Yolanda Osorio es psiquiatra y coordinadora del Equipo de Salud Mental para Personas Sin Hogar (ESMES) gestionado conjuntamente por los Servicios de Salud Mental del Parque Sanitario Sant Joan de Déu y por la Fundación Sant Pere Claver. Además, es también fundadora del programa SATMI dirigido a la población con problemas de salud mental derivados del proceso migratorio en el área de Barcelona.
Osorio explica que se calcula que hasta un 73% de personas que viven en la calle tienen algún diagnóstico de trastorno mental y que gran parte desarrolla cuadros depresivos u otros problemas de salud mental por el hecho de vivir en la calle. «Las personas no viven en la calle porque quieren, sino que muchas tienen historias de vida muy traumáticas que les han abocado a esta situación. Una vez en la calle, están expuestas a situaciones de violencia, de marginalidad, de prejuicios… por tanto, el trauma está muy presente. Esto hace que a menudo desarrollen problemas de salud mental y que muchas intenten huir de su situación a través de tóxicos, como el alcohol u otros».
Para las mujeres sin hogar la situación es, a menudo, todavía más complicada: «si vivir en la calle es una situación traumática y de mucha vulnerabilidad, en el caso de una mujer lo es aún más», explica la psiquiatra. «Para las mujeres, vivir en la calle supone una doble vulnerabilidad, porque pueden sufrir más situaciones de violencia, agresiones sexuales, violaciones…», añade. En este sentido, remarca la importancia de crear recursos específicos dirigidos a las mujeres sin hogar, como los centros La Llavor, gestionado por Sant Joan de Déu, o Violeta.
¿Qué tarea hacéis desde el Equipo de Salud Mental por Personas sin Hogar de Sant Joan de Déu? ¿A qué perfiles de personas atendéis?
El Equipo de Salud Mental por Personas Sin Hogar está integrado por cinco psiquiatras, cinco enfermeras y cinco Coordinadores de Plan Individual (CPI), que son gestores de casos que realizan un acompañamiento mucho más intensivo en el día a día. El programa depende del Hospital Sant Joan de Déu y de la Fundación San Pedro Claver y consiste en realizar un tratamiento integral en salud mental a personas sin hogar con trastornos mentales graves. Atendemos, sobre todo, a personas que duermen en la calle, y también existe un equipo específico de educadores que trabajan en asentamientos.
Trabajamos conjuntamente con los servicios sociales del Ayuntamiento de Barcelona. Los educadores y trabajadores sociales del Ayuntamiento son quienes detectan personas en situación de sinhogarismo con presencia o sospecha de trastorno mental y nos lo comunican para poder realizar una valoración y abordaje. También trabajamos coordinadamente con los educadores de calle y con las entidades que trabajan en este ámbito, para vincular a las personas con los diferentes recursos existentes. La constante colaboración con otras entidades es fundamental.
El distrito donde atendemos a más población és Ciutat Vella, porque, históricamente, es un lugar de pernocta de mucha gente. También actuamos bastante en el Eixample, Sants y Nou Barris. Además, también atendemos a personas con trastorno mental severo que han sido ingresadas en hospitales de psiquiatría de Barcelona, como el de Sant Pau, Vall Hebron o el Clínic, y que, cuando se hace la previsión de alta, se sabe que quedarán en situación de sin hogar.
Según datos de la «Xarxa d’Atenció a Persones sense Llar», desde el año 2008 hasta ahora, el número de personas que duermen en la calle en Barcelona ha pasado de 658 a 895, un incremento del 36% en más de una década . El censo más reciente de la Fundación Arrels, del pasado mes de mayo, eleva la cifra hasta 1.239 personas. ¿Cada vez hay más personas sin hogar?
Sí, cada vez hay más. La situación de las personas se ha precarizado mucho más. Con la pandemia, mucha gente que estaba en una situación precaria, pero podía pagar el alquiler de una habitación y que estaba trabajando, aunque fuera de forma precaria y frágil, lo perdió todo y se vio de un día por otro volcado en la calle. Aunque se incrementaron algunos recursos destinados a personas sin hogar, también muchos otros que existían tuvieron que reducir el número de plazas. Pero no siempre los recursos llegan a todos y, por tanto, se incrementa el número de personas que viven en la calle. Paralelamente, el elevadísimo precio del alquiler en Barcelona, la falta de recursos de vivienda pública y las dificultades de acceso a una vivienda… todo esto aboca a mucha gente a la calle. No hay suficiente oferta de pisos de emergencia social.
Hasta un 73% de personas que se encuentran en la calle tienen algún diagnóstico de trastorno mental. El más prevalente es el trastorno por consumo de alcohol, que es nueve veces más frecuente que en la población general.
¿Qué impacto tiene en la salud de las personas el hecho de vivir o haber vivido en la calle?
Si hablamos de salud mental, una revisión de diferentes estudios de once países, con un total de 8.000 personas participantes, calcula que hasta un 73% de personas que están en la calle tienen algún diagnóstico de trastorno mental, es decir, casi tres cuartas partes. El más prevalente es el trastorno por consumo de alcohol, que es nueve veces más frecuente que en la población general. La relación es bidireccional: vivir en la calle hace que las personas consuman más alcohol. Un usuario, por ejemplo, nos decía que en la calle debes beber alcohol para aguantar. Pero también hay un porcentaje importante de personas que ya eran consumidoras de alcohol antes de quedarse en la calle.
También incide el impacto de un trauma previo. Las personas no viven en la calle porque quieren, sino que muchas tienen historias de vida muy traumáticas que las han abocado a esta situación. Una vez en la calle, están expuestas a situaciones de violencia, de marginalidad, de prejuicios… por tanto, el trauma está muy presente, tanto previamente a vivir en la calle como después de hacerlo. Esto hace que, en muchos casos, se desarrollen cuadros depresivos u otros problemas de salud mental, y una fuga a través de tóxicos, como el alcohol u otros.
Todo esto, evidentemente, tiene una incidencia en la esperanza de vida. La mortalidad en este colectivo es mucho más alta que en la población general por diversos factores: la dificultad de acceso a la red de salud, de cuidarse, de realizar tratamientos preventivos, de cuidar la dieta, la higiene… hay muchos factores que hacen que la salud de las personas sin hogar se vaya deteriorando mucho antes que en una persona que no vive esta situación.

¿Las personas que atendéis os comunican sus necesidades? ¿Cómo lo hacéis para crear un vínculo de confianza?
Para generar el vínculo con la persona existe todo un proceso. Tú vas al médico o a los centros de salud mental voluntariamente porque no estás bien, pero en nuestro caso son personas que en la mayoría de ocasiones no demandan nuestra atención, sino que nosotros tenemos la sospecha de que hay un sufrimiento y nos acercamos. A partir de ahí, empezamos todo un proceso de evaluación a través de entrevistas para tener un diagnóstico. Hay todo un proceso que requiere tiempo, experiencia y conocimientos. Se genera un acercamiento, creando un vínculo con la persona y priorizando cuáles son sus necesidades, que no sólo pasan por una cuestión médica o de medicación, sino unas condiciones de vida dignas, tener acceso a una ducha o un comedor social… El objetivo final es conseguir que la persona salga de la calle.
¿Cuál es el protocolo de actuación cuando la persona requiere un ingreso?
Evidentemente, se dan situaciones en las que la persona rechaza cualquier ofrecimiento de ayuda y se pone en riesgo a sí misma u otra persona. En estos casos actuamos de urgencia y, si es necesario, realizamos ingresos involuntarios. Pero la solución no es el ingreso sino trazar un plan a largo plazo, articulando los recursos necesarios en función del caso, sean recursos sanitarios, sociales o cuestiones administrativas.
Las personas no viven en la calle porque quieren, sino que muchas tienen historias de vida muy traumáticas que les han evocado en esta situación. Una vez en la calle, están expuestas a situaciones de violencia, de marginalidad, de prejuicios… por tanto, el trauma está muy presente.
La delicada salud de las personas sin hogar ha hecho que durante la pandemia sean un colectivo especialmente vulnerable. ¿Cómo les ha afectado la Covid y los confinamientos? ¿Ha habido recursos suficientes para garantizar su seguridad?
Las personas sin hogar estuvieron más expuestas al virus, porque cuando se hablaba de confinamiento, no podían confinarse. Quienes no vivían en la calle y estaban en recursos también han vivido una situación complicada. Se crearon recursos específicos, como la Fira Barcelona y otros, para dar respuesta a estas personas y darles un espacio donde confinarse. También se crearon unidades específicas dentro de los albergues para que pudieran hacer aislamiento las personas positivas.
Algunos de estos recursos eran equipamientos de emergencia que después desaparecieron. ¿Qué se ha hecho después de estas personas? ¿Han vuelto a la calle cuando han cerrado estos equipamientos?
A algunas personas se les reubicó en otros recursos ya existentes. Otros eran personas que venían de fuera de Barcelona y volvieron a marcharse cuando cerraron los equipamientos. Y otro grupo de personas volvieron a la calle. Hay que tener en cuenta que Barcelona tiene un plan de sinhogarismo muy potente, pero este plan está en fases más incipientes, si existe, en ciudades vecinas. Por eso durante la pandemia vino mucha gente proveniente, por ejemplo, del Garraf o del Baix Llobregat.

Hay mucho estigma hacia la pobreza.
Sí. Esto se ve en el caso de la muerte del fotógrafo René Robert en París, por ejemplo. Es escalofriante. Pasas por la calle y una persona que está tumbada en el suelo, ni la miras. Son invisibles. Esto refleja mucho el mundo occidental. La persona que vive en la calle es una persona que fue un niño, que tuvo unos padres, que tiene una historia detrás. Hay que humanizarlas. Parece que si una persona vive en la calle es porque quiere, y no pensamos en toda esta historia que hay detrás o porque está viviendo en la calle. Este estigma también lo hemos visto con la pandemia cuando se crearon hoteles salud específicos para personas sin hogar. Con una excelente gestión, eso sí, pero el estigma, seguramente inconsciente, estaba ahí. Y si sufren un trastorno mental existe un doble estigma: el de la pobreza y el de la salud mental.
Los datos de la «Xarxa d’Atenció a Persones sense Llar» muestran que el número de personas sin hogar entre 18 y 30 años ha aumentado, y que ya representan el 17,9% de las personas sin hogar en Barcelona. Muchas veces se trata de jóvenes que han pasado por procesos migratorios. ¿Qué barreras se encuentran?
Durante los últimos años, Cataluña ha sido receptora de un gran número de jóvenes migrantes sin referente adulto, que pasaron a ser tutelados por la DGAIA. Sin embargo, al hacer la mayoría de edad muchos se han quedado sin ningún lugar donde vivir y se han visto abocados a vivir en la calle. La ley, afortunadamente, se modificó el pasado verano, pero hasta entonces cuando cumplían 18 años estos jóvenes tenían permiso de residencia pero no permiso de trabajo. Sin trabajar, ¿cómo puedes tener un lugar donde vivir? Y claro, el número de chavales con 18 años era mayor que los recursos de pisos. Con la nueva ley, todos estos jóvenes salen también con permiso de trabajo. Esto ha supuesto una mejora de su calidad de vida y también de su bienestar emocional. Esto demuestra que existen muchas herramientas y decisiones políticas que se pueden llevar a cabo y que sólo dependen de la apuesta política que se hace. También hay que decir que, en algunos casos, su situación no ha terminado de regularizarse. Debemos tener en cuenta que hablamos de jóvenes que vienen de situaciones muy complicadas en su país de origen, de historias traumáticas y que, en muchos casos, también se produce un consumo de tóxicos que les dificulta salir adelante.
Si vivir en la calle es una situación traumática y de mucha vulnerabilidad, en el caso de una mujer lo es aún más.
Las mujeres sólo representan entre un 10 y un 15% del total de personas que duermen al raso, pero, según diversos estudios, viven «sinhogarismo encubierto», ya que recurren a otras formas de exclusión residencial, como infraviviendas o albergues temporales, para rehuir la calle. ¿Es más difícil detectar una situación de sinhogarismo o exclusión social en las mujeres?
Sí, en el caso de una mujer es más difícil de detectar porque, como has dicho, recurren a otras opciones, como su red familiar o de amistades. Es cierto que las mujeres representan un porcentaje bajo de las personas que viven al raso, pero si tenemos en cuenta este concepto más amplio de sinhogarismo, por ejemplo mujeres que viven en situaciones de okupación o en infraviviendas, el porcentaje aumenta hasta un 20 o 25%. Son muy difíciles de detectar estos últimos casos.
En muchos casos se trata de mujeres que han vivido situaciones de maltrato y violencia machista. Por tanto, en el caso de las mujeres, vivir en la calle supone una doble vulnerabilidad. Si es una situación traumática de por si, en el caso de una mujer todavía lo es más, porque pueden sufrir más situaciones de violencias, agresiones sexuales, violaciones… por eso, sacar a las mujeres de la calle es una prioridad de los diferentes recursos que trabajan en el sinhogarismo. En este sentido, durante los últimos años se han creado recursos y albergues específicos sólo para mujeres, como La Llavor, situado en el distrito de Horta-Guinardó y gestionado por Sant Joan de Déu, o Violeta, en Sarrià-Sant Gervasi. También se ha incorporado la perspectiva de género en el diseño de los albergues. Es un tema que se está trabajando y que preocupa mucho.
¿Qué es necesario para poner fin al sinhogarismo? ¿Deberían implicarse más las administraciones?
Siempre se habla de Finlandia como el país que ha logrado reducir más drásticamente el número de personas sin hogar. Debemos ir hacia aquí, pero no sólo conseguir que haya menos personas en la calle, sino cero. Y por eso se necesitan recursos estructurales. No estamos hablando de contratar a más profesionales sanitarios, educadores y trabajadores sociales, que también, sino crear recursos en el territorio, y diseñados teniendo en cuenta la diversidad de perfiles que existen, ya que hay mujeres sin hogar, personas jóvenes, personas migrantes o refugiadas, personas con trastorno mental y consumo de tóxicos… y las necesidades son distintas. Se debe apostar por el modelo Housing First. Lo primero es garantizar un hogar, para poder empezar a trabajar otros aspectos. Garantizar un hogar, no sólo un techo, sino un lugar donde vivir de forma autónoma, que sea su casa, con sus propias reglas. Y para eso son necesarios recursos y voluntad política.

