Las estadísticas muestran que las mujeres estamos en el centro de las violencias, los feminicidios no son un relato, son una realidad. Ante esto, lejos de realizar un ejercicio de ciudadanía responsable hay quien se dedica a fomentar discurso de odio, misoginia y negación de las violencias machistas. Después de años de campañas de sensibilización, este tipo de posicionamiento tiene consecuencias: uno de cada cinco jóvenes no cree que exista la violencia machista y casi la mitad de los hombres piensa que no es un problema grave para la sociedad.
La violencia machista afecta, básicamente a las mujeres, pero no sólo, afecta a colectivos específicos como las lesbianas, Gais, personas trans y otros miembros del colectivo LGTBI, pero impacta sobre toda la sociedad. Una sociedad que permite que la mayoría social -el 51% de la población- sea asesinada o sufra agresiones sexuales, físicas, psicológicas, sitiada, forzada es una sociedad enferma.
La convivencia social no puede basarse en la violencia y el odio. No puede basarse en el menosprecio, desprecio y sometimiento de una parte de la sociedad -la mayoritaria-. Negar la violencia machista es invisibilizarla y, por tanto, permitir que se mantenga y desdibujar las causas que la originan. La invisibilización forma parte de ese proceso de violencia.
La pandemia y el confinamiento han sido un acelerador de muchos procesos de violencia machista y el incremento de situaciones de riesgo. La falta de socialización, la individualización y la falta de espacios comunes en los que compartir, durante este último año y medio de pandemia, ha provocado indefensión y falta de redes de apoyo para las mujeres que han sufrido violencia machista.
En este sentido, se ha evidenciado más que nunca la importancia de las iniciativas comunitarias como parte para la identificación de procesos de violencia y la construcción de redes de soporte para abordar estas situaciones. La responsabilidad social contra las violencias debe ser firme no puede depender sólo de las entidades sociales y feministas, es necesaria una responsabilidad social y esto comporta la necesidad de que la administración ponga en marcha planes y estrategias efectivas y que nos impliquen a todos y todas.
La lucha contra las violencias machistas no puede tener sólo una respuesta paliativa -aunque la red de atención es imprescindible- sino que debe estar centrada en el trabajo de prevención y sensibilización, es necesario que sea un trabajo que interpela la población y de base comunitaria.
Las estadísticas son frías, pero preocupantes; las agresiones y las muertes se producen mucho más cerca de lo que se transmite. Es necesario generar sensibilización desde la acción, la transformación social, la toma de conciencia y el trabajo común para la convivencia sin privilegios y desde la base de la equidad es lo que puede cerrar el círculo de las violencias machistas.
Debemos apoderarnos como sociedad de un claro posicionamiento contra las violencias, es un tema de todas y todos.

