Cables, drenajes, sistemas de monitorización y respiración asistida… y el pitido incesante de los monitores en funcionamiento: ‘Pip, pip, pip’. Los profesionales sanitarios no paran ni un momento, en un escenario altamente tecnificado. Es la zona cero de la pandemia, la primera línea en el combate para superar las situaciones más críticas frente al coronavirus. Equipados con EPIs, guantes, doble mascarilla y gafas, entran en los boxes a vigilar que los pacientes, muchas veces intubados y con respiración mecánica, estén estables y no haya ninguna complicación.
Así es una UCI, donde se encuentran los pacientes más graves y los que requieren una mayor atención. En este caso, nos encontramos en una de las UCI del Hospital Clínic y, concretamente, la primera que comenzó a recibir pacientes de Covid-19, al ser la referente en el tratamiento de enfermedades altamente infecciosas. Este hospital, uno de los principales de España, tiene seis unidades de cuidados intensivos, distribuidas en diferentes áreas o institutos (de enfermedades infecciosas, cardiológica, hepática…) que suman un total de 50 camas. Esto en condiciones normales, ya que durante el punto álgido de la pandemia se tuvieron que duplicar las camas de UCI, que se extendieron en quirófanos y salas diversas del hospital habilitadas para acoger pacientes críticos. Actualmente hay una treintena de pacientes de Covid-19 en la UCI del Clínic, pero en el momento más crítico de la pandemia, durante la primera ola, llegaron a haber más de 100.
Como el resto de hospitales, el Clínico tuvo que transformarse de los pies a la cabeza para atender el gran número de pacientes que iban llegando cada día. En ese momento prácticamente todo lo que no era Covid se paralizó. «Hubo una parálisis no sólo de la sociedad, sino también de los hospitales. Todo lo que no eran procedimientos y operaciones urgentes se paró», explica el Dr. Pedro Castro, responsable del área de cuidados intensivos del Hospital Clínic. Además, personal de especialidades muy diferentes se tuvo que reciclar y volcarse en la asistencia de pacientes Covid. Sin embargo, en esta segunda ola el hospital está manteniendo su actividad habitual en más de un 90%. Aún así, la situación sigue siendo tensa. «Tenemos muchos menos enfermos, pero la situación sigue siendo complicada, porque el hospital tiene que convivir con pacientes Covid y no Covid», señala Castro. Y esto siempre con la preocupación de lo que pueda venir más adelante.

En esta segunda ola hay menos pacientes que llegan a la UCI, pero los que llegan se encuentran igual de graves. «La sensación es que como los hospitales no están tan saturados y, gracias a la fantástica labor que está haciendo la atención primaria, los enfermos, cuando empiezan a deteriorarse, pueden llegar antes al hospital, lo que permite que lleguen menos en la UCI o que lleguen antes», explica el jefe de la unidad. La atención precoz de los pacientes, sumado a una mayor detección de casos, hace también que se haya reducido la estancia media de los pacientes respecto la primera ola, especialmente en las plantas de hospitalización convencional. Además, la edad media de los pacientes, en comparación con la primera ola, ha bajado, ya que, como no está confinada la población, hay más movilidad por parte de la población en edad laboral, mientras que la gente mayor permanece en casa. En cuanto a la mortalidad de los pacientes, el Dr. Castro explica que se ha reducido ligeramente. «En la primera ola la mortalidad por Covid en la UCI se situaba en torno al 20% mientras que ahora, gracias a esta atención más precoz, ha disminuido», apunta. Sin embargo, remarca que faltan estudios y aún es muy pronto para poder hacer un análisis con retrospectiva.
Algo que sí tienen en común la primera y la segunda ola de la pandemia es la ausencia de las familias en el hospital. Las visitas están restringidas y sólo se permiten en casos de final de la vida. Cuando el paciente se encuentra estable se intenta siempre que pueda hacer videollamadas con sus familiares. «Cuando hablamos con las familias por teléfono, que lo hacemos a diario para explicarles cómo está el paciente, les es mucho más difícil hacerse a la idea de cómo está sin verlo, pero ahora esto es lo mejor que podemos hacer. Permitir las visitas supondría una situación de riesgo para los familiares, los pacientes, los profesionales sanitarios y el conjunto de la población», argumenta el jefe del área de cuidados intensivos.
Fotogalería: La UCI del Hospital Clínic desde dentro | Pol Rius
Más preparados y con más recursos
«Al principio de la pandemia no sabíamos muy bien hasta dónde llegaba la enfermedad ni a que nos enfrentábamos. Vino todo de golpe. La Covidien-19 era una especie de cajón de sastre donde iban apareciendo síntomas y tenías que manejar todo un poco sobre la marcha y como podías», explica Marta Zarco, fisioterapeuta de la UCI. Ahora, dice, hay más conocimiento sobre la enfermedad y esto permite proporcionar un mejor tratamiento a los pacientes. «Ahora sabemos qué cartas jugamos, estamos mejor protegidos y cada semana nos hacen pruebas de detección del virus en el hospital», señala.
También ha habido avances, aunque tímidos, respecto a los tratamientos utilizados para paliar los efectos de la enfermedad. «Los tratamientos que se utilizaban en la primera ola son parecidos a los que se usan en la segunda. Lo que pasa es que ahora tenemos evidencias de los que funcionan y, sobre todo, lo que hemos hecho es eliminar aquellos que no funcionan», explica Castro.
A pesar de las incertidumbres que hay aún respecto a la enfermedad, los profesionales dicen sentirse mucho más preparados que en la primera ola. Y la UCI también lo está, ya que se ha suplido la falta de respiradores que había al principio de la pandemia. «Llegó un punto en el que había un déficit de equipamiento, porque el número de pacientes que necesitaba respiraderos era muy elevado. Hicimos un llamamiento a recuperar respiraderos antiguos, que ya no se utilizaban, y conseguimos volver a poner en funcionamiento una quincena», explica Antonio Plazas, ingeniero que trabaja para la empresa
Dräger, que suministra en el hospital de respiradores y otros equipos médicos. Se trata del mecánico de la UCI: él pone en funcionamiento los aparatos y se encarga de su mantenimiento, tanto en el ámbito preventivo como reactivo, si se produce algún error.
Plazas explica que vivió la primera ola de forma frenética. «Era una situación completamente nueva, había que abrir más camas de UCI donde fuera. Yo llegaba al hospital y tenía que trabajar a contrarreloj para ir poniendo en marcha los equipamientos lo más rápidamente posible. Teníamos que estar al 150%», explica. Sin embargo, considera que la parte más dura de la pandemia se la llevan aquellos profesionales que están en contacto directo con el paciente.

Antonio Plazas se encarga del mantenimiento y la reparación de los respiradores y otros aparatos médicos | Pol Rius
Los sanitarios, agotados y absorbidos por la pandemia
Los profesionales sanitarios trabajan con el desgaste de una pandemia que llegó de golpe y que no cesa. Estrés, presión y mucha incertidumbre. Son algunas de las emociones y sensaciones que sentían los trabajadores en primera línea contra el coronavirus durante la primera ola.
«Sentíamos que los recursos y la capacidad del hospital estaban al límite, y eso era muy angustioso», explica Manuela León, enfermera de la UCI. Sin embargo, dice haberse sentido privilegiada, ya que en esta unidad los profesionales estaban muy preparados para atender este tipo de enfermedades infecciosas. Apunta, sin embargo, que emocionalmente fue muy duro, especialmente por el miedo a infectarse y contagiar a la familia.
La desconexión, además, era imposible. «Mis amigos me preguntaban siempre como iban las cosas en el hospital. Yo salía de una jornada durísima y sólo quería desconectar. Pero no podía. Durante los treinta años que llevo trabajando de enfermera nunca había tenido tanta dificultad para desconectar, hasta el punto que no podía ni leer ni mirar una película», explica la enfermera. En la misma línea se expresa Castro, quien dice que cuando sales del puesto de trabajo tampoco vuelves a la normalidad. «Antes, si tenías un mal día, intentabas distraerte y descargar las tensiones. Pero ahora todo está impregnado de la pandemia y esto hace muy difícil que puedas desconectar», dice.

La sensación ahora es de agotamiento. «Estamos hartos y cansados. De normal ya trabajamos siempre al límite. Nunca verás que sobren enfermeras en un hospital, pero con la pandemia esto se ha intensificado mucho. Nos esforzamos para dar la mejor atención, pero esto requiere recursos», dice Manuela. En este sentido, considera que las decisiones políticas que se han tomado no han estado a la altura de las circunstancias y que se desvía el tema respecto del que realmente es necesario: más recursos para el sistema sanitario.
Manuela critica también la actitud «inconsciente» de muchas personas. «Me gustaría que la gente supiera los auténticos dramas que hay dentro del hospital y todo lo que hemos vivido, y estamos viviendo. Si la sociedad no se comporta y los políticos tampoco, ¿yo tengo que solucionar lo que los otros no hacen y pagarlo con mi salud?», cuestiona. Apunta, además, que el trabajo de las enfermeras esta muy invisibilizado.
Recuperarse después de la UCI
Lo que más anima a los profesionales es ver que los pacientes mejoran. «Cuando los pacientes se recuperan y les damos el alta es una auténtica inyección de energía», dice Manuela. Recuperarse después de pasar por la UCI, sin embargo, no es un proceso fácil ni rápido. «Cuando un paciente vive una larga estancia en la UCI suele ser porque ha estado mucho tiempo intubado y ventilado. El hecho de estar inmóvil durante mucho tiempo implica atrofia y debilidad muscular, que cuesta mucho de recuperar», afirma Castro.
En este sentido, la fisioterapia tiene una función muy importante en la UCI. «Cuando recibo los pacientes la mayoría están intubados y sedados y, básicamente, nos centramos en una movilización precoz, para evitar rigideces articulares, limitaciones de la movilidad y, sobre todo, intentar evitar úlceras por presión», explica la fisioterapeuta Marta Zarco. «Cuando empiezan a estar un poco más despiertos hacemos un trabajo activo para recuperar la movilidad y, además, desde el minuto cero trabajamos para aumentar el volumen pulmonar de los pacientes. La mayoría de pacientes de esta segunda ola se encuentran en edad laboral, de manera que intentamos que queden el mínimo de secuelas físicas posibles», remarca.

A las consecuencias que tiene de por sí pasar muchas semanas en la UCI se suman las secuelas que provoca la Covid-19. «El coronavirus deja muchos dolores musculares y una fuerte limitación en el ámbito pulmonar. Requiere una rehabilitación larga», puntualiza Zarco. Muchos pacientes los ve en la UCI y luego, cuando se recuperan, en la planta de hospitalización, por lo que les hace un seguimiento más completo. «Es muy agradecido ver cómo los pacientes van mejorando, conseguimos retirar toda la medicación, que respiren por ellos mismos y que vayan ganando movilidad hasta recuperar la funcionalidad y el máximo de autonomía posible», concluye.

