Una parte no despreciable de la ciudadanía hace tiempo que se pregunta si la pandemia nos habrá enseñado algunas cosas que nos ayuden, personal y colectiva, a no recaer en algunas de los errores cometidos. También hay quien cuestiona si las consecuencias negativas de las medidas adoptadas no nos harán retroceder años o incluso decenios en el esfuerzo de corregir las desigualdades sociales injustas y, en general, de mejorar las perspectivas de las generaciones futuras. Porque no se puede negar que la pandemia y las medidas para tratar de ralentizar su difusión y sus efectos en términos de morbimortalidad y de sobrecarga de los servicios sanitarios provocan deterioros significativos en la calidad de vida de mucha gente y, lo que aún preocupa más, una notoria disminución de la equidad.
Los decisores políticos, con el apoyo de buena parte de los expertos – entre cómplices y rehenes- dictan medidas para evitar el colapso de los servicios sanitarios, intentando reducir la capacidad transmisible del germen a su mínima expresión, con la esperanza que alguna de las vacunas en marcha pueda controlar decisivamente el problema. Una actuación que se basa en la lógica que es mejor hacer lo que podamos hasta el límite, a pesar de la ignorancia y sobre todo la incertidumbre en cuanto a la evolución de la epidemia. Ignorancia que no se aplica, sin embargo, a las consecuencias negativas que provoca esta reacción sobre todo en los sectores sociales más desfavorecidos.
No tanto porque muchas de las actuaciones promovidas no tengan suficientes pruebas de su efectividad, sino sobre todo porque no se han valorado en términos del balance entre beneficios y perjuicios esperables o de la relación coste/oportunidad comparativamente con otras alternativas. Desde la percepción general de que estamos ante una potencial catástrofe apocalíptica es comprensible tratar de hacer todo lo que se pueda, a pesar de las dudas sobre su utilidad. Con la ilusión de encontrar soluciones terapéuticas casi milagrosas que no parece que contribuyan sustantivamente a reducir la mortalidad evitable. Una actitud que desprecia la advertencia explícito de Archibald Cochrane cuando nos decía que esta era la mejor manera de hundir un sistema sanitario.
Sin que se fomenten iniciativas para impulsar de forma decidida las innovaciones que precisan la sanidad y los servicios sociales en el marco de unas nuevas políticas transversales de bienestar y calidad de vida. Incluso algunos propósitos de desarrollar la promoción colectiva de la salud comunitaria mediante proyectos intersectoriales y participativos quedan ralentizados ante la prioridad de eliminar o cuando menos frenar la difusión viral. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar en esta espiral de deterioro de las condiciones de vida actuales y previsiblemente futuras?
Nos dicen que debemos esforzarnos un poco más. Hay quien piensa, o al menos lo dice, que si somos responsables- es decir, obedientes- esto no durará mucho, pero nos tememos que se trata de un deseo, de una esperanza incierta. Y lo que sí sabemos es que la situación social empeora cada día y nos preocupa pensar que los perjuicios causados sean tan importantes que hagan inviable un «reset» mínimamente aceptable de los sistemas de producción de riqueza y protección social para volver a alcanzar unos niveles de bienestar similares a los de hoy y, lo que es más importante, que se visualicen unas perspectivas de futuro atractivas para las generaciones más jóvenes.
En los últimos meses nadie piensa en otra cosa que en las vacunas como solución definitiva de la pandemia. Pero las vacunas que se están aprobando en estos días conllevan muchos interrogantes, particularmente en cuanto a su influencia sobre la capacidad de contagiar de los vacunados, en relación con la duración de la inmunización y otros, sin olvidar los problemas relacionados con su transporte, almacenamiento, administración y control.
Todos deseamos superar lo antes esta situación, pero difícilmente lo podremos hacer desde una sociedad que no coge el toro por los cuernos; asume los infortunios y gestiona juiciosamente la incertidumbre. La sociedad postpandémica es muy probable que no sea mejor que antes. Porque si tenemos en cuenta el crecimiento exponencial de las desigualdades sociales, la destrucción de una parte significativa del tejido productivo generador de riqueza y la actitud reactiva y poco atrevida e innovadora de los responsables políticos no podemos sentirnos muy esperanzados en un futuro de progreso.

