Hace un par de semanas tuvieron lugar dos eventos que ponen de nuevo sobre la mesa un antiguo proyecto territorial para Barcelona y Catalunya. Se trata de la construcción de una gran región mediterránea formada por los territorios situados entre el País Valencia y el sur de Francia, donde Barcelona y Catalunya podrían jugar un papel central. Pasqual Maragall ha sido uno de sus grandes defensores a través de iniciativas como la red de ciudades C6 o la Eurorregión Pirineos-Mediterráneo. Hoy, recuperar estas ideas puede dar un nuevo impulso al proyecto y contribuye a reflexionar sobre el papel de Catalunya y Barcelona en su contexto geopolítico más amplio.
Por un lado, el presidente de la Generalitat Valenciana Ximo Puig visitó Barcelona a finales de noviembre, donde se reunió con el vicepresidente Pere Aragonès y pronunció una conferencia en el Cercle d’Economia. Uno de los puntos centrales del discurso del presidente valenciano fue la propuesta de reforzar la cooperación entre Catalunya, el País Valencia y las Islas Baleares con tal de avanzar hacia una ‘commonwealth’ – o mancomunidad de intereses – megaregional. Por otro lado, el 3 de diciembre se presentó el proyecto ‘Barcelona Demà’ en el Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona. El objetivo de este proyecto – pilotado por el Pla Estratègic Metropolità – es construir un compromiso de futuro entre una gran diversidad de actores de la región metropolitana sobre como tiene que ser la metrópolis en el horizonte del 2030.
Probablemente la coincidencia de estos dos actos en la misma semana es casual. Y sin embargo los dos proyectos se refuerzan mutuamente para construir una visión más robusta sobre el futuro de Barcelona y Catalunya. Subrayo dos razones: en primer lugar la cooperación entre territorios no puede obviar el hecho metropolitano, con sus retos pero también oportunidades. La presencia de núcleos urbanos muy dinámicos en la megaregión mediterránea puede beneficiar al conjunto de sus territorios si se construyen afinidades positivas entre los diferentes espacios que los constituyen. Por ejemplo, hace pocas semanas Barcelona fue presentada como Capital Mundial de la Alimentación Sostenible 2021, cogiendo así el relevo de Milán (2015) y Valencia (2017), acto en el cual se destacó la necesidad de mejorar las relaciones entre espacios rurales y urbanos. A partir de la experiencia de Valencia y ahora la de Barcelona, ¿no podría ser esto una oportunidad para pensar la mancomunidad mediterránea como una biorregión basada, entre otros, en la producción y el consumo de productos agroalimentarios propios?
En segundo lugar, el potencial del proyecto metropolitano ‘Barcelona Demà’ podría reforzarse si se inserta en un contexto territorial más amplio. En este sentido, es importante recordar que el objetivo número uno del primer plan estratégico de Barcelona (año 1990) era hacer de Barcelona uno de los polos de la megaregión mediterránea. Las regiones metropolitanas no son espacios cerrados, sino que están atravesados por múltiples relaciones económicas, culturales y ecológicas que se extiende a diferentes escalas y que las configuran. Por tanto, es necesario pensar qué tipo de vínculos quiere tener la región metropolitana barcelonesa con su entorno – ya sean otras áreas urbanas o espacios rurales – y trabajar para que estas interdependencias beneficien a todas las partes. Conectar el proyecto ‘Barcelona Demà’ con la propuesta de mejorar la cooperación entre los territorios del litoral mediterráneo podría avanzar en esta dirección.
La buena noticia es que estas ideas no surgen de la nada, sino que tienen una larga trayectoria reflejada en varias experiencias de las cuales podemos aprender algunas lecciones. Por ejemplo, es importante que las grandes visiones territoriales se construyan a partir de necesidades tangibles y compartidas que puedan resolverse con proyectos concretos. Esto requiere, además, la construcción de alianzas entre diferentes niveles e instituciones, articuladas a través de mecanismos suficientemente sólidos para darles coherencia y continuidad, pero también flexibles para adaptarse a los marcos institucionales existentes y dar cabida a diferentes sensibilidades. Finalmente, no podemos menospreciar las distintas identidades territoriales y los conflictos que esto pueda generar; pero si se empieza, como decía, identificando puntos de interés común, estos obstáculos se pueden ir venciendo poco a poco. En definitiva, en un momento donde la fatiga y la desilusión parecen ser sentimientos cada vez más extendidos, sin duda hay que celebrar la propuesta de proyectos con mirada larga y voluntad de construir futuro.


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