Los nombres importan, sí. Porque el nombre de alguien es iniciar una historia única e irrepetible. El nombre nos conecta al cuerpo, a la mirada y al gesto. El nombre crea la imagen de una persona a la que no se puede ver. Es la primera herencia de los progenitores, el primer elemento tangible de la cultura en la que se acoge al bebé que, en esencia, es una nueva narración, una nueva oportunidad. Nuestro nombre es el nombre del rostro, es decir, de nuestra singularidad y vulnerabilidad. Sin nombre, somos un miembro más de la especie. Con nombre somos únicos. Con nombre tenemos cara, aunque no se nos vea.
El pasado domingo 6 de marzo quedé consternado cuando vi la muerte, prácticamente en directo, de población civil mientras intentaban huir de Irpin, a escasos 25 km al noroeste de Kiev, en Ucrania. Seguramente tendrá, también, la imagen en la retina: un camarógrafo está filmando desde dentro de lo que parece una estancia. En primer plano se ve personal civil militarizado atendiendo a algunas indicaciones y en el tercio superior de la imagen se ve cómo caminan rápido varias personas para acercarse al siguiente tramo de camino para escapar del terror de la guerra. Instantes después, este civil armado que parece participar de alguna forma de las labores de evacuación y que aparece en primer plano, advierte la llegada de un impacto.
Un impacto brutal de mortero (en principio se especuló que fuera un ataque aéreo) que segó la vida de algunas de las personas que caminaban en el fondo del cuadro de la imagen y, presumiblemente, también del civil armado.
Tras la explosión, varios periodistas salen de la estancia-refugio y toman imágenes y fotografías de lo que, en primera instancia, es una nube de polvo. Se aprecia en el vídeo cómo retiran al civil armado, arrastrándolo, y se ve como un grupo de personas, mezcla de periodistas, militares y otros (intuyo de las imágenes) corren hacia aquellas personas que aparecen en el vídeo, en el tercio superior del cuadro, que están tendidas en el suelo.
Hubo civiles muertos, y entre ellos una mujer y sus dos hijos, que perdieron la vida de una forma que nunca hubieran imaginado. Las imágenes de unos cuerpos sin vida sin cubrir fueron mostradas durante horas en la portada digital de The New York Times, pudiendo reconocer sus caras, menores incluidos. Al día siguiente la misma foto abrió la portada de la edición en papel. NYT justificó esta decisión para mostrar los efectos de este conflicto en toda la crudeza. Unas imágenes que tardó cinco minutos en tener colgadas en su web, tardó, después, tres días en publicarlas con sus nombres: lo hizo el miércoles 9 de marzo.
Encontré las primeras imágenes de este hecho en Twitter, cuando entré en mi TL y encontré una publicación del fotoperiodista Diego Herrera. Estas imágenes me conectaron a uno de mis primeros recuerdos de un conflicto armado y que, sin duda, fueron responsables de que quisiera dedicar, al menos en parte, mi carrera profesional a intentar comprender la condición humana en los lugares donde ésta siendo más comprometida.
Estos recuerdos me transportaron a un ataque sobre Sarajevo en julio de 1992: cuando encendí el TV volviendo de un baño en la piscina municipal del pueblo donde nací y viví hasta los 20 años, me encontré con una conexión en directo con Sarajevo, donde acababa de ocurrir un ataque de mortero sobre un mercado que dejaba muertos y heridos. De este hecho recuerdo, y podría reconocer todavía hoy su cara, un hombre con el antebrazo derecho amputado, sujetándolo con el brazo izquierdo. Tras él, un VWGolf con el maletero abierto en el que cargaban a una persona herida.
Entre ese recuerdo y lo que ocurrió en Irpin este sábado han pasado 30 años. Ya aquel lejano 1992 me pregunté quiénes serían estas personas. ¿Cuál era su nombre? ¿A qué dedicarían su vida? ¿Qué pensarían de la guerra que les tocaba vivir?
Este post lo escribo para reivindicar la importancia del nombre como he apuntado al principio. También del nombre de los muertos, de los asesinados. Hay que llamarlos por su nombre. Es necesario representar su pérdida desde el compromiso ético radical, no sólo desde el compromiso informativo, porque de otro modo Tatiana Perebeinis y sus pequeños Alise y Nikita sólo serían tres cuerpos tapados. Pero no lo son. Son Tatiana, Alise y Nikita, madre e hijos.
Tatiana, Alise y Nikita bajo una sábana que nos muestra su rostro sin verlo. Sin nombre son una noticia que, antes o después, dejará de captar nuestra atención. Con nombre son un compromiso ético para que su historia, su vida, no pase desapercibida. Lo brutal de las imágenes de este acto de terror no pueden quedar en el olvido, nos deben acompañar para posicionarnos radicalmente en contra de quién y de qué las permite. Saber que son Tatiana, Alise y Nikita lo hará inmortal.
Desde el domingo pensaba en escribir al respecto, y pensaba en quiénes debían de ser los muertos. En las noticias que leí todo el sábado y el domingo no supe encontrar esa información y no busqué más. Hoy, hace unos minutos, entrando en mi LinkedIN he encontrado una publicación destacada de algún contacto de mi red, y que era la imagen de Tatiana acompañando un mensaje de duelo de la empresa para la que trabajaba. Habían muerto en ese mismo ataque a Irpin. No di crédito cuando lo vi y me decidí a escribirlo.
Desconozco si hubo más muertes civiles o no en este ataque a Irpin el pasado domingo (he leído que hubo 3, 4 o incluso algún medio habla de 8).
En cualquier caso, hoy a tres de estas víctimas podemos desearles que descansen en paz por su nombre: Tatiana, Alise y Nikita, descansad en paz.
Buenas noches.


1 comentari
Me parece muy ilustrativo su artículo. Lo compartiré.
Lo que habría que preguntarse es porqué habiendo más de 21 conflictos armados en este momento en el mundo, los medios solo hablan del conflicto de Ucrania. Con Siria pasó lo mismo. Como dicen por ahí, habría que darle el premio Nobel de medicina a Putin al haber erradicado por completo la pandemia del coronavirus.
Creo que cada vez somos más los que nos estamos hartando que los medios de comunicación nos lleven a su terreno con su agenda Setting.
Lo dicho, enhorabuena por su articulo.