Me tomo la licencia de volver del revés el título de la obra fundamental de Adam Smith mientras intento esclarecer un poco ciertos estados de ánimo que han vuelto a la escena pública a raíz de la muerte de Fèlix Millet, el saqueador del Palau de la Música Catalana. Un silencio espeso sobrevuela el cielo de la ciudad de los prodigios y las miradas se vuelven esquivas cuando se observa que el delincuente era el último de la saga que encarnó las ansias de regeneración del catalanismo a través de la emocionalidad musical. Era, ciertamente, “uno de los nuestros” pero si te he visto no me acuerdo, y a volar, joven.
Quienes han querido ver Cataluña como un remedo de la Sicilia de la “omertà” se refieren a ciertos silencios elocuentes como demostrativos de una complicidad entre malhechores que se presentan en público como próceres. La “deixa” de los ancestros de Jordi Pujol o los “missals” con los que traficaba su esposa vía banca andorrana serían muestras de ese mal hacer surgido de la impunidad. Según Millet, las decisiones en Cataluña serían tomadas por un reducto de 400 patricios que harían y desharían las grandes decisiones en beneficio propio. Él, por supuesto, sería uno de ellos y formaría parte de una élite económica, social y quizás cultural. Uno, sin embargo, no duda de la existencia de esa élite pero sí de la pertenencia a ella de personajes como Félix Millet.
A fin de cuentas, lo que ha venido haciendo este hombre ha sido distraer dinero, trapichear con ciertas cantidades importantes y contribuir a la financiación ilegal de un partido, Convergència i Unió, y enjuagar la deuda de otro, el partido independentista de Àngel Colom y Pilar Rahola. Y lo hizo al expoliar fraudulentamente el Palau de la Música Catalana, institución que había representado el sueño de una Cataluña “néta
i noble, culta, rica, lliure, desvetllada i feliç” y que ha resultado ser víctima de uno de los portaestandartes de esa ilusión. Flojo balance para cierto tipo de prohombre de los que, cuando el caso Banca Catalana, tenía que ser de los que diesen lecciones de moral a los demás.
De mal gusto es hacer leña del árbol no ya caído sino fallecido. Pero uno cree que es necesario aclarar ciertas cosas. En primer lugar, y en contra de lo que cree mucha gente que de buena fe es de izquierdas, eso no es “la burguesía catalana”. Como proletario de casta que uno es, servidor piensa que los burgueses son gente, o debería ser, capaz de sacar adelante negocios productivos, de hacer fructificar inversiones, innovación técnica e ingenio en gestión para ofrecer a sus accionistas beneficios económicos y, si es posible, beneficios sociales a la colectividad. Pero Millet y sus iguales o parecidos son unos burgueses extraños: en lugar de conseguir dinero lo hacen perder (véase la otra estafa milletiana de Renta Catalana) y no sólo no producen nada de lo que el cuerpo social pueda beneficiarse –incluyendo el interés privado—sino que representan la acción burguesa justamente al revés: en lugar de hacerte ganar dinero te lo quitan.
Si consideramos con cierta atención lo que, por ejemplo, ha llegado a realizar Jordi Pujol, máxima figura institucional e histórica del nacionalismo, lo que hallamos es escalofriante: todos los negocios y empresas que ha llevado adelante han sido un fracaso, han salido mal y han acabado en desastre. No sólo Banca Catalana sino las iniciativas destinadas a crear un tejido cultural digamos avanzado. Las aventuras en prensa, por ejemplo, no dejaron títere con cabeza. Cogió El Correo Catalán, el diario de los algodoneros catalanistas postcarlistas, que era un periódico que llegó a ser muy popular, y lo llevó, de un nivel de ventas muy destacable para la época, al cierre. Con la muerte de El Correo Catalán desapareció toda una escuela de periodismo que aunaba la información metropolitana con la visión de una Cataluña comarcal optimista ante el futuro: Huertas Clavería, Rafael Pradas, Jaume Fabre, Antoni Morera Falcó, Wifredo Espina y un director, Andreu Rosselló Pàmies, que poco antes de morir se acercaba subrepticiamente al antiguo edificio del diario y, desde una esquina, lloraba. Pujol se hizo también con el semanario Destino, cuando Josep Vergès lo había convertido en un semanario cultural de referencia bajo la dirección de Néstor Luján. Lo puso en manos de Baltasar Porcel y de un grupillo que intentaba promover una alternativa mal llamada anarquista al imperante sindicalismo confederal de clase mientras Pujol, entre bambalinas, comenzaba a despedir y represaliar a periodistas que consideraba hostiles: el prestigio de aquella revista que hacía catalanismo en castellano se perdió por el desagüe del fregadero. Hubo más, como el trastabilleo de la Gran Enciclopèdia Catalana por la incapacidad pujoliana de gestionar un conflicto laboral con sus redactores, que acabó igualmente en mal final, o el experimento del diario El Observador, un intento de hacer igualmente catalanismo en castellano con un diario que compitiera con La Vanguardia y que se tragó importantísimas aportaciones económicas aportadas por Lluís Prenafeta, mano derecha del presidente, que acabaron en nada. No mencionaremos otros asuntos menores pero no nos olvidaremos la atrabiliaria gestión de diversas licencias de radio privada favorecidas por el poder pujolista y semipagadas por diversos capitales comarcales. Por cierto que la colección de arte y las donaciones populares para el diario Avui, que había de ser de todos, vaya usted a saber.
Nótese que el éxito de TV3 y Catalunya Ràdio se debió una vez a que su estructura empresarial, técnica y estratégica fue realizada a partir del dinero público, sin la aportación de esos capitalistas inversos (un intento primigenio de creación de una televisión llamada Televisió Catalana terminó en estafa). El supercapitán del nacionalismo fue, así pues, un fracaso en todas las iniciativas comunicacionales y culturales que se propuso. Curioso es ver que el aniquilamiento de la prensa catalana y catalanista que debía haber sucedido al modelo informativo franquista fue causado, precisamente, por el catalanismo político hegemónico: extraños burgueses al revés.
Ese capitalismo de quitar en vez de poner y perder en vez de ganar parece haber sido el paradigma del pujolismo en acción. Fèlix Millet no hizo más que seguir la senda que una generación y un sector de su clase social emprendieron como expresión de su hegemonía: provecho particular fraudulento e incapacidad de producción de riqueza e innovación. No es extraño que la opción del independentismo como salto adelante cualitativo del nacionalismo haya llevado consigo esa particular combinación de incompetencia, incapacidad y ausencia de sentido estratégico. Lo único que los Millet fueron capaces de aportar a su clase social fue el instinto de rapiña y la sumisión del interés general al provecho particular. Todo un ejemplo de burguesía inversa incapaz de ejercer otra cosa que un capitalismo al revés.

