“Llegan con lo que llevan puesto, en un éxodo de largas jornadas, a veces oyendo caer bombas”, explica la familia en conversación telefónica con Efe, cuando han iniciado el viaje de vuelta a España. Casi siempre son mujeres con niños pequeños, prácticamente no han visto adolescentes, chicos que todavía no tendrían la mayoría de edad que les obliga a permanecer en Ucrania.
La semana pasada, Bernat Bernabeu e Ingrid Espinach decidieron dejar de seguir los acontecimientos de la guerra desde el sofá de casa y convertirse en agentes activos de ayuda humanitaria: llenaron una furgoneta prestada y otra alquilada de productos de primera necesidad y se lanzaron a la carretera.
Acompañados por su hijo mayor (Bernat júnior) y un amigo de este (Ron), los Bernabeu llegaron a última hora de la tarde del sábado 5 de marzo a Medyka, después de pasarse casi los últimos 200 kilómetros atrapados en una larga caravana de vehículos de voluntarios como ellos, procedentes de todas partes de Europa.
“No tenemos amigos en Ucrania ni nadie nos había pedido ayuda antes de salir, pero por el camino de Manresa a Medyka hemos ido recibiendo mensajes de gente que se había enterado de nuestro viaje y que sí que conocían a ucranianos que buscaban transporte para salir de allí”, ha explicado Bernat a Efe. Bernat es un gran deportista (culminó el pasado octubre el reto personal de subir y bajar corriendo 500 veces el monte Collbaix, próximo a Manresa) y una persona apasionada. No se lo pensó dos veces, “tenía que hacer algo para ayudar”, explica.

El sábado por la noche consiguieron contactar con los primeros refugiados: Suitlana, y sus dos hijas, Nastia y Vikki, que querían viajar a Madrid, donde viven los padres de ella. Atrás, en un país que está siendo invadido por las tropas rusas, se queda su marido y padre, que no puede acompañarlas porque tiene menos de 60 años. Aquel día también recogieron a Kristina, una chica de 25 años casada que dejaba a su marido atrás, y la llevaron a Cracovia, a 400 km de Medyka, desde donde tomó un avión para volar hasta Gandia, donde vive su padre.
La primera furgoneta de la familia, conducida por Bernat júnior y Ron, partió el domingo hacia Manresa, adonde llegaron el lunes por la noche. Pasaron la noche en casa de Ron y al día siguiente (ayer) los cinco cogieron el AVE hasta Madrid, donde les esperaban los padres de Suitlana y abuelos de los dos niños.

“Nos fundimos en un abrazo, todos llorábamos”
El segundo vehículo, que conduce Bernat padre, salió de Polonia el lunes con Taitiana, que viajaba con su bebé Denis y sus hijas Eva y Arina, y con una hijastra, Caterina, y el bebé de esta, Mijail. Estas dos mujeres y sus hijos e hijas, con familia en Manresa, llegaron el domingo a Medyka en un tren procedente de Kiev, des del cual aseguran haber visto caer bombas durante buena parte del trayecto de dos días, y pasaron la noche en una tienda de campaña. En realidad, su periplo había empezado mucho antes, puesto que proceden de Dnipropetrovsk, una provincia situada al sudeste de Ucrania y considerada rusófila. De hecho, Caterina ha explicado que su marido es ruso y que se ha quedado a luchar junto a los ucranianos.
“Llegaron con lo que llevaban puesto. Sin maletas. Les compramos un poco de ropa, se pudieron asear y descansar, y salimos de Polonia”, ha explicado Ingrid, que asegura haber vivido uno de los momentos más conmovedores de su vida cuando se encontró con ellas en Medyka: “Nos fundimos en un abrazo en medio de una gran nevada. Todos llorábamos”.

Entre las peripecias que han vivido estos días, destacan las dificultades para encontrar alojamiento (casi imposible a menos de 200 kilómetros de Medyka) y los altos precios que se están pidiendo para dormir en hoteles. La primera noche llegaron a pagar 300 euros por una habitación de hotel, en la cual alojaron a la primera familia que acogieron, mientras ellos durmieron en una furgoneta porque no había más habitaciones.
Ninguna de las personas que han recogido hablan inglés, ni por supuesto español. Se comunican a través del traductor del móvil, con mímica y con buen humor. “Al final lo más importante es compartir la sonrisa”, concluye Bernat. A Ingrid y Bernat les ha sorprendido también no haber visto adolescentes entre los refugiados. “Solo ves mujeres y niños pequeños, y yo me preguntaba por qué no hay chavales de 14, 15 o 16 años”, a pesar de que no les afecta todavía por edad la orden de permanecer en el país para luchar.
“Ir sin saber a qué es una tontería”
A pesar de las largas horas de carretera, el frío, la nieve y las tristes escenas de despedidas que han presenciado, los Bernabeu aseguran que este no será su último viaje a Polonia. “Por desgracia, esta maldita guerra no se detiene, pero nosotros tampoco. Hemos decidido que subiremos las veces que haga falta y que iremos donde podamos ser más útiles”.
Y esto último lo subrayan: “Ir sin saber a quién vas a buscar es una tontería, yo ya he tenido que frenar a un par de amigos que querían subir a toda costa; si no estás dispuesto a quedarte los días que haga falta a esperar a las personas que has ido a buscar es mucho mejor que des el dinero que pensabas gastarte a Save the Children o a Cáritas, que están haciendo un trabajo impresionante en el terreno”, afirma Bernat. Tampoco hace falta comida ni ropa de abrigo, porque está llegando a toneladas y se está tirando, añade.

Todo el coste del viaje se lo han pagado los Bernabeu-Espinach de su bolsillo, desde el alquiler de la furgoneta hasta las sillitas de niño que han tenido que comprar, si bien a medida que su iniciativa se ha ido conociendo han ido recibiendo pequeñas donaciones de amigos y conocidos.
Si no hay ningún imprevisto, esta tarde los Bernabeu-Espinach regresan a Manresa, junto con Caterina, Mijail, Taitiana, Eva, Arina y Denis, después de haber recorrido media Europa y conducido 7.000 kilómetros en una semana.

