“Para mí, el Piso Cero ha sido un trampolín para estar donde estoy ahora”, afirma Rafa Montserrat, que hace más de dos años que vive en un piso compartido. “Yo, el tiempo que estuve aquí, estuve bastante acogido. Después de tanto tiempo en la calle y en la montaña, cuando entré aquí me quedé flipado. A raíz de estar aquí, pude saltar a otro sitio, pero aquí supe tratar con la gente, supe comportarme”.
Dormir sin el temor de que te vengan agredir o a robar, es uno de los elementos que más valora Rafa. “En la calle me pegaron ocho puñaladas. Para robar una radio de nada, cuatro duros. Es que hasta las bambas y la manta te quitan. Es muy diferente irte a dormir con un ojo abierto y otro cerrado en la calle, a llegar aquí y decir ‘puedo dormir tranquilo, relajado, que no me va a pasar nada’”.

Ester Sánchez es la responsable del departamento de Apoyo a la Persona de Arrels y directora del Piso Cero, ubicado en el primer piso del número 84 de la calle del Carmen de Barcelona, del que destaca la doble vertiente de alojamiento y de sensibilización. “Yo creo que el éxito del Piso Cero está en la acogida. Evidentemente, garantiza un techo, que la noche sea segura, y permite un descanso mínimo, pero siempre ha habido una amabilidad, una flexibilidad. Es un proyecto pensado y diseñado para cubrir las necesidades de una persona que está en la calle y a la que a priori le cuesta salir de ella porque está en situación de exclusión social”.
Flexibilidad
El Piso Cero tiene diez plazas, que ocasionalmente han llegado a ampliarse hasta catorce en función de las necesidades. Abre a las 20 horas en horario de invierno y a las 21 horas en verano. A partir de ahí, la hora de entrada de las personas atendidas es flexible, si bien a menudo llegan unos minutos antes porque tras pasar toda la jornada a la intemperie, les apetece estirarse en su cama o cenar algo caliente. La única condición si vienen avanzada la noche es que sean cuidadosos y respeten el descanso de los demás. Cuando llegan, les atiende un trabajador, que procede del sector de la educación social, y una persona voluntaria, a excepción de la época más dura de la pandemia de la covid-19, en la que solo acudían los profesionales. A primera hora de la mañana, tras un zumo o un café con galletas, se despiden hasta la noche y a partir de las 8 horas llega el personal de limpieza.

El Piso Cero está abierto a los animales de compañía, para lo que la terraza supone un buen lugar. También allí se permite que pernocten personas que se sienten más cómodas en el exterior que entre cuatro paredes. Es el caso de Rafa Montserrat, que recuerda cómo preparaba su colchón, almohada y manta en un rincón, y cómo se le acercaba el educador con un caldo caliente y conversaban. “Soy una persona muy cerrada para explicar lo que siento, pero poco a poco me he ido abriendo con Fran, porque veo que es una persona que me tiene cariño, me apoya, que cuando me ve mal habla conmigo. Te ves arropado porque te escucha, se pone más o menos en tu situación, no te critica ni te acusa. Él te escucha, tú vas hablando y te vas soltando”.
Fran Álvarez, que trabaja en el Piso Cero desde que abrió sus puertas en enero de 2017, también recuerda esos momentos. “Rafa siempre quiso estar fuera. Le agobiaba estar con la gente. Este es un recurso para todas las personas de la calle, pero no hay una metodología en común de trabajo para todas. Ves cómo está cada persona y, dependiendo de las necesidades de esa persona, se le intenta facilitar su comodidad”. La clave para fortalecer estos lazos de confianza parece estar en “no prejuzgar y escuchar, y si te pide algún consejo o sugerencia, se lo das, desde la humildad, no desde la imposición”.

Otra de las características del Piso Cero es que no se prohíbe el alcohol. Los usuarios que traen bebidas alcohólicas, deben entregárselas al trabajador, y es este quien les permite tomar un vaso de vino o una cerveza mientras cenan, o si despiertan inquietos durante la noche. Fran ha percibido una evolución positiva en cuanto a la reducción del consumo de alcohol, teniendo en cuenta que un gran número de las personas sin hogar son dependientes. “El hecho de no decirles ‘no bebas alcohol’, sino de decirles ‘yo te lo doy’, hace que, progresivamente, a medida que pasan las semanas, vayan reduciendo el consumo de alcohol, y hemos llegado a un punto en el que, hoy en día, no hay ningún usuario que consuma durante la noche”.
“Cuando llega un usuario nuevo al piso, ve esa tranquilidad y se adapta. Los que acaban de llegar vienen con el horario cambiado, porque están acostumbrados a dormir durante el día porque es más seguro, pero cuando vienen aquí ya no tienen que pasar la noche en vela, no tienen que mantenerse despiertos, descansan de verdad y van habituándose al horario. Y lo hacemos sin presiones, son los propios usuarios los que por voluntad propia deciden ir bajando el consumo, ya no lo necesitan para mantenerse calientes en la noche, como dicen ellos, porque aquí ya no pasan frío y ya tienen un sitio en el que no les va a pasar nada”, ejemplifica el educador.
Prohibir el consumo de alcohol podría ocasionar una crisis de abstinencia, que incluye desde la sensación de nerviosismo e irritabilidad, hasta temblores o náuseas, e incluso la muerte. Ester Sánchez remarca que uno de los aprendizajes de estos cinco años ha sido cómo trabajar la “reducción de daños”. “Si la persona necesita consumir alcohol, aquí se le va a permitir porque lo necesita, pero el Piso Cero no es un espacio de fiesta, es un espacio de descanso, de seguridad y de estar alojado en el que se permite un consumo moderado”.
José Manuel Sancho Amarilla, que actualmente duerme en este recurso, coincide con el argumento del educador y de la directora. “Quitarse de golpe del alcohol es imposible. Reducirlo, sí se puede. En la calle te juntas con mucha gente, la gente bebe y tú acabas bebiendo. No se sabe si es el alcohol el que te lleva a la calle o la calle la que te lleva al alcohol. Cuando ya llevas muchos años, no puedes quitarlo de golpe porque te puedes poner muy malo”.

Sancho ha visto a otros compañeros enfadarse y discutir, y se toma con filosofía que haya personas que ronquen. “Eso es inevitable, qué se le va a hacer. Yo me tapo con la manta hasta la cabeza, y ya está. Puede ser que una persona venga rayada un día y la líe un poco, pero es un día. Si siempre es la misma persona, pues acabas un poquito harto, pero yo me pongo YouTube y sigo con mis cosas. Ahora mismo, no hay ningún problema en el Piso Cero”.
La norma es no faltar al respeto
Si bien la tónica general es la de la tranquilidad, en cinco años ha habido noches menos serenas. En este recurso denominado de baja exigencia, la norma es no faltar al respeto. Si esto ocurre, o si hay alguna discusión subida de tono, el profesional intenta calmar los ánimos, pero si la polémica continúa, el usuario debe abandonar el piso por esa noche. “Se intenta hacer de la mejor manera posible para no afectar al resto”, explica Fran Álvarez. “A veces es muy difícil, en una noche de invierno y lluvia, tener que decirle a la persona que se tiene que ir fuera, y a veces lo hemos tenido que hacer, para que el resto de las personas puedan descansar. Intentamos decirle: ‘hoy te tienes que ir, pero ven mañana’, y al día siguiente se le recibe con los brazos abiertos, como si no hubiera pasado nada”.

Fran destaca que, tanto él como sus compañeros, intentan prevenir que haya situaciones de conflicto. “Estamos con cuatro ojos. Estás atento para evitar que dos personas discutan. Coges a una de ellas, desvías la atención, hablas de otra cosa, luego hablas con la otra, y suavizas la situación”.
El voluntariado, el alma del proyecto
Las voluntarias, en su mayoría mujeres, son el “alma” del proyecto, tal y como señala la directora. “El voluntariado es una presencia muy significativa. Si no está, como ocurrió en la época dura de la pandemia, se evidencia mucho su ausencia. De alguna manera, hace más mágico el proyecto. La presencia de alguien que está ahí por querer acompañar y escuchar vuelve más carismático al Piso Cero”.
Las personas voluntarias suelen ir dos noches al mes y tienen una habitación en la que dormir. Berta Baixeras es una de las más veteranas. Enfermera jubilada, asegura que a lo largo de los años ha vivido distintos pisos cero. “El Piso Cero tiene etapas, depende mucho de las personas que están y de cómo van cambiando. Ahora estamos en un buen momento, y en otras etapas ha habido otros momentos, por la situación de una persona, o de dos. Cada uno somos de una manera y nuestro alrededor se ve afectado por eso”.

Acercarse, hablar y sobre todo escuchar es lo que más hacen las voluntarias, siempre respetando los tiempos de la persona atendida, ya que mientras un día puede mantener largas conversaciones, otro puede no querer relacionarse con nadie. “Yo creo que tú has de percibir lo que aquella persona no te puede expresar. Eso se hace observando, hablando poco, mirando mucho. Tú escuchas y mientras tanto te vas haciendo cargo de una situación, que no es concretamente lo que te está diciendo, sino lo que aquello significa para esa persona, y a lo mejor una palabra te da la clave de lo que siente, no en ese momento, sino en su vida”. Berta, como el resto del equipo, cree que el proyecto debería ampliarse a otras entidades e instituciones: “Yo no entiendo por qué no hay más pisos cero”.
La voluntaria está convencida de que uno de los aprendizajes que aporta alojarse en el Piso Cero es la convivencia. “Un día tienes que tolerar un poquito a tu vecino y otro día tu vecino te tolera a ti. Tienes que comprender que quizás tiene un mal día, y que también puedes cuidar al otro, porque aquí las personas también se cuidan entre ellas. Hay que tener en cuenta que, a pesar de todas las bondades del Piso Cero, las personas siguen sufriendo”.

El voluntariado también va creando cierto vínculo y relación de afecto con las personas atendidas. “Yo, como voluntaria, me siento superquerida y supercuidada. Es como si viniera una visita a tu casa, saludas y tienes un poco de conversación con aquella persona que te conoce. Yo vengo contentísima”.
Seguimiento continuo
A este recurso nocturno acuden personas sin hogar que ya están vinculadas con Arrels y a las que se les hace un seguimiento. Por un lado, el equipo de calle y el del centro abierto valoran qué solución habitacional se les puede ofrecer debido a su situación de vulnerabilidad por vivir en la calle y pueden recomendar su acceso al Piso Cero. Por otro lado, acoge a personas que están a la espera de obtener una plaza en una vivienda o en otro espacio estable para evitar que, mientras tanto, duerman a la intemperie. En ocasiones, vienen usuarios que habitualmente ya residen en una vivienda pero que, debido a su comportamiento, se les pide las llaves de su casa y se les invita a reflexionar durante unos días al Piso Cero.

En este último caso, Ester Sánchez insiste en que no se trata de un castigo sino de un toque de atención. Residir en una vivienda de la entidad, bajo el modelo de Housing First (la casa primero) implica hacer una aportación económica, tener una convivencia vecinal correcta y permitir que Arrels haga un seguimiento social. Si una de estas tres condiciones no se cumple, se les recuerda cuáles son los compromisos adquiridos. “Es importante que nadie vuelva a la calle. Venir aquí es también una oportunidad para entender que estás perdiendo unos días de estar en tu casa, y aquí también hay un equipo humano que te acompaña”.
“A mí me ha pasado”, admite Rafa. “La lié, metí la pata y vi que por una tontería estaba aquí, pero los educadores tenían toda la razón. Yo reaccioné bien porque vi lo que había hecho y aquí vi todo lo que perdía”. Rafa agradece la acogida de trabajadores y voluntarias. Es uno de los casos de éxito, no solo de este recurso sino del conjunto del acompañamiento por parte de Arrels. Su paso por la cárcel le sirvió para poner todo de su parte para salir de allí: “Mi escuela fue la prisión, allí abrí los ojos. Entré con la idea que me dijeron en Arrels: ‘Tú lo que tienes que hacer es estar lo menos posible en el patio’. Me apunté a todos los cursillos: de leer y escribir, de alcohólicos, de duelo… Los educadores vieron que yo reaccionaba con los programas, y me dieron la libertad condicional”.
“Una tirita a una realidad”
Ester Sánchez valora que el Piso Cero posibilite un proceso de transformación de las personas sin hogar, pero insiste en que no es una casa, sino “un recurso de alojamiento en el que sentirse seguro y, a partir de ahí, se puede construir”, teniendo en cuenta el trabajo en red con otros recursos y profesionales de la fundación. “Un piso es un punto de partida, porque sin alojamiento no podemos construir, pero el Piso Cero no es necesariamente la solución, es poner una tirita a una realidad”.
El Piso Cero no tiene un tiempo de estancia mínimo o máximo, sino que puede ir de días a años, según la evolución de cada persona. A partir de este centro, en la mayoría de los casos, han pasado a vivir a un piso individual o compartido, a habitaciones de alquiler, a la Llar Pere Barnés de Arrels o a alguno de los recursos de la Red de Atención a Personas Sin Hogar (XAPSLL, por sus siglas en catalán). Así ha ocurrido con el 81% de las 118 personas que se han alojado en el Piso Cero en estos cinco años, desde el 23 de enero de 2017. Solo de forma muy excepcional, alguna ha vuelto con su familia.
En el 19% de los casos, del Piso Cero han ido directamente al hospital por su delicado estado de salud o han vuelto a la calle, si bien posteriormente la gran mayoría de estas personas han accedido a una plaza residencial de Arrels o de alguna otra organización. El 31% ha estado en el Piso Cero dos o más veces, y el 14% de las personas que han pasado por este recurso son mujeres.

Un nuevo Piso Cero en Poblenou
Arrels prevé abrir otro Piso Cero a finales de año en el distrito del Poblenou, donde posee un edificio procedente de herencias intestadas (inmueble sin heredero que, en este caso, el Ayuntamiento subasta entre las entidades sociales). Bajo la filosofía de seguir creando espacios cercanos y no masificados para las personas sin hogar en situación de alta vulnerabilidad, el nuevo Piso Cero estará situado en los bajos del inmueble, en los que hay una terraza, y se habilitará una zona para hombres y otra para mujeres.
El resto del nuevo bloque estará destinado a viviendas formadas por habitación, baño y sala de estar individuales, y por espacios de cocina y lavadora compartidos. Según datos de Arrels del recuento nocturno de junio de 2021, en la ciudad de Barcelona hay un mínimo de 1064 personas durmiendo en la calle.

