Me avergüenzo de mi ingenuidad y de mi arrogancia cuando miro atrás y recuerdo esos primeros meses tratando de construir mi nueva vida. Con el tiempo he comprendido que hay una confianza latente propia de la soberbia de los británicos y europeos del norte que no tiene rival cuando se trata de emigrar. Puedo llevar con orgullo mis colores griegos para despegarme de esa indeseable sensación, escudarme en esta identidad mixta en cada primer encuentro. Pero todavía no me ha salvado de nada.
No puedo hablar por mis compañeros europeos del norte, ni por mis primos anglosajones transatlánticos, ni por los anglosajones del otro lado del mundo que todavía tienen a la Reina Isabel II como Jefe de Estado para mantener un statu quo colonialista en las tierras aborígenes y Māori apropiadas. Así que hablaré desde los cimientos de esa identidad, como ciudadana del Reino Unido, de Inglaterra y más precisamente, de Londres: ese superpredador de los opresores. Soy una mujer, por supuesto, pero todos sabemos que la feminidad blanca también puede ser una fuerza armada.
La gente de estas partes del mundo viene aquí y tiene grandes posibilidades de acceso al mercado laboral, con un derecho inigualable a vivir y trabajar (especialmente dentro de la UE) y, sin embargo, lucha con lo básico. Muchos hacen una gran apuesta para venir sin darse cuenta de lo que significa; la cagan y tienen que volver a casa con el rabo entre las piernas y unos miles de pavos más pobres. Mucha gente nunca incursiona en ser residentes reales, prefieren quedarse al margen. ¿Por qué?
Déjeme empezar desde el principio: nos preparamos mal. Empacamos nuestras cosas y publicamos algunas preguntas en grupos de Facebook de Barcelona antes de la partida. Eso es todo. En pocas palabras, eso es todo el proceso de investigación y planificación que realizan los anglo guiri aquí. Algunos, especialmente los de otras partes de Europa, suelen hacerlo un poco mejor. A menudo son multilingües con un buen nivel de español e incluso incursionan en el catalán. En cambio, los anglosajones nunca se han enfrentado a la necesidad de conocer otro idioma y en su planificación no logran vislumbrar que tal vez necesiten aprender algo de la lengua local con antelación. Esta visión de que «el mundo está a nuestros pies» es única para este subconjunto de guiris del que formo parte y que, dicho sea de paso, es un poco repugnante. Nos angustiamos menos por las perspectivas de trabajo porque creemos que si las hay, deberíamos tener derecho a ellas. No nos preocupamos por la comunicación porque ¿Quién no habla inglés?
No hay ningún sentimiento previo de que la integración pueda depender de que nosotros asimilemos en lugar de que el país anfitrión nos acoja o nos tolere. Muchos pueden sentirse dueños de España porque sus abuelos tienen un tiempo compartido en Tenerife. Muchos no han experimentado otras cosas en su vida. El privilegio salta a la vista.
Por supuesto que caí con fuerza en esta trampa. Me salvó mi mejor amigo, Lluc, que resulta ser catalán y es una de las principales razones por las que estoy aquí. Mi falta de preparación y despreocupación general no surgía de ningún tipo malicia. Yo no era consciente de ello, pero mi amigo señaló que mostraba una falta de respeto y un sentimiento de derecho a exigir, que estaba siendo traicionada mi ignorancia y mis tendencias imperialistas. El diagnóstico era correcto y una alarma sonó en mis oídos. Me comportaba de forma despectiva y ni siquiera me había dado cuenta.
Una de las áreas que había descuidado, entre otras, era la de los permisos de trabajo, la subestimé. Por lo que había oído, al nacer en los noventa y ser un bebé en la era de Blair en un rincón de una aldea global neoliberal, las fronteras eran fragmentos del pasado junto con los sellos de los pasaportes. ¡Qué romántico! Sabía que el Reino Unido era parte de la UE y que la «libre circulación» era un pilar central de las críticas de la brigada euroescéptica de mi país. Pensé que al llegar tendría que rellenar un formulario online y eso sería todo. Lamentablemente, lo abordé como si fuera a vivir en una ciudad vecina. Dicho esto, no debería ser tan difícil entrar en el condenado matrimonio entre la mencionada falta de preparación de Guiri y el estado español.
Cuando estaba en el Reino Unido, me enojaba con los británicos porfiados que hablaban con gran desdén de las burocracias de Francia, España e Italia. El gusto con el que se burlaban de estos sistemas aparentemente anticuados y de la gente en la nómina de un sector público que hacía tiempo que era obsoleto. Siempre creí que esto era una mentira, una perversidad para enmascarar el hecho de que eran sociedades más amables, con instituciones públicas fuertes, y que la eficiencia y el beneficio no eran las únicas virtudes. Ahora me doy cuenta de que, como con la mayoría de los estereotipos o generalizaciones, es un poco de cada una.
Me han dicho que las cosas se deterioraron aún más desde que recibí mi papelito verde en 2016. Hoy en día, para obtener el NIE, hay que entregar todos los papeles relevantes y además prometerle tu primogénito a uno de los gestores que reservan todas las citas y luego te venden una, en una oficina provincial a una hora de Barcelona, por el bonito precio del salario semanal de un profesor de inglés. El sistema es accesible y funciona a la perfección; gracias a Dios, el capitalismo ha encontrado formas novedosas de vendernos el acceso a nuestros derechos. ¡Menos mal que el Reino Unido terminó con la libre circulación por la UE!
Cuando apenas llegué, podías conseguir una cita por internet si estabas conectada a las 07.59am para una nueva entrega de entradas para Glastonbury; un momento, me refiero a citas para el NIE. Actualizando la página cada segundo hasta que todas hayan desaparecido a las 08.15hs, aseguré mi boleto dorado. Conseguí una cita en Sant Martí en tres semanas y sólo necesitaba asegurarme de que estaba preparada. Tuve la suerte de conseguir un trabajo antes que mi NIE, así que estaba ansiosa por dejar todo resuelto ese día. Lamentablemente no fue posible, mi español roto combinado con el malhumor del empleado significaron que por una razón, no del todo clara , no podían asignarme mi NIE. Tendría que volver otro día. Me preocupé un poco, había llegado a Barcelona el lunes 4 de enero y había reservado mi cita para el NIE el miércoles. El hecho de que la cita no fuera hasta finales de enero ya me había hecho sentir un poco de vértigo, no esperaba encontrar estos «obstáculos» y necesitaba trabajar.
Lluc estaba seguro de que había metido la pata y se resistía a tratarme como a un bebé ya que en nuestra conversación anterior dejó en claro que necesitaba un poco menos de soberbia y un poco más de esfuerzo. Así que «corregí» mi papeleo, reservé otra cita para dentro de tres semanas, y, en febrero, llevé un precontrato de mi futuro empleador junto conmigo. A éstas alturas ya estaba angustiada; habían pasado siete semanas desde que había llegado, todavía no tenía un número de identificación y no podía entrar en el mercado laboral aún cuando ya tenía un puesto asegurado. Empecé a maldecir el territorio en el que había aterrizado, me sentí rechazada e indefensa. Si era tan difícil vivir aquí, si no me querían, me iría a casa. ¡Hola Miss Fragilidad! Lluc, convencido de que algo no había hecho bien, se ofreció a intervenir, prestando su lengua materna y su apoyo como local a mi difícil situación.
«Iremos mañana a las 10 de la mañana», anunció. Lo miré sorprendida: «Pero Lluc, tenemos que conseguir una cita y siempre es en tres semanas», le respondí. No hizo caso a mi comentario y dijo que iríamos y hablaríamos con ellos. Tuve una sensación terrible. Sé que en casa, o incluso aquí unos meses antes, habría entrado en cualquier oficina y me habría sentido segura y cómoda para pedir ayuda o arreglar las cosas, pero ahora algo había cambiado. Había un libro de reglas que no podía leer, procesos que no entendía, una mano invisible que movía los postes de la portería y yo me encontraba afuera, mirando sin saber cuándo podría entrar. También sentí que el mal comportamiento podría impedir mi residencia y aparecer en una oficina sin avisar me parecía uno muy malo.
A la mañana siguiente fuimos a Sant Martí. Lluc se acercó al primer portero mientras yo acobardada, me escabullía detrás él. No dejaba de pensar que no tenía derecho a estar allí. Después de que él describiera nuestra situación a la recepcionista, ella nos hizo señas para que pasáramos. Estaba atónita, acababa de entrar en lo que me había parecido una fortaleza impenetrable. Debo decir que la mayoría de los que intentaron acceder al edificio sin cita previa no tuvieron éxito. Ellos no tenían un catalán “de buena família” que los acompañara.
Nos llamaron para ver al secretario que decidía si estábamos dentro o no. Yo estaba sudando, me aseguré de usar mis gafas en lugar de las lentillas para suavizar mi imagen y dar un aspecto “friki”. Lluc empezó a comunicarse con suavidad pero con firmeza, un poco de encanto, mucha comprensión. Mientras la funcionaria me miraba con desaprobación, Lluc se aseguró de pedir disculpas en mi nombre; él también estaba decepcionado por tener que lidiar con esto, le dijo para tranquilizarla. Yo era un problema y ambos necesitaban unir sus fuerzas para resolverlo. La empleada intentó rechazar mi solicitud de nuevo y Lluc aumentó la intensidad. Los códigos del lenguaje se volvieron más complejos, la partida de ajedrez entró en un estado alerta, si accidentalmente alguno se metía en territorio condescendiente esto sería el fin de la partida. Finalmente cedió, nos ordenó que pagáramos los 10€ necesarios en la comisaría y que volviéramos a recoger el papel con el número de NIE que me había asignado. No podía creerlo. El 6 de marzo de 2016 ya no estaba a merced de los empleados de la oficina de extranjería, sólo necesité el patrocinio y la representación de un local bien conectado para entrar.


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