El director del Festival de Aviñón, Olivier Py, que acaba su mandato precisamente en la septuagésima quinta edición de 2021, ya trabaja con el lema del año que viene: se souvenir de l’avenir (acordarse del avenir). Una manera de no quedarse atrapado por estos tiempos turbios e imaginar, a través de la palabra del teatro, nuevas formas de expresión artística que nos hagan ser más fuertes y audaces.
La edición de 2020 estaba concebida bajo el leiv motiv de Eros y Tánatos. Según la dualidad freudiana que el amor y la muerte son indisociables. Y es como si el destino se hubiera querido apropiar de este concepto haciendo imposible la manifestación de tres semanas en julio. “La mort s’est jouée des nous” (la muerte se ha reído de nosotros), resumía en la apertura de este certamen alternativo de octubre Py que confiesa que durante el confinamiento ha escrito un guión cinematográfico sobre los últimos días de Molière.
El mito romano de Orfeo no es otra cosa que la bajada a los infiernos de un hijo de dioses que encarna la figura del artista en búsqueda de su amada Eurídice, de quien llora desconsoladamente su muerte. Los dioses lo dejan ir a su encuentro para llevarla al cielo, a cambio de no mirarle la cara. En un momento de duda, sin embargo, Orfeo se gira para mirarla y la promesa se deshace. La ambigüedad de esta acción deja abierta la cuestión de si Orfeo se gira intencionadamente porque prefiere el mundo de los mortales y sus pasiones, y en consecuencia el uso de la palabra, en vez de una eternidad sin cambios y monótona.
La veintena de actores/actrices, músicos y cantantes en el escenario de El juego de las sombras deambulan com si de múltiples fantasmas de Orfeo se tratara, en una coreografía que hace entrar por la vista sus digresiones y voces. El texto escrito expresamente por el autor suizo Valère Novarina es tan barroco como la ópera de Monteverdi y a menudo no sabemos hacia dónde nos quiere llevar por el retorcimiento de la lengua francesa que transforma las declamaciones en toda una gimnasia. Pero lo que importa es que estas palabras toman vida en un conjunto visual que hipnotiza en este reino de unas sombras tan inspiradoras. Jean Bellorini ha hecho un musical atemporal, con Monteverdi pero también temas de music-hall, y una escenografía donde la decoración casi se limita a toda una serie de pianos y teclados antiguos. Para este brillante conjunto, se ha valido del coreógrafo Thierry Thieû Niang, el director musical Sébastien Trouvé y el original vestuario de Macha Makeïeff.

