En pocas ocasiones Hollywood ofrece a su grandísimo público relatos disruptivos que hagan reflexionar sobre el conjunto de las instituciones y el status quo. Supongo que alguna productora incauta tuvo a bien considerar, en 2011, la propuesta Andrew Niccol, guionista de “El Show de Truman”. El neozelandés presentaba entonces In-Time, un filme blockbuster protagonizado por Justin Timberlake y Amanda Seyfried; no parecía precisamente tratarse de un panfleto presidido por la hoz y el martillo. El punto de partida de la película era estimulante; se trataba de un mundo distópico donde el gen del envejecimiento humano había sido desactivado. A los 25 años, se activaba una cuenta atrás que obligaba a los adultos a obtener recursos en forma de horas y minutos a través del trabajo. Un descenso del salario, un cambio de precios o unos días sin trabajo, por ejemplo, reducían considerablemente su esperanza de vida. En esta realidad, las personas de clase alta podían vivir casi eternamente; en cambio los trabajadores tenían serias dificultades para mantenerse vivos. Todo se mostraba a través de una llamativa pulsera subcutánea, donde figuraba cuánto tiempo quedaba hasta tu fallecimiento. En América Latina tradujeron su título con un acertado “El tiempo del mañana”.
La película de Niccol no es ninguna obra maestra, pero plantea un debate interesante con mucho más recorrido que el de la realidad alternativa que vimos en el cine. El sistema económico vigente tiene muchas contradicciones. Mi generación se hizo mayor gritando “no vamos a tener una casa en la puta vida”, al calor del 15M, mientras observaba como el avance de grandes fondos buitre mantenía al alza el precio de la vivienda. Luego se habló de gentrificación, porque la subida de salarios no podía cubrir el alza de precios. Los habitantes de las grandes ciudades se marcharon -y se marchan- a las periferias, invirtiendo tiempo y dinero en transporte. De hecho, no invierten nada, simplemente pierden tiempo y dinero para poder ir a trabajar donde intercambian fuerza de trabajo -y tiempo- a cambio de dinero. Parece un trabalenguas, pero no lo es.
La pandemia ha sacado a relucir nuevas grietas del sistema. No hace falta ser un radicalizado anticapitalista ni un leninista convencido para observar lo que nos ha sobrevenido en los últimos meses. El teletrabajo, lejos de plantearse como una conquista trabajadora, ha traspasado costes al trabajador (agua, luz, espacio de trabajo e incluso tecnología). En muchos casos, ha difuminado horarios -siempre a favor de quien manda- incompatibilizando, en la práctica, el desarrollo de más de una actividad. No quiero imaginarme al hijo de un obrero que no puede currar a distancia conectado más de 12 horas a un ordenador: las primeras seis estudiando para progresar socialmente y las otras seis trabajando para poder pagar la matrícula.
Es necesario que los líderes políticos de nuestro tiempo -especialmente los de izquierdas- vuelvan a poner el tiempo de las personas en el centro del discurso. Al fin y al cabo, se trata de libertad. Un salario justo te permite decidir de qué manera quieres gastar tu tiempo libre del mismo modo que un horario definido te deja compatibilizar diferentes actividades. Un precio de vivienda justo te ayuda a desarrollar tu vida cerca de tu familia o de tu puesto de trabajo y te habilita para no padecer estrés y perder tiempo en el transporte.
Obviamente, no todos los trabajadores pueden trabajar desde casa. Los que sí podemos hacerlo somos unos privilegiados, porque estamos menos expuestos a contraer el virus a causa de nuestra actividad profesional. Ahora bien, la vida no es esencialmente trabajo. Cabe reconocerlo y exponerlo sin vergüenza; dejando atrás el afán competitivo. Los trabajadores en ERTE, los autónomos en problemas o los trabajadores a distancia han podido compartir más tiempo con sus hijos, poner la lavadora a media mañana o bajar a comprar el pan para el desayuno. Tomemos nota de esa normalidad que siempre nos había sido robada por las prisas para subirnos al tren, metro o autobús dirección a la oficina.
Las personas solo podemos ser verdaderamente libres si tenemos garantizado un nivel de vida digno; como punto de partida. Por esta razón, es un buen momento para estudiar la implantación de una renta básica universal. Todas las ayudas pensadas para frenar los efectos económicos de la pandemia están llegando tarde, generando secuelas tal vez irreversibles en pequeñas empresas y autónomos. La administración, además, se muestra incapaz de gestionar una avalancha de peticiones tan grande en tan corto periodo de tiempo. A todo lo anteriormente mencionado, la renta básica universal ofrecería respuestas adecuadas.
La pandemia es también una oportunidad para ponernos ante el espejo. ¡Ojo! Que a mí me gusta teletrabajar, pero tal vez debería ser el empleador quien me pagase una silla de escritorio más cómoda. Mi espalda seguro que ganaría tiempo de vida.

