Son casi las 11 h de la mañana, Adrián tiene un examen en un rato y se siente adormecido. Durmió algo más de seis horas, que no es mucho, pero tampoco es poco. No obstante, siente que ganará en confianza si se bebe un Monster (con azúcar, obviamente, no hay aún miedo a la diabetes). Estará más despierto, más lúcido, más concentrado. Tal vez no apruebe el examen, pero que no sea porque no estaba en plenitud. La ligera taquicardia que sintió la última vez no le impidió obtener un trazo medianamente aceptable en la redacción, así que, ¿por qué no estar sentado con más de 200 mg de cafeína en sangre (antes se tomó un café con leche de la máquina) y sin apenas haber desayunado?
Cada vez hay menos resquicios, todo aquello que hacemos parece estar subordinado a una maximización de la productividad: vamos de vacaciones para “desconectar”, dormimos para estar “más frescos”, vemos Netflix para “distraernos”, todo lo que hacemos que no sea directamente trabajar nos lo explicamos en base a lo útil o funcional que nos resultará para cuando estemos trabajando.
Necesitamos airearnos, descansar, pero ningún tiempo es inútil, la nada no puede campar a sus anchas. Byung-Chul Han escribe que vivimos en una era en la que ya no hay tiempo festivo: todo tiempo cumple una función, todo tiempo es útil, todo está medido.
15 h de la tarde, con el sopor del mediodía en su cénit, y a pesar de comer ligero para no adormecerse, Marta se mete una loncha de coca justo antes de la presentación del nuevo catálogo de la empresa. El encuentro será bastante breve, así que seguramente no tenga que redosificar, al menos hasta más tarde, para la cena de empresa.
La heroína dio forma a la imagen del adicto a las drogas, el yonki nació con el caballo. En países como España, los años 80 fueron la década del terror a las drogas: jeringuillas tiradas por doquier, personas y familias destruidas por la adicción a la heroína, etc. El influjo del fármaco parecía ser tal que la propia mención a las drogas generaba pavor en muchos lugares, así que era mejor no mentar a aquello que significaba siempre la perdición. En este sentido, la heroína no solo era dañina por su abuso y adicción, sino que lo era por su estigma. El caballo era, o acababa siendo, marginalidad.
Sin embargo, nuestra era nos ha dado otra perspectiva, la de la transversalidad de algunas drogas. Y, con ella, un aura de limpieza que dista mucho de lo tétrico de los 80. Estamos en la era de los estimulantes. Tenemos alta disponibilidad de bebidas energéticas para que los chavales se sientan bien despiertos en cualquier situación, la cafeína y la taurina (no se sabe muy bien qué hace la taurina, pero tampoco importa: acompaña a la cafeína), circulan en grandes cantidades por la sangre de jóvenes que lo mismo están practicando deporte que están haciendo un examen o, simplemente, están sentados con sus amigos en cualquier banco del parque. No hay requisito de entrada.
La coca corre a raudales entre creativos, obreros de la construcción, profesores, ingenieros, cajeros de supermercado o políticos: no hay clase social, profesión, género o grupo de interés que se mantenga al margen de esta droga. Cualquier situación puede ser propicia, ya se tenga sueño o simplemente se quiera un plus. ¿Un plus de qué? Un plus de todo, obviamente.
La era de la estimulación superlativa no es una casualidad histórica, sino que acompasa los tiempos en los que vivimos: rápidos y eficaces, así que el sueño puede ser un auténtico fastidio, la pereza algo peor que un pecado y la falta de confianza un error imperdonable. Cualquier metafísica de la pereza deberá ser necesariamente escrita por un adicto al trabajo y el cansancio siempre será una derrota, pero si reivindicamos este cansancio como arma: tampoco será un modo de resistencia, sino una desgraciada consecuencia de la extenuación. El cansancio no se elimina bloqueando la adenosina de tu cerebro, pero se enmascara. No obstante, que quede oculto, no vuelve al cansancio un fértil objeto de deseo: ojalá pudiéramos dormir más y mejor (si es que acaso eso no fuera de pobres).
El síndrome de abstinencia de la cafeína es desagradable, es incómodo y, lo peor de todo, aunque oscuro, es reflexivo. En resumen: algo que no nos podemos permitir. Tenemos que seguir haciéndolo: más duro, más bueno, más rápido y más fuerte, como Daft Punk o Kanye West. O como tú, que te comerás el mundo, si aún queda algo por comerse.

