La sucursal del Banco Hispano Americano de la calle Guipúzcoa, en La Verneda, se convirtió en los años setenta en el epicentro del activismo ciudadano de Barcelona de la mano de Andrés Naya, líder vecinal de Nou Barris. Allí recibía Naya decenas de llamadas telefónicas de los periodistas que cubrían la información de barrios. Porque, en aquellos años, así era. La información sobre la otra Barcelona tenía amplio eco en los medios. No era una cuestión preferente, pero nadie la descuidaba.
Vecino de Prosperitat, Andrés Naya tuvo la fortuna de convivir —y sobre todo negociar— con José María Socías Humbert, uno de los alcaldes más dialogantes que recuerda. «Todo el mundo reconoce que Socías fue un pacificador de los barrios. Dio margen para que se expresaran los movimientos sociales y puso en marcha cosas que parecían impensables, como los centros de planificación familiar o las guarderías municipales. Ahora puede sorprender, pero en aquellos momentos, que hubiera guarderías en los barrios se consideró una gran victoria.»
Socías era un negociador infatigable. «Supo aprovechar muy bien los resquicios de la Transición —recordaba Naya—. Además, teníamos a favor el Gobierno en la sombra que había montado. Las relaciones eran fluidas.»
El minuto de gloria del coche oficial
Una de esas reuniones generó el «minuto de gloria» de Andrés Naya, el que cambiaría su estatus en la sucursal bancaria de La Verneda. Lo recordaba la periodista Maria Favà y lo confirmaba el propio Naya. «Viene el director de la sucursal y me dice: “Naya, que te llaman de la alcaldía”. Había una reunión del alcalde con el Director General de la Vivienda para conseguir pisos para los barraquistas de Prosperitat y el alcalde Socías quiso que yo estuviera presente. Llego a la alcaldía, me sientan en la antesala y me dicen que espere. Al cabo de una hora, me levanto y le digo a la secretaria: “Mira, que me voy a ir…” Total, que me hacen entrar. Y al acabar, me dice la secretaria: “Te espera un coche abajo”. En fin, que yo salgo del Ayuntamiento con la cabeza gacha, pensando: mira que si ahora me ve alguien entrando en un coche oficial… Me quise poner delante, junto al conductor, y no me dejó: usted tiene que ir atrás. De modo que le digo que me lleve a la oficina y cuando llego da la casualidad de que el director está en la puerta. Imagínate cómo le cambió la cara cuando me vio bajar del coche oficial. Desde ese día casi me hacía reverencias al pasar».
Lo explicaba riendo, como un hecho sin mayor trascendencia, pero la historia es relevante del papel que adquirió en aquellos años. Aquel consistorio de transición también tuvo la suerte de contar con interlocutores como él. Porque la información que facilitaba Naya era absolutamente fiable. Lo recordaba María Eugenia Ibáñez. «Explicaba textualmente lo que se había dicho en cualquier reunión. Era la fuente ideal para cualquier periodista. Conocía las cuestiones urbanísticas, que son muy complejas. Lo controlaba todo y lo sabía explicar. Se explicaba incluso mejor que algunos urbanistas, que sabían tanto que eran incapaces de resumir o traducir a lenguaje comprensible algunos temas. Naya era todo lo contrario: simplicidad en el argumento y rigor en las cuestiones técnicas.»
El valor de la prensa
«Yo había aprendido —recordaba Naya— que todo lo que aparecía en la prensa se solucionaba mejor. Así que tenía claro que había que aprovechar esa circunstancia. Pero los medios eran muy precarios. Redactabas una nota de prensa y había que cruzar toda la ciudad para repartirla a mano por los periódicos.» A las generaciones más jóvenes a veces les cuesta imaginar cómo era el periodismo sin teléfonos móviles, sin correo electrónico y sin redes. Pues era de esa forma: una sucursal bancaria convertida en una suerte de extensión de la FAVB y notas de prensa escritas apresuradamente a máquina y transportadas en mano a altas horas de la noche.
Esa, llamémosle complicidad con la prensa, se traducía en reservar a los periodistas lugares privilegiados en las acciones vecinales. Quien esto escribe puede dar fe porque viajó en uno de los autobuses «secuestrados» en Roquetes para demostrar que los viejos Chausson podían subir hasta lo alto del barrio.
Uno de los lugares que Naya visitaba con frecuencia era la redacción del periódico Mundo Diario. Estaba en la otra punta de Prosperitat, en la calle Cardenal Reig, en la frontera con l’Hospitalet, y llegar hasta allí suponía un largo peregrinaje (recuérdese, la Ronda de Dalt no era más que un proyecto en un cajón y el metro era desconocido en algunos barrios). Allí trabajaba María Eugenia Ibáñez, más conocida como MEI (sus iniciales), un nombre que aparecía con frecuencia en boca de Naya. Cuando explicaba historias, a menudo acababan con la frase: «Entonces llamé a MEI», «hablé con MEI y le expliqué», «fui a ver a MEI y le dije…»
Capacidad de comunicación
MEI siempre ha subrayado, como Maria Favà, como tantos otros periodistas de local, la fiabilidad de Naya y su capacidad de comunicación. Nadie recuerda que una información facilitada por Naya hubiera sido desmentida. «Era además un sensible informador —apuntaba María Eugenia Ibáñez—, capaz de captar detalles que por su simbolismo podían interesar a según qué medios y a según qué periodistas.»
Naya hizo de las historias pequeñas la gran historia de su barrio, Prosperitat, y de todo Nou Barris, pero el papel de Andrés Naya como voz del activismo vecinal de Barcelona tuvo, además, una faceta que todos los periodistas le agradecíamos y que María Eugenia Ibáñez definía con absoluta precisión: nunca alteró la veracidad y exactitud de una información en favor de las causas que defendía.
