Esta nueva serie no es negra, sino más bien de mucha luz, pero quiere la casualidad un inicio oscuro desde el recuerdo, como si las páginas fueran enlazándose con el progreso de mi conocimiento mediante la existencia y sus vicisitudes.
Cuando era pequeño, lo he contado en más de una ocasión, tuve un pequeño atisbo de mi obsesión por las fronteras barcelonesas desde el origen. Por motivos académicos privilegié en mis andanzas la zona pura del barrio del Guinardó. Cada mañana me despertaba y subía el carrer Telègraf hasta l’Escola Estel, separada apenas una centena de metros de l’avinguda Verge de Montserrat y el enorme Parque del Guinardó, donde a veces iba con otros amigos hasta una de sus cimas sin pensar mucho en el porqué de ese maravilloso verde y todos sus secretos.
Este recorrido devino rutinario y el resto era más bien anecdótico. Si en vez de ascender optaba por el descenso tenía una idea muy clara del vecindario, pues en muy poco espacio podía juntar quioscos, farmacias, fruterías, supermercados y otros negocios esenciales, ubicados más bien hacia Sant Antoni Maria Claret, una pantalla hacia el verdadero límite en Industria, puerta hacia el Camp de l’Arpa.
Un lamento a posteriori de aquellos tiempos infantiles es no poder recordar cómo era el entorno. Cualquiera diría eso de esto ha cambiado poco, pero es mentira, y en mi fuero interno siento decepción por no poder recuperar esa memoria de edificios, objetos, formas y personas.
Hay una manzana curiosa comprendida entre Sant Antoni María Claret, Conca, Sant Quintí e Industria. En su tramo izquierdo se halla el Parc de Can Miralletes, una masía del siglo XVII siempre en peligro y ahora, o eso parece, en vías de transformarse en equipamiento municipal. Según las fuentes marcaba uno de los últimos trechos del torrent del Bogatell antes de su curso más decidido en el carrer Rogent, hasta 1916 denominado como el riachuelo.

Can Miralletes cede su preminencia en el sector derecho al institut Sant Josep de Calassanç, preponderante por su arquitectura de la segunda mitad de los años cincuenta. Poco después de su inauguración el Ayuntamiento pudo presentar en sociedad, con toda probabilidad en diciembre de 1959, la homónima plaza, conocida por propios y extraños como la de las tortugas, bautizada así por la presencia de unos pétreos quelonios, favoritos de niños y niñas hasta desgastarlos. Hoy han desaparecido, reemplazados por una pérgola y una estatua de Joan Bennassar en homenaje a ese animal estático, retirado por exceso de amor, pues los chiquillos se lastimaban y las autoridades lo juzgaron más bien peligroso.
Este ágora tiene otros elementos que aparecerán poco a poco en estas entregas. Uno de ellos es un inmueble incongruente en la definición estructural del presente, en un ángulo anómalo al inicio del carrer de Xifré. Tranquilos, todo tiene una explicación. Ya llegará. La plaza está separada del instituto por otra manzana, destacada por dos bellos pasajes, usados como atajo para acceder a Industria, cada uno con una memoria criminal entre nuestro siglo y el pasado.
La primera historia de hoy es bestial. Quizá exagere un poco, pero en los años noventa los del Guinardó no veíamos con muy buenos ojos todo aquello relativo al Camp de l’Arpa, como si la dejadez para con ese enclave se transmitiera a una economía más mísera y unos índices delincuenciales de mayor calado. Era una sensación desde la ignorancia, si bien algunos episodios confirmaban los avisos maternos sobre no acercarse por esos lares, avisos, no está de más decirlo, tan endebles como para disiparse una vez los pies amplían la sapiencia sobre la ciudad y las brumas terminan por desvanecerse.
Hacia las navidades de 1993 unos adolescentes sembraron el pánico con pequeñas gamberradas. En una ocasión amarraron una cuerda a muy baja altura y una transeúnte casi se parte la crisma.
Es fácil imaginar los improperios de la señora y las risas invisibles de los cretinos. Como la cosa salió bien optaron por refinar el método y repetirla la noche del jueves 24 de febrero de 1994, cuando robaron con premeditación, nocturnidad y alevosía cinta de nailon para embalajes en una furgoneta con su caja abierta en el passatge de Catalunya.

La intención de estos desgraciados era ver cómo la rompía un coche. En la culminación de esta travesía con Industria ataron una cuerda a medio metro de altura entre una conducción de gas y una farola, quizá apoyada en el techo de un vehículo aparcado.
No contaban con los imprevistos del guion. A la una y media de esa jornada Juan Matías Delgado, oriundo de Huelva y graciense de adopción, cerró su restaurante en la travessera de Gràcia. Escribió el menú, apagó las luces del local y subió a su Vespa roja para encaminarse hacia su domicilio en Fabra i Puig. Diez minutos más tarde yacía en el asfalto por culpa de ese filo hilo tendido por los chavales. Su cuerpo salió despedido haciendo eses hacia el suelo, quedándose en la postura de rana, con un brazo por debajo. Tenía la cabeza amoratada, cubierta por un casco en condiciones, intocable según el protocolo vial. Falleció por una cianosis craneal.
El taxista Rafael Gómez Gil contempló el choque y fue el primero en auxiliar, junto a sus clientes, al motorista, aún con aliento para pedir ayuda y decir que se ahogaba. El conductor se quejó de la tardanza de la ambulancia, sorprendente por la cercanía del Hospital de Sant Pau, criticándose durante las siguientes semanas la negligencia coordinativa entre sanitarios y fuerzas del orden.

Sea como fuera Matías Delgado fue asesinado con gratuidad. Iba indocumentado y eso dificultó su identificación. Los presuntos responsables fueron detenidos al cabo de veinticuatro horas. Eran dos gemelos de quince años y dos hermanastros de catorce y doce. El último conocía la historia, y los otros tres eran los autores materiales. Los gemelos eran familiares para los agentes por su tendencia a merodear sin ton ni son por el vecindario.
La posición limítrofe del Sant Josep de Calassanç lo convirtió durante décadas en el depósito para estudiantes de Camp de l’Arpa, Clot y el Guinardó. Yo mismo debí ingresar en sus aulas y sólo me salvó una carambola del destino. Da igual. En 2003 el boom migratorio evidenció en las mismas una sociedad en pleno cambio, con cierta alarma por la eclosión de las bandas juveniles.
El martes 28 de octubre de 2003 Ronny Tapias y su amigo brasieño Juan salieron del instituto Sant Josep de Calassanç, dirigiéndose a una copistería para fotocopiar deberes o apuntes. Escuchaban música, distraídos. A pocos metros de la tienda dos menores los asaltaron, con tres adultos impidiendo la huida por detrás. Ya te avisé. Ronny no debió tener tiempo de reaccionar ni de entender esa advertencia. Un solo cuchillazo afectó a su pulmón derecho. Corrió una veintena de metros y se derrumbó junto al passatge Roura. Murió desangrado en el Hospital de Sant Pau. Sus asesinos huyeron entre el alboroto posterior a la última clase. Los bomberos limpiaron la sangre, con Juan desconsolado junto a la parada de autobús adyacente al pasaje.

¿Por qué habían matado a Ronny? Esa fue la primera pregunta. Era cumplidor y atento, buen estudiante de inglés de música e inglés, con más dificultades con el catalán. Le gustaba mucho jugar al baloncesto. Era el menor de cuatro hermanos de unos padres provenientes de Bucaramanga. Vivían a cuatro calles del instituto, en Camp de l’Arpa, y el chaval nunca había sido problemático, era más bien hogareño, con pocos amigos, relacionándose sobre todo con Juan, con cuya hermana mantuvo el único noviazgo serio de su existencia.
A Ronny lo confundieron entre vestimentas y un nombre calcado con un componente de los Latin Kings. Sus ejecutores eran Ñetas, sedientos de sangre para vengar una afrenta acaecida el sábado anterior en una discoteca de l’Hospitalet de Llobregat, Caribe Caliente. Los autores fueron condenados y Can Miralletes fue rehabilitado para calmar los ánimos, pues en estos casos el pánico es como un virus, se extiende por el boca a boca, sin detenerse salvo si el Consistorio toma medidas, como así hizo hasta una nueva degradación del entorno.
En ambos circunstancias las víctimas murieron por errores y sirvieron para ilustrar de problemáticas más bien descuidadas, ambas con profundas imbricaciones con el sistema educativo, el ausentismo y el cuidado de los malhechores en ese trance crucial de su evolución.
Hace casi una centuria, en los estertores de los no tan locos años veinte, un guardia urbano, con mucho prestigio en toda Barcelona, recibió una misión. Los pasajes de Roura y Catalunya, este último tan patriótico porque antes San Quintín llevaba el nombre del Principado, debían vallarse al ser particulares. El suboficial Bartolomé Florit se desplazó a la siguiente manzana y llamó a todas las casas de tres angostos y minúsculos pasajes para recoger nombres y apellidos de sus habitantes. En 1930 un asesino terminaría con su extraordinaria labor ciudadana.


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