El secreto tiene algo de hechizo, incluso en su significado más ordinario. No se me ocurre nada más inquietante que el momento en que alguien te dice que sabe algo sin especificar qué es. Cuando te llega un aviso del estilo: “escucha, que me han contado lo que ocurrió, ya hablaremos”. De repente, alguien lo sabe, pero, ¿qué? Por suerte, todo el mundo esconde algo, y eso nos permite vivir sumergidos en un juego constante de sutilezas y de mensajes dichos sólo a medias, de ocultaciones y confesiones. De hecho, la fascinación hacia alguien siempre pasa por esta criba; es decir, por la incógnita continuada hecha de descubrimientos y suposiciones. La atracción está en lo que se esconde. El deseo pide una suerte de misterio presupuesto y que es necesario renovar en todo momento para mantener viva la pasión. Además, la gracia del rompecabezas es que va más allá de lo que se dice o se hace, pues es algo que permanece escondido incluso por uno mismo.
Por otra parte, transparencia es hoy sinónimo de buena gestión en el ámbito público y de honestidad en el privado. La propiedad física que permite ver a través de un objeto aglutina metafóricamente lo bueno y lo mejor de una sociedad civilizada. Sin un sustrato límpido, ¿cómo pasaría la luz de la razón? ¿Qué mejor manera hay de rehuir los fantasmas absolutistas, el oscurantismo religioso y la confidencialidad fascista? Afortunadamente, vivimos días en los que la transparencia es una máxima necesaria para cualquier acuerdo colectivo justo. Tenemos derecho a saber. Entonces, ¿por qué parece que, en un mundo donde se supone que la información debe ser de acceso libre, no dejan de aparecer narraciones aparentemente delirantes sobre el origen de los problemas que nos rodean? ¿Es por una incapacidad de absorber todo lo que nos llega? ¿O es más bien un impulso fruto de cierta nostalgia por la opacidad, por los ángulos muertos, por la posibilidad de un espacio desconocido?
Sin querer dar una respuesta a estas cuestiones, me gustaría pensar ahora en la confianza. Hoy parece que la noción de confianza haya cambiado. No puede existir confianza sabiéndolo todo de los demás; confiar en alguien siempre requiere de un espacio secreto. Ser depositario de este tipo de crédito afectivo es una responsabilidad, pues es necesario mostrar en todo momento que no hay motivos para recelar de la parte opaca que existe en toda relación social. Dar un voto de confianza es hacer una promesa con la esperanza de que lo desconocido del otro no será malicioso. Sin ese agujero inaccesible, tampoco podría existir uno de los sentimientos más exquisitos que somos capaces de ofrecer. En este sentido, las redes sociales son un ejemplo ilustrativo de la transformación de la confianza, pues la exposición indiscriminada y voluntaria de intimidad que ahí encontramos ha trastocado el toma y daca comunicativo en que se basa la fe en el otro. Cuestiones de este estilo hacen surgir voces como la del filósofo Byung-Chul Han, que mantiene que la sociedad de la transparencia lleva implícita una trampa: el peligro de hacer desaparecer el motivo negativo, esto es, la fuerza motriz que habita dentro de la incógnita que nos repite: “¿y si no…?”
En medio de un bombardeo infinito de información y de un imperativo ideológico basado en la máxima de “todo está a tu alcance”, no cuesta imaginar que haya alguien que añore lo invisible. Un deseo de cubrir la realidad con un velo, trazando un misterio, hecho de pistas que hay que reseguir y con las que dar sentido al paso de los días. Además, si el colmo del paranoico es que le persigan de verdad, también hay buenos motivos para desconfiar de la información que recibimos. Sería de una ingenuidad excesiva, en un país donde ha habido una corrupción política sistemática, no sospechar, aunque sea solo de vez en cuando, de aquellos que nos gobiernan.
En cualquier caso, la necesidad de opacidad es una asunción superflua: la propia multiplicación de información constante genera continuamente datos perdidos o descartados. Por otro lado, tampoco creo que sea oportuno caer en una especie de revisión teológica de los parentescos entre lo trascendente, o sea, la supuesta realidad oculta del Misterio, y las sutilezas místicas con las que librarnos de un mundo hecho de apariencias, como explica Josep Oton al suyo ensayo Misterio y transparencia. Nuestra experiencia cotidiana ya está repleta de desconocimientos. Ignorancias producidas, no tanto quizás por la incapacidad de dar respuestas causales de origen material a todos los acontecimientos vividos en el transcurso de los días, como por una forma de convivencia basada en el anonimato. ¿Abrazar la opacidad, pues? Quizás sí, pero no para abstraerse en el Misterio, más bien para quedarnos cautivados por la alteridad real, y hacerlo con la esperanza de renegociar la diferencia entre las personas tangibles que nos rodean y de las que vivimos sistemáticamente aislados.
El filósofo italiano Gianni Vattimo asegura que «vivir dentro de este mundo múltiple significa experimentar la libertad como una oscilación continua entre la pertenencia y el extrañamiento». La gran ventaja del proceso de globalización ha sido la diversificación de la vida cotidiana en todo el planeta. Que la pluralidad es enriquecedora es un mantra difícil de digerir. Sin embargo, sin caer en un cosmopolitismo ridículo, ya que el origen no es algo que se escoja a salto de mata, no hay nada más cautivador que la tentativa de ver a través de otros ojos. Y también de eso va el amor, entendido como la apuesta enredada y quizás irrealizable para reencontrarse con el mundo desde la diferencia. Y éste es un afán hecho de sutilezas y de confianzas mutuas, de apertura a lo imprevisto y de recuperar la atención, una virtud que parece secuestrada.

