Feminización de la pobreza, un término que empezó a usarse en la década de los setenta del siglo pasado, se refiere a las barreras sociales, económicas, judiciales y culturales que generan que las mujeres y otras identidades feminizadas se encuentren más expuestas al empobrecimiento. Según el informe de ONU Mujeres “Hacer las promesas realidad: La igualdad de género en la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible”, a partir de datos estadísticos nacionales, se estima que por cada 100 hombres de los hogares más pobres, había 155,3 mujeres.
Hacer efectivo el derecho a la igualdad de género, es la mejor oportunidad que existe para afrontar algunos de los retos más urgentes de nuestra sociedad, como podría ser la problemática con la vivienda. La desigualdad salarial o la violencia machista, son factores que agravan la dificultad al acceso a una vivienda digna para las mujeres.
La pobreza y la exclusión residencial tienen rostro de mujer
No hay datos oficiales sobre esto, pero si diversos informes y estudios – de entidades sociales o académicas – como los realizados anualmente, por el Observatori DESC y Enginyeria Sense Fronteres, gracias a cientos de encuestas y entrevistas a las personas que se acercan a las asambleas de la PAH de Barcelona y de la APE – Alianza contra la Pobreza Energética. En ellos se confirma que las mujeres tienen ingresos más bajos, por lo que están más abocadas a la exclusión social y tienen un mayor riesgo de desahucio.
Existe una clara desprotección de las familias monomarentales. Analizando la composición de los hogares participantes de estos estudios, el 28% corresponden a familias monoparentales, de las cuales el 91% son mujeres con menores a su cargo. Este mismo perfil, es el más amplio a la hora de tomar la difícil decisión de acceder a una vivienda de forma precaria. Dato que a su vez nos sirve para romper el relato establecido sobre las ocupaciones. El 74% de las personas encuestadas que han tenido que ocupar, ante la falta de otra alternativa, son mujeres y el 26% hombres. Concretamente, el 38% son familias monomarentales, el 30% son parejas con hijos, un 11% viven solas y el 11% restantes se encuentran en otras casuísticas.
Existen estudios, que en sus encuestas para realizarlos, no hacen referencia a la situación de las personas en función de su renta individual -que sería donde podemos percibir las desigualdades de género- sino en función de su situación familiar. En cambio, La Cátedra de Inclusión Social de la Universitat Rovira i Virgili propone otro indicador para evaluar el riesgo de pobreza: la tasa de riesgo de pobreza bajo supuesto de autonomía. Se calcula en base a los ingresos individuales. En este caso, se obtiene una tasa de riesgo de pobreza del 25,7% en los hombres y de hasta el 49,7% en las mujeres.
Este dato destapa una realidad de desigualdad de género e incoherencias detectadas en datos públicos y oficiales. En términos de vulnerabilidad y de opresión femenina, la tasa de riesgo de pobreza en supuesto de autonomía nos revela la dependencia de la mujer del conjunto de ingresos del hogar para garantizar ciertas condiciones de vida. Hecho que puede tener como consecuencia la pervivencia de situaciones de violencia y abuso y la hace económicamente más vulnerable.
La dimensión económica de esta feminización de la exclusión residencial es particularmente visible en la evolución de la relación entre ingresos del hogar y costes relacionados con la vivienda. Desde la crisis de 2008, el esfuerzo de las mujeres para mantener su hogar ha sido superior al de los hombres. Por ello, la incidencia de los desahucios ha sido mayor entre aquellos encabezados por mujeres. Los hogares con mujeres solas o monomarentales,son más propensos a reducir los costes de su vivienda con bajos consumos de suministros básicos, con los riesgos para la salud que eso conlleva.
¿Cómo puede explicarse que el derecho de la mujer a la vivienda en España haya alcanzado semejantes cotas de vulneración a pesar de la extensa relación de tratados y convenciones internacionales que lo protegen y que son de aplicación en el territorio español? Es evidente que no existen medidas suficientes que corrijan la feminización de la exclusión residencial en España. Es más, probablemente los recortes de gasto público no han hecho más que socavar las débiles políticas de igualdad y de vivienda de nuestro país, y por extensión, ensanchar la brecha de género.
La lucha por la vivienda es feminista
Amaia Pérez Orozco, doctora en economía y activista en movimientos sociales y feministas, afirma: “La crisis de los cuidados es un problema socioeconómico de primer orden, que afecta el conjunto de la población y que solo se puede percibir en toda su magnitud si dejamos de centrar la visión en los mercados. La pregunta es cómo se está reorganizando la satisfacción de la necesidad de cuidados en el marco de un sistema que no prioriza las necesidades de las personas sino las de los mercados.“
Cuando se habla de la “crisis de cuidados”, vemos que tiene su origen en pilares que todavía soportan la desigualdad de género y su influencia en factores como el acceso a la vivienda y a los suministros básicos. Al hablar de cuidados estamos haciendo referencia a la sostenibilidad de la vida con todo aquello que implica: satisfacción de las demandas diarias de alimentación, techo, seguridad, asistencia en caso de enfermedad o dependencia y reproducción para asegurar la perpetuidad de la vida. Estos cuidados son indispensables para el funcionamiento del sistema económico, social y político en el que vivimos.
En este sentido, desde el movimiento por el derecho a la vivienda, siempre se ha reivindicado el papel central y protagonista de las mujeres en esta lucha. Así como el carácter profundamente feminista que conlleva la defensa de nuestros hogares, por encima del capitalismo feroz, de las burbujas inmobiliarias, de las leyes que por omisión o acción permiten la expropiación de nuestras vidas mediante los desahucios de nuestras casas.
Es visible para todas, que el movimiento por el derecho a la vivienda, desde la PAH a los colectivos de barrio pasando por los sindicatos, tiene en sus filas una mayor presencia femenina. Para profundizar en esto, planteé varias preguntas (gracias Sandra) a algunas compañeras de la PAH intentando cubrir la totalidad territorial catalana.
¿Qué os parece la feminización de la lucha por la vivienda y por qué crees que los hombres no se acercan tanto?
A esta pregunta, cada una con sus matices, coinciden todas. A Noemí (La Noguera/Lleida): le parece totalmente lógica la feminización del movimiento por el Derecho a la vivienda ya que “seguimos arrastrando el hándicap de que el hombre era el que trabajaba fuera de casa y la mujer se quedaba para cuidar de los hijos y la casa’”. Para Emma (Blanes/Girona), que en las asambleas un alto porcentaje de personas afectadas en busca de ayuda sean mujeres, más allá “del rol patriarcal que nos envuelve a todas”, en el caso de la posible pérdida de la vivienda, “el hombre siente que ha fracasado en su papel. Por tanto es la mujer la que toma el mando.”
Claudia (Campredó/Tarragona), coincide en el rol masculino y afirma que “son las mujeres las impulsoras y muchas veces las más fuertes, quebrando la famosa barrera de la inseguridad y vergüenza cuando se entra en una situación de vulnerabilidad”. Ana (Mollet/Barcelona), reafirma que para los hombres “es más traumático gestionar la sensación de fracaso, ya que les han enseñado que a su familia no les puede faltar de nada. A las mujeres, en cambio, nos han enseñado que debemos cuidar del hogar y eso pasa por defenderlo para no perderlo.”
Noemi, recuerda que en un por el mismo trabajo, mucho menos que un hombre ( 28,6% en 2021)”, pero eso no les impide enfrentarse y afrontar la pura realidad para superarla. Nuria (Santa Perpetua/Barcelona), enlaza este afrontar la realidad con el “importante papel de ser madres, dificultado por tener menos oportunidades económicas y laborales”. Para Lourdes (Sant Fost/Barcelona), todas estas situaciones llevan a “tensionar nuestras vidas como mujeres”.
¿Cómo ves las luchas invisibilizadas?, relacionadas con los cuidados, la situación con el cuidado infantil o la salud mental
Según Emma, “a lo largo de la historia a la mujer se le ha socializado para ser cuidadora dentro del ámbito familiar, ya que se le ha relacionado con la maternidad y con los valores feministas de apoyo mutuo. Es muy fácil encontrarnos con mujeres luchando por su vivienda o la de otras personas, que además llevan adelante a los hijos o unos padres con una salud mental resentida. Incluso hoy día se sigue viendo normal que sea la mujer la que cargue con todo el peso del cuidado de la familia, se nos exige tener a los niños atendidos, la casa, las compras, el trabajo, y aun así, muchas mujeres cargan con eso y con el problema de la vivienda. Si un hombre lleva a cabo todas estas tareas es considerado un héroe”. Ana, complementa “siempre somos las mujeres las que normalmente asumimos el trabajo de los cuidados infantiles, de personas discapacitadas, de la gente mayor. Socialmente se relaciona con nosotras y se da por hecho, aunque aún tenemos que oír la pregunta ¿cómo lo haces?, cosa que no se le pregunta a un hombre”.
Claudia, afirma que “las mujeres son las que han tomado siempre ese rol, aunque cada vez se ven más hombres desempeñándolo y eso significa un cambio positivo en la materia”.
Noemi, lamenta que no se hable más de la importancia de los cuidados y pensando en los cuidados infantiles, comenta que “en los hogares de rentas medias o altas, las mujeres acceden fácilmente a tener una cuidadora o pueden permitirse pagar un jardín de infancia privado. Eso les permite poder formarse, dedicarse al autocuidado o acceder al mercado laboral. En el caso de mujeres de hogares vulnerables, no tienen esas opciones y eso conlleva mayor desigualdad. En tema de salud mental, también lo sufrimos mucho más las mujeres que los hombres y con la edad, el problema se acentúa”
Nuria, coincide al lamentar la invisibilización del cuidado infantil y la salud mental, “no son de interés”. Lo considera un gran problema a asumir ya que “la presión emocional encrudece y destroza a las familias”. Para Lourdes, todo está relacionado con “el instinto de protección, una carga emocional bestial que por supuesto afecta a nuestras mentes”.
¿Cómo ves los cuidados internos en la lucha y la carencia de referentes femeninos?
Emma, tiene claro que la lucha se basa en valores feministas. “El apoyo mutuo y los cuidados son valores relacionados con lo femenino”. Encuentra en los cuidados y el amor, el motivo para que los movimientos sociales “tengan la energía suficiente como para cambiar la sociedad”. Entiende como cuidados, “al conjunto de actividades que permiten que regeneremos el bienestar físico y emocional de las personas que es justo lo que se necesita, sobre todo cuando peligra tu hogar.” Es fundamental el saber que nos tenemos las unas a las otras, de ahí esa “necesidad de sentir los cuidados que nos proporcionamos cuando estamos juntas”. Unidas por un problema de tantas dimensiones como es la vivienda, los cuidados nos llevan a la complicidad, y de ahí a donde decidamos ir. Remarca cómo con la pandemia y el aislamiento que la ha acompañado “hemos podido constatar la necesidad de vernos, abrazarnos, sentirnos.”
“Los cuidados dentro del colectivo en lucha son muy necesarios”, afirma Lourdes, “la situación de angustia e incertidumbre se tiene que paliar con mucho respeto, cariño y comprensión. Cada caso parece igual pero es distinto, hay que ponerse en el lugar para sumar fuerzas.”
Para Noemi, es destacable cómo las mujeres “estamos consiguiendo construir espacios de participación basados en la empatía”. Considerándolo muy importante porque, “nos ayuda a un aprendizaje mutuo y a la colaboración entre nosotras”. Encuentra que queda un largo camino por recorrer, pero “sí pienso que cada vez somos más las que entendemos qué es una lucha justa, no queremos ser más, queremos ser igual.”. Al mismo tiempo que valora los cuidados internos para fortalecer la lucha y las personas, se lamenta de que históricamente “hay carencia de referentes y no porque no existan, sino porque las han hecho desaparecer de los libros de historia. Esto está cambiando en estos últimos años, aún así, nos hacen falta muchas más Claras Campoamor, claro ejemplo de que las mujeres no hemos empezado a hacer historia ahora.”
Más centrada en la lucha por la vivienda, Ana, sobre la falta de referentes, cree que “muchas veces somos nosotras mismas las que nos invisibilizamos asumiendo ciertos roles impuestos. Nos invisibilizamos al no ser conscientes de nuestro potencial”. Para Emma, “cada mujer que aparece en la asamblea, con su carga y con su lucha es referente”, aunque si hablamos de líderes “involuntarias o caras conocidas”, cree que el movimiento cuenta “con muchas compañeras que llevan a cabo la representación del movimiento con fuerza, energía con capacidad de representarnos mostrando al mundo los valores de los que nos hemos dotado y el mensaje que queremos lanzar.”
Sin duda alguna el movimiento por la vivienda y su feminización, hereda el legado histórico de todas las mujeres que llevan luchando por un mundo mejor, más igualitario, desde hace más tiempo de lo que debería ser razonable. Desde todos los hogares, fábricas, comercios, mercados, escuelas, hospitales, piquetes, huelgas. Desde las asociaciones y asambleas vecinales de los barrios populares. Décadas después siguen siendo ellas las que tienen la fórmula para protegerse del capitalismo depredador y una crisis que parece no tener fin.
Sin la fuerza feminista no alcanzaremos nunca algo que no debería ser un negocio: el derecho a habitar este mundo y el derecho a transformarlo.

