Hoy, con la guerra de Ucrania, sabemos algo más sobre la capacidad disuasiva de las armas de destrucción masiva. Hagamos un poco de historia. En el año 1945, todo el mundo constató, por primera vez, el poder destructor de las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, capaces de aniquilar una ciudad mediana. Contemplamos aterrados las fotos en blanco y negro del trazado de las calles sin edificios. Una solitaria torre descuartizada aquí, una cúpula calcinada allá. En los muros, permanecían impresas las sombras de seres humanos, literalmente esfumados, fundidos, evaporados. Japón se rindió. La URSS se sumó a la fiesta macabra. Emergieron dos grandes potencias militares incontestables. Y se inició una nueva época. La guerra fría.
Empezaron las pruebas, con explosiones cada vez devastadoras. Era la carrera de armamentos. Primero, en la superficie terrestre, bajo el mar y en la atmósfera. Los EEUU y la URSS las perpetraron a centenares. Hasta que se dieron cuenta de que aquello aumentaba significativamente el riesgo de contaminación radiactiva en todo el Planeta. Los archivos de fotografías, también en blanco y negro, recuerdan esta etapa insensata: desde los impresionantes hongos nucleares en el atolón de Bikini, observados a distancia poco prudente por marineros norteamericanos sin ninguna protección, hasta la escalofriante deflagración en el archipiélago ruso de Nueva Zembla (Ártico), el 30 de octubre del 1961, de una bomba de 50 megatones, la más poderosa nunca explosionada. ¿Cuántas muertes de cáncer, a medio y largo plazo, provocaron aquellos experimentos? Muchas. Quizás centenares de miles, repartidas por todo el mundo. Más tarde, a partir del año 1963, los ensayos pasaron a ser subterráneos. Y ahora se hacen en simuladores.
Los militares especularon sobre la capacidad devastadora de los artefactos futuros, mucho más potentes: ¿arrasarían, de entrada, una gran ciudad?, ¿toda un área metropolitana?, ¿una región completa? Y sí, se cumplieron las peores pesadillas. Los expertos nos dijeron que la bombeas también llevarían la muerte más allá de los límites afectados por la colosal explosión. Nos advirtieron que una enorme nube radiactiva pasearía su amenaza mortal según soplara el viento, y que allá donde precipitara se produciría una inmensa carnicería a causa de enfermedades por irradiación. El número de muertes y de destrucción sería mucho más grande y difícil de calcular.
Los escenarios que dibujaban los estrategas preveían que, en un ataque de estas características, no solo se usaría una única bomba. Se incorporarían probablemente unas cuantas más, repartidas por lugares significativos. ¿Cuántas serían necesarias? Tampoco se sabe. Construyeron misiles intercontinentales que eran y son capaces de trasladar varias cabezas nucleares, al mismo tiempo y con destinos diferentes, ahora a velocidad hipersónica. Los Estados Unidos y Rusia tienen, en la actualidad, entre 5.000 y 6.000 bombas nucleares cada uno, entre 1.600 y 1.800 desplegadas y operativas (a punto de uso inmediato). Entre todas representan el 90% de las 13.000 armas atómicas existentes. China tiene alrededor de 350. Francia y el Reino Unido, bastante más de 200. India y Pakistán, más o menos 150. Israel, un centenar. Y se supone que Corea del norte no llega a las 50. El número exacto no viene de aquí. Porque cualquier persona puede intuir que, con este arsenal, las dos grandes potencias y sus acompañantes pueden devastar el planeta Tierra, dejarlo prácticamente plano como un desierto marciano, sin rastro de vida. Y no solo una vez.
Y por si los ciudadanos del mundo no estábamos bastante alarmados, unos cuántos científicos de disciplinas variadas se entretuvieron en calcular y analizar las consecuencias reales de una guerra nuclear global. Algunos lo compararon, incluso, con el choque de un asteroide gigantesco, hace unos 66 millones de años, que provocó la desaparición, entre otros, de los dinosaurios. Y lanzaron una idea perturbadora: la del invierno nuclear. Un enfrentamiento generalizado provocaría incendios por todas partes, polvo, hollín y cenizas contaminadas que taparían la luz del sol por un periodo difícil de determinar, pero bastante largo. Oscuridad casi total al principio y penumbra después. La cadena trófica resquebrajada.
Lo llamaban invierno porque provocaría un descenso brutal de las temperaturas. Tinieblas y frío, contaminación radiactiva y caos social, hasta el punto de provocar una lenta y agónica extinción de la vegetación y de aquellos seres, humanos y animales, que hubieran sobrevivido a los primeros embates.
Me viene a la cabeza una cita que encontré escondida en uno de los infinitos textos que he leído sobre la guerra de Rusia contra Ucrania. Es de Tácito, un político e historiador de la Roma imperial que vivió entre los siglos primero y segundo. Dice: “Crear un desierto y llamarlo paz”. Pues, eso.
Decía, al principio de este análisis, que ahora, con la guerra de Ucrania, sabíamos algo más sobre las armas de destrucción masiva. Dejo conscientemente a un lado las guerras química y bacteriológica, también masivas. Y me refiero únicamente a la nuclear. Antes, pensábamos que la carrera para fabricar ingenios cada vez más potentes y precisos, y la proliferación de países que los poseían, ponía en peligro el futuro de la humanidad. Por eso se hacían esfuerzos, no siempre logrados, para limitar ambos parámetros: el número de artefactos y el número de países. Suponíamos que el equilibrio del terror y la destrucción mutua asegurada permitían que viviéramos tranquilos. Que olvidáramos la amenaza permanente.
Convendremos que un sistema de seguridad que se llame “equilibrio del terror” y “capacidad de destrucción mutua asegurada” no es demasiado fiable. Pero quien no se conforma es porque no quiere. Imaginábamos que los botones que podían provocar un choque definitivo estaban en manos de gente sensata y filtros rigurosos. Una película loca de Stanley Kubrick, titulada “Dr. Strangelove” (“¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú”, en castellano), nos hizo descender de la nube en la que estábamos confortablemente ubicados. La combinación letal entre incertidumbre, azar, error, estupidez, irresponsabilidad y carencia de escrúpulos podía desencadenar la catástrofe. ¿Era una exageración? No. Lo hemos podido corroborar con los delirios de Trump y Putin.
Bob Woodward y Robert Costa, en su último libro, titulado “Peril” (en inglés) y “Peligro” (en castellano), sobre la transición de Trump a Biden, con la ocupación violenta del Congreso norteamericano incluida, nos describen la preocupación del establishment de Washington por el hecho que Trump fuera quién, al fin, tuviera la última palabra en la decisión de utilizar armas nucleares, por ejemplo, contra Irán. Trump perdió, afortunadamente, las elecciones. Pero la alegría dura poco en la casa del pobre: de repente, ha aparecido Putin. Y no hay evidencias que pueda perder ninguna elección. Imaginémonos un mundo regido por estos dos personajes de mente, digamos, inestable.
Vladímir Putin esgrime un argumento no demasiado previsto por los expertos. Ha venido a decir que, si Occidente interviene contra su intento de invadir y aniquilar Ucrania, él tiene a disposición un enorme arsenal nuclear que está dispuesto a usar. Es decir, está comunicando en el mundo que, como potencia militar con armas de destrucción masiva, puede hacer el que le dé la real gana. Y que tanto le da la destrucción mutua asegurada. A eso se les llama chantaje en toda regla. Las caras de perplejidad de los dirigentes occidentales hicieron época. Josep Borrell, el responsable de Asuntos exteriores de la UE, patentizó los miedos europeos: “No queremos provocar, ni participar, ni dar ninguna excusa a Putin para que empiece la Tercera Guerra Mundial”. Biden aseguró que se habían cruzado todas las líneas rojas. Y en efecto, Putin las había cruzado.
Ahora sabemos, pues, más sobre las armas nucleares. Y hay que poner manos a la obra, antes de que la inconsciencia de algunos dirigentes nos lleve a un camino sin retorno. Hay que recuperar y reenfocar la vieja lucha contra este tipo de armas.
Volvamos al principio. Después de la destrucción de Hiroshima y Nagasaki, muchos científicos se asustaron. Einstein pronunció aquella célebre frase: «No sé cómo será la tercera guerra mundial, solo sé que la cuarta será con piedras y lanzas». Max y Hedwig Borne (“Ciencia y conciencia en la era atómica”) se mostraron horrorizados por el poder gigantesco que la ciencia había puesto en manos de los políticos y los militares. J. Robert Oppenheimer, considerado el padre de la bomba atómica norteamericana, desgastado moralmente por sus propias responsabilidades y contradicciones, pronunció aquella frase sobrecogedora: “Me he convertido (…) en un destructor de mundos”. Se le atribuye una frase todavía más escalofriante: “Maldigo mi cerebro”. Andrei Sájarov, padre de la bomba de hidrógeno soviética, se convirtió en disidente y pagó un precio muy alto por el hecho de serlo: el exilio interno. Fue detenido y aislado en Gorki (hoy Nizhny Nóvgorod) desde 1980 hasta 1986, año en que lo liberó Gorbachov. Recibió el Nobel de la Paz del año 1975.
Así que los científicos, activistas y pensadores en general se organizaron. El filósofo y matemático británico sir Bertrand Russell había dicho que los científicos tenían que asumir sus responsabilidades y usar su prestigio para influir sobre los políticos. El mismo Russell y Albert Einstein promovieron un manifiesto que se firmó el julio del año 1955. Denunciaban el peligro muy real de exterminio de la raza humana por la explosión, el polvo y la lluvia de las nubes radiactivas. Defendían la prohibición de las armas nucleares. La única esperanza para la humanidad, decían, es la evitación de la guerra.
A partir de aquí, Joseph Rotblat, uno de los científicos contratados para trabajar en el proyecto Manhattan, fundó la Conferencia Pugwash y se convirtió en un defensor del desarme atómico. El movimiento Pugwash obtuvo el premio Nobel de la Paz en 1995. Los miembros de Pugwash han estado presentes en todos los debates sobre temas de desarme: zonas desnuclearizadas, prohibición de armas químicas y bacteriológicas, control de las pruebas atómicas subterráneas… Pugwash cuenta hoy con más de 3.500 científicos en todo el mundo, y ha organizado más de 220 conferencias.
Ahora que las armas atómicas han sido utilizadas como elemento de chantaje, quizás es el momento recobrar aquel espíritu del viejo movimiento antinuclear. Y también contra las otras guerras de destrucción masiva, química y bacteriológica, prohibidas desde hace tiempo, pero mantenidas en secreto. Habrá que resucitar esta preocupación, junto a otros peligros globales que quitan el sueño de los humanos y ponen en peligro su futuro. Entre el invierno nuclear y el calentamiento por el cambio climático: un dilema perverso. Porque ahora sabemos que cualquier Putin, con un arsenal nuclear, puede anteponer sus fantasías imperiales a la salvación de la humanidad y su Planeta.

