Carmen, ¿por qué no te gusta jugar con muñecas? Esta fue la primera pregunta que me hizo reflexionar sobre mi cabello. Cada vez que me regalaban una muñeca, le cortaba todo el pelo, no soportaba ver aquellos cabellos tan lisos entre mis dedos. Me provocaba mucha angustia pensar que los juguetes con los que jugaban mis amigas blancas no eran igual que yo.
Un día me regalaron una muñeca que se llamaba «la muñeca spaghetti». Era muy bonita, tenía la piel negra y unos ojos bien grandes y marrones. De la cabeza le salían muchas tiras de plástico para poder hacer los peinados que quisiera. Era una maravilla, por fin me sentía conectada con un juguete. Pero, ¿por qué con este sí y con los otras no? La respuesta estaba delante de mí. Aquella muñeca era mi reflejo. Me sentía totalmente identificada con su cabello y su color de piel, pero sobre todo, porque podía repetir un patrón muy importante para mí, que era hacerle trenzas y mil patinados como los que me hacía mi madre.
En aquella época a todas las niñas nos alisaban el cabello con productos químicos, era como un ritual. Una vez al mes mi madre iba a una tienda donde tenían productos africanos y latinoamericanos donde compraba la caja «Dark & Lovely Beautiful relajado». En la caja del producto salía una niña negra con unos cabellos lisos y brillantes que hacían que odiaras el pelo encrespado con el que habías nacido.
No me gustaba nada que me peinasen, cada vez sentía un dolor terrible. Mis cabellos son tan densos que si me abocaran un vaso de agua por encima no me llegaría a la raíz. Pero esto no impedía que el hidróxido de sodio o el calcio hicieran su trabajo y me alisaran hasta el último cabello.
La sociedad blanca ha sido la encargada de meternos en la cabeza, durante miles de años, el chip de la negación a nuestra propia identidad. Nos dijeron y todavía nos dicen que nuestra piel es diferente y fea, que nuestro cabello parece paja o lana, que no tenemos derecho a amarnos. Esto contribuyó a desmenuzar nuestras autoestimas y desligarnos con nuestro pasado.
¿En ese momento donde estaban nuestros referentes? Por desgracia en aquella época, cuando era pequeña, no había. Años después empecé a ver que mi pelo no tenía forma: que no era ni liso, ni rizado. Que no tenía vida.
Una noche empecé a ver vídeos en youtube, y descubrí la palabra «Gran corte» y «Transición» en inglés «big chop». Cuando empecé a informarme sentí como si aquellas chicas YouTubers me hubieran abierto la puerta de un nuevo paraíso afro. En sus vídeos explicaban la importancia de querer nuestro cabello y como lo teníamos que hacer para poder volver a tener el cabello afro. Había dos maneras: hacer la «transición» que significaba cortar las puntas lisas cada mes hasta que ya no quedara ningún cabello liso y así deshacerte de la consecuencia de los químicos, o bien hacer el Gran corte que quería decir cortarte el cabello bien corto.
Tanto la «transición» como el «Gran corte» es un movimiento que defiende empezar de cero con tu cabello, cortar con los químicos, aceptarlo y cuidarlo.
Desde que salió este movimiento muchas mujeres negras han dejado de comprar productos químicos. En 2015 el grupo de investigación Mintel informó que las ventas de relajantes habían disminuido un 26% los Estados Unidos.
Muchas mujeres conectaron con el poder del afro, informaron y sobre todo vieron que nuestro cabello es parte de nuestra lucha y nuestro empoderamiento. Pero sobre todo nos hemos dado cuenta de que el cabello afro es un cabello comunitario.
Hoy en día hay muchísimas mujeres activistas que se dedican a explicar cómo estimar nuestro cabello, una referente es Desirée Bela, una gran activista afro que comenzó con un canal de youtube explicando su experiencia y dando información de cómo cuidar nuestro cabello. Actualmente, podemos encontrar series y películas donde nos podemos sentir identificadas y conectadas con otras mujeres que también han vivido el terrorismo capilar, como por ejemplo la película «desmelenada» o la serie «Madam CJ Walker».
Una de las cosas que aprendí en este proceso fue que cada persona vive la transición de una manera única. En mi caso renació. Nunca en la vida había sentido tanta libertad como cuando decidí coger las tijeras y cortarme el cabello. Mientras iba hacia el comedor a enseñar mi obra de arte a mi madre, me tocaba la cabeza y sentía dentro de mí mis ancestros tocando los djembes celebrando que volvía a ser bienvenida en el poderoso y maravilloso mundo Afro.

