Para el futuro suicida, terminó con su vida al cabo de poco tiempo disparándose, la reacción del proletariado demostraba las contradicciones de su época entre la realidad opresora y el éxito de divulgar la ilusión del progreso.
En 1968 los vecinos del torrent de Piqué se hallaron en una situación similar. En una carta a La Vanguardia se quejaban de promesas incumplidas. El Ayuntamiento les vendió jardines para niños, arena buena y una habitabilidad digna, pero cuando llovía la zona se convertía en Venecia y el líquido elemento sólo desaparecía, el lenguaje de antaño a veces es maravilloso, por evaporación solar. Para más inri un barracón lleno de inmundicia llamaba a las ratas, felices entre esa madera y un cementerio de camiones.

En mis paseos por esa sinuosidad de curvas puedo deducir donde se enclavaba la desdicha de esos habitantes de Barcelona, hermanos de los de Gorizia, sublevados sí, aunque bien amaestrados por la dictadura. La palabra escrita era su espejismo de creer en una determinada idea de progreso. Olvidaban una tendencia propia de cualquier planificación urbanística: la aniquilación de lo pretérito y la estratificación de las personas a partir de su lugar de residencia. Para ellos no cabía ninguna maravilla, sólo cuatro paredes y un entorno hostil, no tanto sus características, sino por su remodelación, capaz de borrar lo anterior hasta desfigurarlo, como si la geografía y sus accidentes fueran una anécdota sin la menor importancia.
Este factor no es sólo preponderante en las dictaduras. Acaece también en Democracia y presupone una tabula rasa a partir de acciones dirigidas por experts texperts, parafraseo a John Lennon, con nulo conocimiento histórico de los lugares, y estos, a su manera, resisten a través de su forma, pletórica en fastidiar a las autoridades, no es tan sencillo modificar lo curvo en recto, y desastrosa al ser incomprendida.

Lo compruebo en primera persona desde ese instante en que vi la placa de Torrent de Can Piquer y descendí su recorrido con respeto y mucha observación. Cada viraje es un síntoma de los meandros del cauce fluvial, de una belleza exaltadora pese al asfalto y los arreglos de los años setenta, pésimos se mire cómo se mire. A mitad de la ruta un desvío, con toda probabilidad una tangente del riachuelo, me conduce a un callejón sin salida, perfecto para construir más y más, sin cese por aquello de rentabilizar el cemento y publicitar una campaña de ocupación del espacio, desangelado y silencioso durante la pandemia salvo por algún viejecito en un banco.
Para los ciudadanos con propiedades o alquileres en Piquer, ahora con erre y sin tilde, queda el consuelo de sus balcones, más o menos soleados, y el optimismo del aislamiento, encajonados sin atisbo de las huellas arquetípicas de los antepasados salvo por esa permanencia de una memoria en el cuerpo de sus dominios. Al final de los mismos, falseado como veremos a continuación, una reja quiere cancelar el trazado, reafirmándolo para quien se preocupa por estos asuntos. Es una torpeza mayúscula, un apaño de baratija ratificado por un rectángulo a pocos metros donde un viejo cartel, prueba de indiscutible abandono reza lo siguiente: Plaza particular. Prohibido jugar a pelota y correr en bicicleta. Respetar las plantas.

Tras este esperpento tengo varias opciones para ingresar en la Meridiana. Vuelvo al mapa de 1931. Tras tantas semanas dedicadas al estudio de Porta y Sant Andreu sé cómo Piqué conectaba, son lo mismo, con Parellada hasta metamorfosearse en Estadella y morir en el Besós.
Cuando te acostumbras al arte de pasear para ajustar cuentas con la cronología entiendes la naturalidad y la racionalidad del paisaje. Aquí, justo antes de la Meridiana, hay una ruptura dolorosa. Cojo un pasaje sin nombre, otro remiendo para disimular tanta precipitación a la hora de dibujar calles, y arribo a una inmensa extensión aún sin delimitaciones coherentes. Voy acercándome al parque de Can Dragó. En otra de mis andanzas, volveremos a ella tarde o temprano, localicé una vía dedicada al homónimo torrente, minúscula. Sobre la masía aún no he podido recabar documentación, a diferencia de para con el parque, fruto de reivindicaciones de la asociación de vecinos. La consecuencia fue la compra de las parcelas por el Ayuntamiento en 1977 y la inauguración parcial de una zona verde en 1990, justo antes de las Olimpiadas, cuando el Municipio desplegaba sus tentáculos para contentar a todos desde la ilusión, otra vez el choque del progreso con la realidad, de esos ansiados jardines una vez los talleres ferroviarios de RENFE carecieron de sentido. A esta ganancia se añadió la de hectáreas huecas, a rellenar según los cánones barceloneses.

La operación merece elogio, no así la sempiterna desidia para con la pedagogía de lo que fue y no volverá. Al seguir una senda y perderla me siento desorientado durante unos minutos. La confusión dura meses y se resarce mientras pienso el cierre de esta serie. Me alivia la estación de Sant Andreu Arenal y la conciencia de una prosecución denominada Parellada, único resquicio de ese mundo extinto.
Dentro de unas décadas no quedará nada. Por motivos familiares he entrado muchas veces a Barcelona por la Meridiana. Cuando era pequeño la referencia era un neón de Coca-Cola al fondo. A la derecha no recuerdo, es el gran lamento de lo borroso de toda infancia, cómo eran esos campos. A la izquierda los inmundos bloques de pisos hacían de barrera para con Sant Andreu.
Pasado el parque un buen día construyeron un tren de lavado más bien kitsch. A su vera la calle de la Jota tiene un sector más puro y asilvestrado con casitas a caballo entre el Modernismo y el Noucentisme. Son el testigo de una época donde la esperanza no se cimentaba en vías rápidas, sino en el prodigio de prados, elementos eternos y la condición humana de situarse entre ellos para vivir mejor. Ahora todo esto sólo se insinúa, capado por el progreso. El léxico, a base de repetirlo, puede devenir peligroso.


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