideró una batalla contra los medios de comunicación que ejercieron su papel de quinto poder como fiscalizador. No obstante, los periodistas no se han achantado y han publicado investigaciones de relieve como la del New York Times que desveló que Trump apenas pagó impuestos en 2016 y 2017 a pesar de tener una fortuna.
La llegada de Biden al Despacho Oval no representará necesariamente un impulso a la transparencia política, a la verdad más pura ni al periodismo crítico, pero, como mínimo, desocupa la oficina presidencial el máximo representante del debilitamiento de la verdad y de la información veraz y contrastada.
Oportunidad para frenar la polarización
En un país con un bipartidismo tan establecido, la polarización puede parecer obvia. Con todo, a lo largo de su historia, la ideología del Partido Demócrata y el Partido Republicano no había divergido tanto como para que la sociedad de los Estados Unidos se dividiera de forma irreparable. Pero en los últimos años, la fractura se ha ido agrandando. Y con Donald Trump en la Casa Blanca, cargando la agenda pública con rifirrafes llenos de desinformación y ataques no fundamentados, no ha habido oportunidad para rebajar la tensión.
Las encuestas elaboradas por el Pew Research Center muestran como en el último cuarto de siglo el votante mediano del Partido Demócrata cada vez se definía más como totalmente liberal y el del Republicano como conservador.
El mismo centro de investigaciones revela que la crisis de la Covid-19 ha polarizado más a los Estados Unidos que a cualquier otra economía occidental. Sólo el 29% de los estadounidenses que no votaron a Trump creen que «su país ha hecho un buen trabajo en la lucha contra la Covid-19», mientras que el porcentaje de sus votantes que le apoya es del 76%. La diferencia, de 47 puntos, es la más alta por encima de Francia y España (34) o el Reino Unido (33). Algunos estados, como Australia o Dinamarca, solo reportan cinco puntos de diferencia entre los votantes de la coalición gobernante y los que votaron a la oposición.
Aun más, la misma encuesta muestra que más de la mitad de la población de Suecia, Canadá o Dinamarca, dé o no apoyo a la coalición gobernante, cree que «el país ha salido más unido de la crisis». En los Estados Unidos sólo el 18% lo considera así.
Con un nuevo presidente que representa el sector más centrista del Partido Demócrata y que está curtido en el mundo de la política, el diálogo y la diplomacia, se abre una oportunidad para frenar la polarización política de los Estados Unidos. O, como mínimo, para no aumentarla al mismo ritmo desenfrenado.
Freno al populismo y el odio
En el contexto de la desinformación, de las falsas noticias y de la polarización, y con el añadido de la difusión por las redes sociales y blogs que simulan la apariencia de un medio de comunicación, Trump ha reforzado el odio racial con un populismo que ha calado en algunos sectores de la población estadounidense.
El nuevo inquilino de la Casa Blanca ha prometido “hacer todo lo que esté en mis manos para proteger y construir sobre el ObamaCare”
La ONG Amnistía Internacional, por voz de su secretario general Salil Shetty, emitió un comunicado el 2018 en el que acusaba a Trump de “minar los derechos de millones de personas”. También lo hizo con otros líderes internacionales como Duterte (Filipinas), Maduro (Venezuela), Putin (Rusia) o Xi (China).
«Las políticas de Donald Trump pueden haber marcado una nueva era de regresión de los derechos humanos», dijo Shetty en referencia a la política migratoria que no permitía a los niños de padres migrantes mantenerse con ellos. «Los pasos atrás de Trump en materia de derechos humanos son un peligroso precedente para otros gobiernos», añadía la nota.
Se espera que con la llegada de Biden en la Casa Blanca el discurso político esté menos cargado de populismo y que el odio, como mínimo, no tenga un altavoz o un silencio tácito en la presidencia del país. No en vano, Joe Biden ha asegurado en varias ocasiones que la equidistante respuesta de Trump al atentado supremacista blanco de Charlottesville (Virginia) fue «el momento cuando supo que se tenía que presentar a las primarias».
Victoria del establishment
Una forma de hablar clara y directa, decir todo lo que le pasa por la cabeza sin pensar las consecuencias, un discurso muy políticamente incorrecto, ninguna experiencia política, ser la oposición de la diplomacia o tener muchos millones de dólares en sus bolsillos que lo consagran como un empresario de éxito son algunas de las características que provocaron la atracción de muchos norteamericanos ahora hace cuatro años.
En un contexto de hartazgo con la clase política, existe un fragmento poblacional que se siente muy atraído por personajes llenos de carisma y popularidad que rehusan la “vieja política” y las formas de hacer clásicas. Sólo de este modo se explica la victoria de una personalidad como la de Donald Trump para gobernar una de las naciones con más peso geopolítico.
Ahora, por el contrario, se ha impuesto, aunque no con un gran margen de votos electorales, el establishment. En 1973, con sólo treinta años, Joe Biden se convirtió en uno de los senadores más jóvenes de la historia de la cámara de los Estados Unidos. Desde entonces, el de Pensilvania se ha dedicado a la política con 36 años como senador por Delaware y ocho como vicepresidente de la administración Obama. Su candidatura era la menos disruptiva de entre las que tenían opciones de ganar las primarias del Partido Demócrata.
Las ideas del demócrata Bernie Sanders eran demasiado progresistas, especialmente en el aspecto económico, para un aparato del partido que, presumiblemente, se inclinaba más por Hillary Clinton o por el nuevo presidente, Joe Biden. La postulación a las primarias demócratas fue el primer aviso de que el establishment, la diplomacia y el reformismo ligero se impondrían a la repulsión contra lo establecido y contra el sistema en su sentido más amplio que llevaron a Trump a la victoria hace cuatro años.
Menos ‘sorpresas’ internacionales
El eslogan con el que Trump llegó a la Casa Blanca, «America first» [«Los Estados Unidos primero»], se ha traducido en política internacional en una dura lucha económica y política contra China. El gigante asiático, que se disputa con los Estados Unidos la hegemonía mundial, ha sido la cabeza de turco de Trump en su primer mandato.
La escalada de tensión se ha materializado con las críticas y vetos del presidente a la marca de tecnología china Huawei o a la aplicación y red social TikTok, a las cuales acusaba de ser herramientas de espionaje de Pekín. Antes, a mediados del 2019, el jefe de estado estadounidense se comunicó a través de su plataforma preferida antes y después de las elecciones, Twitter, para atacar duramente el país asiático: «Nuestro país ha perdido, estúpidamente, billones de dólares con China durante muchos años».
Según Donald Trump, los EEUU “no necesitan a China y, francamente, estarían mucho mejor sin ella”. “Las enormes cantidades de dinero ganado y robados por China de los Estados Unidos, año tras año, durante décadas, dejarán y tendrán que pararse”, añadió al mismo tiempo que ordenó a las empresas de su país “buscar una alternativa a China, incluyendo devolver las empresas a casa y hacer los productos en los EEUU.».
No obstante, una encuesta de la Cámara de Comercio de los Estados Unidos de América en China, la AmCham Shangai, publicada hace poco más de dos meses, revela que el grueso del empresariado estadounidense no ha hecho caso a Donald Trump y mantiene sus inversiones y proyectos en el país asiático. “Las empresas continúan comprometidas con el mercado chino, con un 78,6% que no han informado de ningún cambio en las asignaciones de inversiones”, reporta la AmCham Shangai. Ahora bien, el porcentaje de las que preveían aumentar la inversión cayó del 47% al 28% en el último año. La razón, cree la cámara, es la guerra comercial china-estadounidense.
La creciente tensión con China se explica porque es el único estado que se acerca al norteamericano en cuanto a producto interior bruto (PIB). Según la lista del Fondo Monetario Internacional (FMI) del 2019, los EEUU encabezan la lista con más de 21.000.000 millones de dólares. En segundo lugar se encuentra China con poco más de 14.000.000. Para encontrar el tercer lugar, que ocupa Japón, hay que dividir la cifra casi por tres (5.000.000). España, en el decimotercer lugar, tenía el año pasado un PIB de 1.400.000 millones de dólares.
Desocupa la oficina presidencial el máximo representante del debilitamiento de la verdad y de la información veraz y contrastada.
La tirantez derivada de la voluntad de mantener la hegemonía económica a toda costa contrasta con la tensión política que, de una manera u otra, Donald Trump ha sabido gestionar a lo largo de su mandato. El presidente multimillonario ha ejercido de mediador entre Israel y algunos países del mundo árabe que, después de décadas de tensiones, han firmado acuerdos de paz y de normalización diplomática.
Donald Trump, que en 2018 trasladó la embajada estadounidense a la ciudad palestina de Jerusalén y volvió a prender la mecha, ha liderado dos años después los acuerdos de Israel con los Emiratos Árabes Unidos y con Baréin. «Vendrán más. Los palestinos estarán en una buena posición y se querrán sumar porque todos sus colegas lo habrán hecho», vaticinó Trump en la Casa Blanca el 11 de septiembre de 2020 en la firma de normalización de las relaciones entre Israel y Baréin.
En un contexto diferente, y si bien las relaciones todavía son tensas, la primera reunión de los jefes de estados de los Estados Unidos de América y de Corea del Norte desde la Guerra de Corea, que acabó el 1953, tuvo lugar el 2018 en Singapur con Donald Trump como máximo representante del país americano y Kim Jong-un del asiático. Un año más tarde, en este caso en Hanoi, se repitió la cumbre que, como mínimo, ha servido para descongelar las relaciones entre los dos estados.
Trabajo, pero también lucha climática
De la mano de la mentira y la poca creencia en la evidencia científica, Donald Trump podría ser tildado de negacionista en cuanto al cambio climático. El 45º presidente de los Estados Unidos no consideraba el aumento de la temperatura global una gran problemática y primó la industria y la creación o mantenimiento de puestos de trabajo. El ejemplo más claro es que retiró a los EEUU del Acuerdo de París, un texto firmado por casi 200 Estados que se comprometen a intentar reducir el aumento de la temperatura de la Tierra.
La llegada de la administración Biden tendría que suponer un cambio radical en el aspecto climático. Según la web de campaña del demócrata, los Estados Unidos volverán al acuerdo “el primer día y liderarán un importante impulso diplomático para elevar las ambiciones de los objetivos climáticos de los países” firmantes. En referencia a la intención de Trump de invisibilizar la problemática climática, el programa de Biden recoge la intención de «restablecer el compromiso con la ciencia y la verdad en el gobierno, incluida la recuperación de las palabras ‘cambio climático».
A diferencia de Trump, el nuevo inquilino de la Casa Blanca cuenta con un espacio específico en su programa para el cambio climático. De hecho, el nuevo mandatario liga la creación de puestos de trabajo a una nueva economía más verde, como apuntan los altos cargos de la Unión Europea para la recuperación postcoronavirus. Promete crear lugares de trabajos que permitan «construir una infraestructura moderna y sostenible y ofrecer un futuro equitativo de energía limpia».
Se debilita la mecha de la tensión social
En las semanas previas a las elecciones, la industria armamentística ha asegurado que ha habido un crecimiento exponencial de la venta de armas y de proyectiles. Los expertos explican que esta es una dinámica clásica antes de cada elección a la presidencia en la Casa Blanca, pero en este caso el aumento ha sido mucho mayor de lo habitual.
A la razón habitual, la creencia de que una victoria del candidato del Partido Demócrata implicará una regulación armamentística más dura, se le ha añadido este año la tensión racial existente de forma intrínseca en los Estados Unidos y que estalló en mayo con el asesinato de George Floyd, un ciudadano negro que murió mientras era retenido por agentes policiales.
Las críticas contra el racismo estructural e institucional que existe en el país norteamericano desencadenaron en muchas manifestaciones, protestas y también noches de disturbios, incidentes y saqueos en algunas tiendas. El presidente Donald Trump adoptó una postura de apoyo a las fuerzas del orden público, a las cuales agradeció su tarea.
Trump encontró una posición intermedia, reconociendo el papel policial y garantizando que no habría una rebaja de fondos económicos, y a la vez introduciendo algunas reformas como por ejemplo una base de datos de quejas contra agentes.
Las organizaciones antirracistas, así como algunos destacados miembros del Partido Demócrata, tildaron de insuficientes las medidas. Con la llegada de Joe Biden en la Casa Blanca, que calificó de “innecesaria y brutal” la actuación del agente que dejó sin respiración a George Floyd, se espera que se debilite la tensión racial. De hecho, el nueve jefe de estado estadounidense cuenta con un «plan para la América Negra» que prevé “ampliar el acceso a una educación de alta calidad» para «combatir la desigualdad racial de nuestro sistema educativo» o «avanzar en la movilidad económica de los afroamericanos para romper las diferencias de riqueza e ingresos raciales».
Educación: ¿Armas nunca más?
Los Estados Unidos son uno de los países del primer mundo más desiguales, según los cálculos del Índice de Gini realizado por el Banco Mundial. Uno de los pilares de esta disparidad es el sistema educativo, que cierra las puertas a muchos estudiantes de familias con pocos recursos.
Según el Centro Nacional de Estadísticas Educativas (IES-NCES), la media de tasa universitaria durante el curso 2017/18 en los Estados Unidos fue de 23.835 dólares. Existe una notable diferencia entre la media de las instituciones públicas -17.800$- y las privadas -42.700$-. En ambos casos, año tras año, la factura ha ido creciendo. Una encuesta elaborada por Ipsos calculó que las familias estadounidenses pagaron de media 30.017$ por la educación superior el curso 2019/20, lo que marca un incremento de casi 4.000 dólares respecto al año anterior.
Con estos datos resulta evidente que la función de ascensor social que tendría que jugar la educación no funciona en los Estados Unidos. La universidad es un privilegio que pocos se pueden permitir y donde las diferencias raciales quedan claras. Una encuesta elaborada por Gallup en 2014 revelaba que entre los estudiantes negros graduados desde el 2000, un 50% tenía una deuda derivada de los estudios de más de 25.000$ y un 28% más había contraído una obligación de inferior. Solo un 22% de los estudiantes graduados negros no debían ninguna cantidad. El dato entre los estudiantes blancos crece al 39%.
Los planes de Trump para la educación, que iban poco más allá de promocionar una «educación patriótica» en los valores de la nación estadounidense, contrastan con el plan de Biden, que incluye reducir en 10.000$ la deuda estudiantil a cambio de servicios a la comunidad, guarderías gratuitas para los niños de tres y cuatro años o «colegios y universidades gratuitas para las familias con ingresos inferiores a los 125.000$ anuales».
El programa de Biden recoge la intención de «restablecer el compromiso con la ciencia y la verdad en el gobierno, incluida la recuperación de las palabras ‘cambio climático»
Pero sí ha habido una temática que ha marcado el mandato de Trump en el contexto educativo ha sido la lucha contra las armas. Un tiroteo en un instituto en 2018 propició la creación, de entre algunos supervivientes, de la organización Never Again (Nunca Más), que esparció por todo el país su demanda de crear una regulación más estricta para prevenir los ataques con armas de fuego en en los centros educativos.
Alguna de las caras visibles del colectivo ha mostrado explícitamente su apoyo al candidato demócrata, cosa que no es de extrañar en tanto que es conocido el vínculo entre el Partido Republicano, y especialmente Donald Trump, con la Asociación Nacional del Rifle (NRA), poderoso grupo de presión proarmamentístico.
Las demandas juveniles de endurecer la regulación contra las armas tendría que ser escuchada por Biden, que tilda la situación actual de ”epidemia de violencia armamentística”. El 46º presidente presumió en campaña de haber ganado dos batallas legales en su carrera política contra la NRA y garantizó que «volverá a vencerla».
Sanidad: reconstrucción de la ObamaCare
En los Estados Unidos hay casi 28 millones de personas sin ningún seguro médico, lo que supone alrededor del 8,5% del total de la población. En pleno contexto de la pandemia de Covid-19, la fragilidad y las carencias del sistema de salud estadounidense ha quedado a cuerpo descubierto. De hecho, una encuesta elaborada por el West Health Institute en 2018 reveló que hay más gente que teme pagar la factura de la atención sanitaria (40%) que no a la enfermedad grave en sí (33%). Además, un 44% de estadounidenses no ha ido al médico cuando estaban enfermos o lesionados «por el coste» de la factura posterior.
Los miedos no son infundados. Algunos familiares de pacientes que han sufrido el nuevo coronavirus han tenido que recurrir a campañas de micromecenazgo para poder pagar los funerales. Si bien el ejecutivo de Trump aprobó una ley de urgencia, ha resultado insuficiente para las personas con menos recursos.
De hecho, uno de los puntos fuertes de la campaña que llevó Trump en la Casa Blanca en 2016 y de su mandato ha sido el intento de derogación del ObamaCare. La reforma del sistema sanitario, que a la vez había sido uno de los legados más destacados de la presidencia de Barack Obama, ha sufrido numerosos golpes del Partido Republicano, tanto desde los órganos legislativos -el Senado y la Cámara de Representantes- como desde el ejecutivo de Trump.
En los cuatro años de mandato, pues, la administración Trump y la mayoría republicana durante dos años en las dos cámaras legislativas, han ido debilitando la Affordable Care Act, la ley de atención asequible más conocida como ObamaCare. Según el hasta ahora presidente, muchos estadounidenses de renta baja se veían penalizados «por no adquirir una cobertura de seguro médico que no querían o que no se podían permitir» y apostó por «promover la opción y la competencia sanitaria en los Estados Unidos» que, según Trump, «ha ampliado las opciones de cobertura para millones de estadounidenses de varias maneras», como por ejemplo planes de corta duración o duración limitada que «ofrecen opciones más baratas».
Finalmente, no se ha impuesto la idea de Trump de deshacerse totalmente del plan de salud de Obama y crear uno nuevo, del cual no había especificado los detalles. El vencedor Biden recuerda en su web de campaña que la ley de atención asequible se firmó “con el vicepresidente Biden a su lado e hicieron historia». Lo tilda de una «victoria de cien años» que atribuye al tándem que formaron durante dos mandatos Obama y Biden.
De hecho, el nuevo inquilino de la Casa Blanca ha prometido “hacer todo lo que esté en mis manos para proteger y construir sobre el ObamaCare«. Entre las promesas de Biden para hacer llegar a más ciudadanos el seguro asequible están expandirlo entre aquellos estados donde los gobernadores se han opuesto y que ha privado, dice su equipo de campaña, a casi cinco millones de adultos de clase baja de tener una cobertura sanitaria. También se ha comprometido a «ampliar la financiación para los servicios de salud mental» o a “facilitar el acceso a la anticoncepción y proteger el derecho constitucional al aborto”.

