Algunos diplomáticos y periodistas que hemos trabajado en la Unión Soviética y en Rusia coincidimos en lamentar todas las ocasiones que hemos visto perderse a la hora de integrar a Rusia en la esfera occidental, y establecer una cooperación que hiciera imposibles confrontaciones como la actual. A pesar de que han transcurrido treinta años desde la desintegración de la URSS, siguen la mentalidad y políticas de guerra fría. Europa y Estados Unidos, que barajan la idea de integrar a Ucrania en el bloque de la OTAN, optan ahora por abonar la vía militar en el país. Envían más armas y se niegan a negociar con Rusia lo que la ha llevado hasta aquí: conseguir un estatus para Ucrania, que no signifique un peligro por su seguridad.
Está claro que el presidente ruso, el enloquecido Vladímir Putin, es el agresor. Ahora bien, Occidente se niega a aceptar la idea de que integrar Ucrania dentro de la OTAN sería tan agresivo para Rusia, como poner armas nucleares rusas en el llamado patio trasero de Estados Unidos.
A menudo se olvida que, desde el siglo pasado, los norteamericanos han impuesto sus intereses de seguridad a países vecinos como los de Centro América o Cuba, hasta el punto de impedir procesos políticos propios, lo que les ha hundido en el conflicto y la miseria política, social y moral. Un ejemplo es El Salvador, donde resulta angustioso ver lo que Estados Unidos ha provocado apelando a su seguridad.
Si no se quiere que Rusia haga lo mismo en Ucrania, es necesario ser conscientes de que Europa y Estados Unidos han ignorado durante años los clamores del presidente ruso, Vladímir Putin. Por activa y por pasiva les ha dejado claro que Rusia no aceptaría ni tropas estadounidenses, ni armas nucleares en sus fronteras. Ante la incapacidad occidental de ver el mundo de otra forma, el dictador ha optado por resolver el tema por la fuerza: una guerra total en Ucrania que viola todas las normas internacionales.
Resulta difícil mantener la cabeza fría cuando vemos el terrible sufrimiento humano y la desolación que las bombas rusas están provocando en tierra ucraniana. Sin embargo, Europa debería promover la negociación, y detener los intentos de enviar más armas. Por muy comprensible que pueda resultar a nivel emocional, rearmar a los ucranianos, como hacen gobiernos como el de España, es poner más leña en el fuego del dolor y de la muerte.
Según distintos expertos militares, Ucrania pierde la guerra. Por tanto, estas armas solamente harán alargar un poco más el conflicto y provocar inútilmente más víctimas. Esto significa que es fundamental que Rusia y Ucrania negocien un alto al fuego lo antes posible. Pero es necesario que, inmediatamente después, se inicien unas conversaciones sobre el futuro de Ucrania en las que participen todas las partes implicadas en la seguridad de Europa.
Los dirigentes de la UE son los más interesados en negociar un rápido final de la guerra porque son muchos los intereses económicos en juego y muchos los lazos culturales entre Rusia, Ucrania y los países europeos, empezando por España. Para evitar un desastre aún peor del que estamos viviendo, es necesario que los dirigentes occidentales, al negociar su seguridad, reconozcan la necesidad de seguridad de Rusia. Es necesario diseñar un nuevo orden mundial.
Por otra parte, la paz tiene en contra el complejo militar industrial que presiona por todos los medios posibles, a políticos y periodistas de todos los países. Su negocio es demasiado lucrativo y necesita que siempre haya inseguridad y guerra. Por eso, los periodistas también tenemos ahora la obligación de recordar al mundo que estamos sentados sobre un polvorín en el que hay miles de armas nucleares. Cualquier accidente o nuevos errores políticos pueden ser fatales para todos.
Una salida a la guerra que satisfaga a todas las partes es más difícil que nunca, ahora que las tropas rusas ocupan una parte de Ucrania; ahora que se ha derramado tanta sangre, y hay más de un millón de refugiados en Europa y se acumulan tantos daños materiales. Pero si un conflicto se cierra en falso, es una amenaza por la paz en el futuro. Tenemos la experiencia de la humillación alemana después de la I Guerra Mundial.
El diálogo por la paz no es un camino fácil. Sin embargo, vale la pena intentarlo. Los que hemos cubierto o padecido alguna vez un conflicto sabemos que el sufrimiento no termina cuando acaba la guerra. Los edificios y las pérdidas materiales se rehacen mucho más deprisa que las heridas morales de la población, que se mantienen durante generaciones. Basta con preguntarlo a nuestras madres, abuelas o bisabuelas que vivieron la guerra de 1936-39.

