A raíz de los atentados del 17 de agosto de 2017, en Barcelona y Cambrils, la sociedad descubrió su vulnerabilidad. El ataque había sido perpetrado por jóvenes nacidos y formados aquí, sometidos a un proceso de radicalización yihadista. Capaces, con una furgoneta y unos cuchillos, de poner fin a la vida de 16 personas y herir a casi 200. La sociedad catalana también descubrió que contaba con una policía eficaz, que impidió una masacre en Cambrils y que llevó con éxito una investigación para desactivar nuevas amenazas.
En esas horas de incertidumbre y miedo, la información a la ciudadanía resultaba esencial, y el máximo responsable del cuerpo de los Mossos d’Esquadra la transmitió con serenidad. La figura del mayor Josep Lluís Trapero se convirtió en el punto de referencia y también en una figura sometida a la tensión política que se derivaba del pulso que mantenían la Generalitat y el Estado. Héroe para unos, objeto de envidia para otros.
Pero la tormenta política que vivió el mayor Trapero después de los atentados, no era nada comparado con lo que le esperaba. Unas semanas después, como policía, tuvo que gestionar las resoluciones judiciales contra el referendo del 1 de Octubre. Los Mossos se encontraban formando parte de un operativo en el que las otras dos fuerzas, Policía Nacional y Guardia Civil, se implicaron a fondo en la represión contra las personas que fueron a votar. Estaban atrapados, los Mossos, entre las decisiones tomadas por los responsables de la Generalitat y las leyes vigentes. El peor dilema al que puede afrontarse un policía. Y sin embargo, Trapero y los Mossos, salieron adelante, con un ejercicio de responsabilidad cívica y equilibrio legal digno de elogio. Sin embargo, en época de polarización y enfrentamiento, los equilibrios no son bien vistos por ninguna de las partes en conflicto. Y el Major empezaba a vivir su travesía por la soledad. Cuando el Estado interviene la autonomía de Catalunya con la aplicación del artículo 155 de la Constitución, lo primero que hace es destituir a Trapero como Major de los Mossos. Con una decisión que recuerda, sobre todo, una revancha.
En el juicio del Tribunal Supremo contra los líderes independentistas, su declaración como testigo le supuso que dejara de ser un héroe para el mundo independentista. Y cuando le llegó su juicio, Trapero ya no era de nadie. Era sólo un hombre al que le había tocado una época poco propicia para ser «sólo un policía». Vivió un calvario de tres años (de octubre de 2017 a octubre de 2020). Hasta que llegó la absolución.
La Generalitat hizo lo correcto y le restituyó como Major. Era la única decisión digna con la persona, Josep Lluís Trapero, y con la institución. Si el jefe de policía había sido destituido injustamente, la reparación era un acto de justicia. Pero, no lo olvidemos, el Major ya había sido despojado de su condición de héroe. Y, de nuevo, sólo querer ser un policía seguía resultando incómodo. La revancha, otra vez, era cuestión de tiempo.
El 20 de diciembre del 2021, el conseller Joan Ignasi Elena, de Esquerra Republicana de Catalunya, le cesa con la excusa de «rejuvenecer y feminizar el cuerpo». Su sustituto tiene cinco años menos y es hombre. La argumentación, evidentemente, era una excusa, irrespetuosa con la edad y el género. Pocos días después, es destituido también uno de los miembros claves del equipo del Major Trapero, el comisario Toni Rodríguez, jefe de la Comisión General de Investigación, quien, entre otros casos, había investigado por supuesta corrupción a la presidenta del Parlament, Laura Borràs. El mensaje a los Mossos era diáfano.
Pero la historia final nos devuelve al principio. Pocos días después, el excomisario José Manuel Villarejo, máximo exponente de las cloacas del Estado, condenado por corrupción y autor de múltiples fabulaciones, declara como acusado (no estás obligado a decir la verdad) en una de sus diversas causas abiertas y recupera la teoría de la conspiración que vincula al imán de Ripoll, Abdelbaki Es Satty, instigador del 17-A, con los servicios secretos españoles (CNI). Los Mossos, en una exhaustiva investigación, habían descartado ese vínculo, pero, de inmediato, estallan las redes, empezando por un tweet del presidente de la Generalitat, exigiendo una investigación.
Como bien sabe Josep Lluís Trapero, malos tiempos para la sensatez. Y malos tiempos para la calidad democrática cuando un cuerpo de policía se encuentra en medio de la tormenta.

