Son muchas las decisiones que ha adoptado el Consejo Europeo durante los últimos días. En materia económica, tecnológica, industrial, política y también militar. Durante mucho tiempo se ha pensado que la complejidad de los procesos de toma de decisiones en el marco europeo hacía imposible reaccionar con la adecuada celeridad para dar respuestas a acontecimientos sobrevenidos. Ha hecho falta una guerra, potencialmente sistémica, para descubrir que esto no es exactamente así. Ha sido necesaria la irrupción de una amenaza real sobre la propia estructura de seguridad euroatlántica la que ha hecho reaccionar a los Estados Miembros y darse prisa a la hora de tomar decisiones sin fisuras.
En otras ocasiones no fue así. Recordemos las guerras de la Antigua Yugoslavia donde la inoperancia e inacción de la UE, la ONU, o EEUU, fueron cómplices de genocidios como el producido en Srebrenica. Entonces también se escucharon declaraciones del tipo “no podemos permitir estas escenas en Europa” como las pronunciadas en estos días por el ministro Albares y entonces podrían haber sido dichas por Solana.
En los años 90 del siglo pasado la Unión Europea comenzaba su camino como proyecto político avanzando en la integración de sus Estados Miembros. Las guerras de esos años le pillaron en un momento cuasi-fundacional recién aprobado el Tratado de Maastricht. Pasado un tiempo, tuvieron lugar otras guerras, Libia, Siria, Yemen, Chechenia, Palestina, también invasiones, Afganistán, Iraq, pero con ninguna de ellas se tomaron las decisiones tan rápido en el marco de la UE. Probablemente porque la percepción de peligro y de miedo sobre el territorio europeo era inexistente. Se trataba de conflictos que eran lejanos, entre gentes también lejanas. O incluso, eran invasiones realizadas con el objetivo fundamental de protegernos y estaban realizadas por nuestros aliados naturales.
Sea como fuere, ahora es distinto. Ahora el proceso de integración europeo, no sin dificultad, está mucho más avanzado que entonces. Siempre se ha dicho que Europa se construye a través de sus crisis, o al menos así ha sido hasta hace unos años cuando el número de crisis ha sido numérica y cualitativamente de unas dimensiones que aún estamos digiriendo. Gran Recesión, Brexit, pandemia. Si de la primera la UE salió más dividida, con las otras dos se avanzó hacia más unidad e integración, al menos en apariencia. Eso sí, las crisis de las democracias no conseguían resolverse y algunos Estados de Derecho se quebraron o eran cuestionados. En el ámbito exterior se pensaba en una autonomía estratégica y en una Europa más geopolítica que hablase el lenguaje del poder. Y entonces Rusia invadió Ucrania.
Obviamente, esto no sucedió de un día para el otro. Durante años la UE había ignorado y subestimado de manera explícita a su vecina oriental. Además, había ido construyendo su arquitectura de seguridad sobre la base de una férrea alianza con la OTAN y con la ampliación de esta hacia el Este. Muchos (Kennan, Kissinger…) avisaron de que eso no era una gran idea, y que las consecuencias se harían sentir en el medio o largo plazo.
Estos días se escucha decir al ex ministro de Asuntos Exteriores y ex secretario general de la OTAN, Javier Solana, que aquello de la expansión al Este no había sido una buena idea. Rusia reaccionó ante aquello de manera violenta con las guerras en Georgia en 2008 y en Ucrania en 2014. Hicieron que Moscú controlara Abjasia y Osetia, anexionara Crimea y tuviera el control del Donbás. La finalidad de estas escaramuzas era impedir que estos países se unieran a las estructuras atlánticas, así de sencillo. Sin embargo, poca gente, quizás con la excepción de los apóstoles de la nueva guerra fría, imaginó que pudiera atreverse a lanzar una ofensiva militar contra el territorio de un Estado soberano con la intención de controlarlo en su totalidad.
Esta invasión, por tanto, no es cualquier guerra. Es una guerra que tiene muchas implicaciones más allá de las fronteras ucranianas. Esta guerra es vista desde la UE como una amenaza existencial a los valores sobre los que se ha articulado el proceso de integración europeo. De ahí la rapidez en tomar decisiones. Algunas nunca pensamos que finalmente, tras más de veinte años de vigencia, se activara la Directiva de Protección Temporal 2001/55/CE, sin duda esto es una buena noticia. También hemos podido ver cómo se aprobaban las sanciones más duras que se han impuesto contra un Estado en la historia en ámbitos que incluyen desde las finanzas hasta la comunicación.
Y junto a ellas también la aprobación de un hecho sin precedentes en la historia europea que es la de aprobar un fondo específico con el fin de poder enviar armas ofensivas. Estos tres ejes conforman una estrategia de acción que pretende ahogar la economía rusa y aislar al país, armar a la resistencia ucraniana para que pueda efectivamente aguantar el ataque ruso, y dar una salida rápida a los millones de personas que escapan del conflicto.
Dicen algunos/as que de aquí saldrá una UE más unida y mejor. No entraré a cuestionar tal afirmación, pero todo depende de lo que se entienda por unida y mejor. Si por unida se entiende que se adoptarán decisiones de manera consensuada y unánime con la intención de mejorar la vida de los ciudadanos, no lo creo. Si por mejor se entiende que saldrá una Europa con las ideas claras sobre su papel en el mundo tampoco, ya que adopta unas medidas imprescindibles y necesarias sí, pero reactivas. Unas medidas que tienen unas implicaciones a futuro que no se han explicado bien a la ciudadanía y que carecen de un pensamiento estratégico detrás. Pero probablemente a lo que se refieran sea que de esta guerra tendremos una UE que habrá incrementado el gasto en defensa, reducido el gasto social y que hablará de manera conjunta el lenguaje del poder más militarizada, otanizada y dependiente de EEUU. Pero ¿es esa la Europa que queremos construir?

