El acceso a información y estadísticas veraces es fundamental para la toma de decisiones informadas, tanto individuales como colectivas. Es crucial también para garantizar la supervisión de acciones gubernamentales por parte de la ciudadanía. Así lo reconoce, por ejemplo, la ONU al defender la esencialidad de “la información accesible y veraz” durante la pandemia del coronavirus. Pero estos no son los únicos papeles que la información pública puede jugar. La información pública puede jugar también el papel de mecanismo de coordinación social.
¿Qué es un mecanismo de coordinación social?
A menudo, las personas estamos sujetas a distintos tipos de influencia social, es decir, nos gustaría adaptar nuestro comportamiento dependiendo de las acciones, las preferencias o los valores de quienes nos rodean. Por ejemplo, si gran parte de la gente camina por la derecha en los pasillos del metro, yo prefiero caminar también por ese lado -me influyen sus acciones-, o si creen que no debo toser sin taparme la boca, procuro no hacerlo -me influyen sus preferencias o valores-.
En su libro más reciente, Norms in the wild (2017), la filósofa y economista Cristina Bicchieri explica cómo, en ciertos contextos, tenemos una fuerte preferencia por seguir las normas sociales existentes. Una norma social no es más que una regla de comportamiento que los miembros de un grupo prefieren seguir en la medida en que crean que la mayoría en su grupo la sigue y cree que deben cumplirla. Por ejemplo, ante la decisión de si ponernos mascarilla en un espacio público, una parte de la población decidiría (no) utilizarla si la mayoría de la gente (no) lo hace.
El problema es que, muchas veces, no sabemos muy bien qué hacen o qué piensan nuestros y nuestras iguales y actuamos en base a nuestras suposiciones, que pueden ser equivocadas. Distintos trabajos de investigación en el campo de la economía, la psicología o la sociología han documentado cómo estas falsas suposiciones pueden llevar a un grupo social a estancarse en una norma social que, en general, no es apoyada individualmente por sus integrantes.
Por ejemplo, este artículo reciente documenta cómo, a pesar de que la mayoría de hombres jóvenes en Arabia Saudi apoyaban el acceso al mercado laboral de las mujeres, muchos no apoyaban a sus mujeres en la búsqueda de empleo fuera de casa, en parte, debido a creencias erróneas. En concreto, porque subestimaban el apoyo de otros hombres jóvenes a la entrada de mujeres en el mercado de trabajo.
Otro caso de actualidad sería el de la lucha contra el cambio climático. En este estudio encuentran que la mayoría de personas encuestadas subestiman el respaldo social a la lucha contra el cambio climático. Y que, al darse cuenta de que el respaldo real es mayor del que tenían en mente, generalmente incrementan su apoyo a políticas climáticas y su voluntad para tomar acciones contra el calentamiento global, sobre todo para quien muestra más escepticismo hacia el tema.
También estos estudios encuentran que una de las mejores armas para enfrentar estas situaciones -y conseguir que la norma social se coordine con las preferencias individuales de los miembros de la sociedad- es compartir datos y estadísticas con la población sobre las acciones y preferencias de sus iguales. Cuando alguien recibe información sobre lo que sus semejantes hacen o piensan acerca de una acción, su decisión se basará en información real y no en suposiciones o prejuicios.
En el ejemplo de las mujeres en Arabia Saudí, dar información sobre lo que otros hombres jóvenes opinan sobre el acceso de mujeres al mercado laboral aumenta la disposición de los hombres jóvenes para ayudar a sus mujeres a buscar trabajo. Asimismo, cuando personas que subestiman la lucha contra el cambio climático en su entorno corrigen estas falsas creencias -por ejemplo, al recibir estadísticas veraces sobre el apoyo a esta lucha-, su disposición a luchar contra el cambio climático aumenta.
La teoría económica dice que estos problemas de coordinación suelen aparecer en situaciones donde una norma, inicialmente apoyada por la mayoría, va perdiendo apoyo; pero la falta de comunicación impide que la población perciba este cambio. Por ejemplo, si en un pequeño pueblo la mayoría de familias se dedican a dos tareas fundamentales: la agricultura tradicional -más demandante físicamente- y los cuidados -más demandantes mentalmente-, podría surgir una norma social de división del trabajo según el género, apoyada por la mayoría. A menudo, estas normas van acompañadas de sanciones sociales a quienes se desvían de ellas, desde sanciones violentas hasta comentarios o acciones más sutiles como reducir las muestras de aprecio. En este contexto, ante una transición hacia una economía más moderna -donde los nuevos empleos pasan a ser tan intensivos mentalmente como los cuidados- esta norma podría perder apoyo paulatinamente. Sin embargo, el miedo a las sanciones sociales es un gran impedimento para que los habitantes del pueblo compartan su rechazo a la norma con los demás. De esta forma, la división del trabajo por cuestión de género podría mantenerse tiempo después de que el número de personas que la apoyan pase a ser una minoría.
Un arma de doble filo
Las normas sociales pueden servir para mejorar el bienestar de una comunidad, desincentivando comportamientos dañinos -como fumar en lugares públicos- e incentivando conductas beneficiosas -como ayudar a los demás-. Pero también pueden tener el efecto contrario, ejemplo de ello serían las normas sociales discriminatorias, como la división del trabajo por cuestión de género. Una observación importante es que podemos hablar de normas apoyadas por la mayoría que son dañinas para el bienestar social o, a la inversa, rechazadas por la mayoría siendo beneficiosas. En el caso de Arabia Saudí, la norma apoyada por la mayoría -”las mujeres deben tener libre acceso al mercado laboral”- es también beneficiosa socialmente. Pero si, por el contrario, la mayoría estuviese en contra del acceso de mujeres al mercado laboral, la norma: “las mujeres sólo deberían trabajar en casa” seguiría siendo perjudicial, a pesar de ser apoyada por la mayoría. Es decir, un apoyo mayoritario no garantiza que sea preferible socialmente.
De la misma manera, la información puede promover cambios a una norma mejor o peor. En los ejemplos anteriores, la información se presentaba como algo positivo: un “arma” contra normas perjudiciales no apoyadas individualmente. Pero puede ser también un “arma” contra normas beneficiosas. Para ilustrar esto, supongamos que, en el caso del cambio climático, se hubiese dado información de que el apoyo a la lucha contra el calentamiento global era menor de lo esperado. Esto podría generar un descenso de la disposición a luchar contra el cambio climático -un cambio a una norma peor-, de la misma forma que generó un aumento cuando se informó de lo contrario.
En cualquier caso, los datos son más poderosos de lo que se pueda pensar si sólo se considera su efecto directo en la formación de opiniones de quien los recibe. Sobre todo, cuando la toma de decisiones está sujeta a cierto grado de influencia social. Además, los datos deben ser compartidos por parte de los medios e interpretados por parte del público cautelosamente, teniendo en cuenta las consecuencias trascendentales que pueden tener en el comportamiento de toda una comunidad.

