El letrero de la programación de marzo resulta perturbador. Hoy, 4 de marzo, debería representarse la obra La reina de la belleza; mañana, La Encrucijada. Las lonas permanecen en la calle peatonal del edificio histórico que acoge el Teatro Les Kurbás, en pleno centro de Lviv. Solo en el siglo XX, esta bellísima ciudad fue capital de Ucrania, anexionada por Polonia, ocupada por los nazis, y recuperada por el país que ahora se vacía de sus mujeres y niños por un éxodo masivo. Situada a 70 kilómetros de la frontera polaca de Mekyda, por donde está saliendo una parte importante de las familias refugiadas, su población se ha volcado en la acogida de los desplazados mientras se prepara para la guerra.
Nada más cruzar la puerta acristalada de arcos apuntados, los carritos de bebé se acumulan bajo las bolsas de plástico con ropa, las mochilas, los abrigos. Maxim Denyson, sentado tras una minúscula mesa, saluda con los ojos enrojecidos, el cuerpo encorvado. Apenas supera los 25 años, intenta seguir trabajando desde su ordenador como agente de viajes, pero lo único que espera ya es que las Fuerzas de Defensa Territorial le llamen para defender a la población en los territorios ocupados por Rusia en el sur de Ucrania. Allí viven y allí se han quedado atrapados su padre y su madre, en la ciudad de Kherson. “Vamos a tener que esperar porque todos queremos ayudar, pero nuestro Ejército necesita gente con experiencia y yo no la tengo”, explica junto a Alexander Yemchenko, otro veinteañero que trabajaba como cámara para canales de Youtube hasta que, hace dos días, los bombardeos en Kyiv le decidieron a acompañar a su novia y a su gata en un tren hasta Lviv, desde donde ya han partido hacia Alemania. Él espera ser llamado a filas. Los hombres entre 18 y 60 años tienen prohibido abandonar el país. Mientras, ambos son voluntarios en esta sala que la guerra ha convertido en un refugio para las mujeres con hijos e hijas que no tienen nada ni a nadie en Lviv.

El anfiteatro, reabierto en 1988 por una conocida compañía de teatro experimental, se ha convertido en sí mismo en una escenografía de la peor de las tragedias griegas: la mismísima guerra. Falta el oxígeno: pareciera que lo hubieran absorbido todo esas madres de rictus compungidos en su intento por no desmoronarse ante sus criaturas. En el escenario, seis colchones en el suelo rodeados de juguetes. En el patio de butacas, varias meses con hervidores de agua, pasta, azúcar, galletas. Alrededor, unos quince camastros. Una mujer sostiene su cabeza sobre el brazo acodado mientras su niña se refugia en la pantalla del móvil. Una anciana envuelta en un edredón reza leyendo en voz alta la biblia. A su lado, varias mujeres ven vídeos de los bombardeos y otra pasa la aspiradora. Cuando suenan las alarmas antiáereas, bajan al sótano, donde el atrezzo de distintas obras se amontonan sobre las paredes. “Esa momia egipcia nos protege del Ejército ruso”, bromea Alexander, aunque no ríe. Aquí nadie ríe, apenas algunas personas hablan entre sí y todas evitan cruzar las miradas, creando así muros imaginarios de intimidad a cada una de las familias que comparten lecho y de las que apenas les separa medio metro.
“Sabemos que la comunidad internacional se ha implicado con las sanciones, pero lo único que puede frenar este derramamiento de sangre es que declaren una zona de exclusión aérea. Y sabemos que no lo va a hacer”, sostiene Maxim. Helen Tkachenko, trabajadora del Palacio Potocki, una de las galerías de arte más importantes de la ciudad, y quien acompaña a esta periodista como traductora voluntaria, añade que “la OTAN no lo hará porque supondría la III Guerra Mundial, una guerra continental. Pero lo que debería entender Europa y el resto del mundo es que el régimen ruso no es un problema solo para Ucrania y que la toma de la central nuclear Zaporiyia es parte de su estrategia de tomar el control de todas las demás. Así ya podrá exigir lo que quiera a todos los países a cambio de no explosionarlas”.

Aquí, en este teatro en el que se respira un ambiente de búnker, nadie confía ya en que se pueda frenar la guerra, es demasiado el coste que han pagado ya sus víctimas. Hace apenas dos días que Svetlana Satsenko ha visto cómo explosionaba el edificio de en frente de su casa, cómo saltaban por los aires los cristales de sus ventanas, cómo sus dos niños entraban en pánico cuando los agarró de la mano en busca de un lugar seguro de las bombas. Esta especialista en maquillaje y vestuario de películas –”sobre todo comedias, me gusta llevar alegría a los hogares”, especifica– residía hasta hace tres días en Irpin, una de las primeras ciudades de la región de Kyiv atacada por la aviación rusa. “Es extraño, cuando veníamos ayer en el tren todo el mundo reía, bromeaba, por el alivio de sentir que conseguíamos escapar. Pero ahora no puedo parar de llorar. Lo siento”, se disculpa, sentada en el colchón del suelo mientras busca con la mirada a sus hijos entre los palcos.

Le escuchan compungidos Alexander y Helen. Las lágrimas de Svetlana no son habituales entre las personas desplazadas de Ucrania. Culturalmente, la sobriedad se interpreta como garante de la dignidad y del amor propio. Mostrar emociones como tristeza o abatimiento se vive como una victoria del enemigo y, según todas las personas entrevistadas, el pueblo ucraniano nunca ha estado tan unido contra Rusia ni tan aliado con su presidente Volodymyr Zelensky.

Una de las protagonistas de La guerra no tiene rostro de mujer, el inmenso libro de Svetlana Alexiévich sobre las mujeres soviéticas que combatieron en la II Guerra Mundial, le dice: “Terminada una, nos tocó otra guerra. Igual de terrible”. En manos de esa comunidad internacional que se muestra tan preocupada está que no vuelva a ser así.

