La guerra de Putin sigue sin piedad. Bien, las guerras no tienen nunca piedad. Por ahora se circunscribe únicamente a Ucrania, pero nadie sabe que tiene a Putin en la cabeza, ya que el rencor que siente por Occidente le puede llevar a cometer cualquier locura. Aunque hasta este momento la OTAN no ha entrado de forma directa en el conflicto, porque no existen razones objetivas que avalen la aplicación del artículo 5 del tratado, sus tropas están reforzando las fronteras de sus países miembros con Rusia.
Similarmente, la Unión Europea, sin entrar directamente en el conflicto, está ayudando al gobierno de Ucrania con el envío de armamento y la acogida de millones de refugiados. La amenaza de una respuesta nuclear de Putin y las opiniones públicas propias de los países miembros de la Unión Europea y Estados Unidos frenan la posibilidad de entrar de manera directa en un conflicto militar, si bien esta vez sí que nos encontramos ante una emergencia humanitaria de dimensiones excepcionales en nuestras puertas.
Ahora mismo estoy siguiendo las informaciones sobre la guerra en Francia y España y, a pesar de las imágenes dramáticas que nos ofrecen los medios de comunicación desde hace semanas, en estos países las preocupaciones de la mayor parte de sus ciudadanos se centran en el aumento del precio de la gasolina y el encarecimiento de la electricidad, en el cierre de las empresas occidentales en Rusia y en otros aspectos menores que afectan esencialmente a sus bolsillos y niveles de vida. No he visto ni en París, ni en Barcelona, ni en Madrid, grandes movilizaciones en contra de la guerra. Solamente en Italia y Alemania, que son la excepción.
En España existe un amplio consenso, por parte de los partidos que defienden los valores de la democracia liberal y social, de condenar a Rusia y su ataque del todo injustificado en contra de Ucrania. Solo hay tres partidos que no se añaden al consenso: las CUP y dos partidos políticos españoles, Vox y Unidas Podemos, que coinciden —a pesar de sus evidentes diferencias ideológicas— en exculpar directamente a Rusia de la invasión y en no apoyar directo al pueblo ucraniano.
Sin embargo, lo que más me está sorprendiendo es la pasividad que veo en la sociedad civil de la mayoría de estos países, hasta el punto de que esta vez la respuesta de los gobiernos y de la Unión Europea se ha avanzado sobradamente a la respuesta social. Nos miramos boquiabiertos el inicio de una guerra de verdad a las puertas de casa, no reaccionamos ante la barbarie que Putin ha comenzado; algunos consideran —todavía— la legitimidad de Putin de defender a la población rusa de Ucrania o analizan los incumplimientos de los acuerdos posteriores a la caída de la Unión Soviética, y muchos europeos y americanos siguen sin responder con una movilización social a la altura de las circunstancias. Y sigue a día de hoy.
Hace más de veinte años, ante la guerra de los Balcanes y pese a la ambigua y diferencial respuesta de la Unión Europea, la sociedad civil de la mayoría de los países sí promovió una amplísima reacción social en contra. Recordemos también la movilización social en la segunda guerra de Irak, con cientos de miles de ciudadanos en las calles de todo el mundo.
Estos días me encuentro en el Colegio de España, en la Cité Universitaire International de París, en una estancia académica. Esta ciudad se construyó después de la I Guerra Mundial para hermanar a estudiantes de todo el mundo como respuesta a la primera gran barbarie que vivimos en los inicios del siglo XX. Dentro de un gran parque hay cuarenta residencias universitarias con más de cinco mil estudiantes de todo el mundo. Pues bien, cada día doy largos paseos por el campus y me cae el alma a los pies: todavía no he encontrado una mínima señal de la invasión rusa en Ucrania. Únicamente se acaba de anunciar una recaudación organizada por la Asociación Francia-Ucrania. Tampoco he visto —quizás estoy equivocado— ninguna manifestación de estudiantes en Barcelona o Madrid en contra del brutal ataque. Pese a las banderas de Ucrania frente al Ayuntamiento de París —como Barcelona y supongo que en Madrid también— no he visto ninguna gran manifestación en las calles. Creo poder afirmar que existe una gran pasividad cívica.
Las razones: ¿la fatiga y desmovilización como consecuencia de los dos años de pandemia? Quizás sí que esta es, sin duda, una razón, pero no es la principal. Considero que el motivo principal es el miedo: esta es una guerra de verdad, muy cerca de casa, y es mejor no pensar demasiado, deben decir muchos. Si no, no puedo entender nuestra pasividad más allá de la acogida de refugiados. Una guerra de verdad que rompe más de setenta años de paz en el continente europeo, si hacemos la excepción de los Balcanes (un conflicto, por otra parte, que quedaba circunscrito en su territorio y donde la amenaza nuclear no entró nunca en agenda).
Debilitados por la pandemia y con miedo en el cuerpo, una gran mayoría de los ciudadanos hemos dado la espalda a Ucrania. Este no es el camino. Opino que es necesaria una amplísima movilización de la sociedad civil para decir no a la guerra y no a Putin y en favor del pueblo ucraniano. Si no, hasta cierto punto, nuestros silencios y nuestros miedos serán cómplices de la barbarie que estamos viviendo.

