A lo largo de toda esta serie sobre Vilapicina hemos adoptado como vías centrales Fabra i Puig, el carrer de Vilapicina como camino antiguo hacia Horta y Cartellà, la vieja riera. Una vez navegamos junto a la misma es inevitable pensar que he mencionado poco el passeig Maragall, si se quiera la clausura espacial de toda esta zona de estudio.
Lo sacó a colación porque la semana pasada empecé a diseccionar el parque sin nombre que va de la riera d’Horta a Duero y de Pitágoras a Petrarca. Esta última suplantó en el nomenclátor, liquidándolo, al carrer de Folch, cuyo nombre derivaba de uno de los propietarios históricos de la masía de Can Carabassa, cuyo homónimo torrente bajaba a su vera por el actual carrer de Peris Mencheta, rebasaba Passeig de Maragall y se fusionaba con la riera d’Horta tras descender en discrepancia con Folch, una línea harto curiosa.

Todo, aunque parezca mentira, tiene una explicación. Uno de mis problemas a la hora de narraros Folch y Petrarca es que me interesaron desde la riera d’Horta, cuando passeig Maragall dibuja mejor las razones de todo este conjunto. En la esquina de esta avenida con Peris Mencheta, también podemos situarnos un poco más lejos, se divisan puntos focales decisivos. Uno de ellos es el mencionado torrent d’en Carabassa en uno de los lugares más insólitos de la ciudad, a preservar y divulgar desde la pedagogía urbana. Otro sería ver cómo hay disfunciones en el mapa, más presentes cuando Maragall se despide y toman su relevo Tajo, que era riera d’Horta, y la estrecha Fulton, pasarela hacia la plaça Eivissa y la calle central del pueblo de Sant Joan.
Antes de esta encrucijada vemos una casa como engullida por construcciones de un pasado reciente. Aun así sobresale por su estructura como de cubo, decorada con esos esgrafiados tan del siglo XVIII catalán, una de sus señas de identidad, bien repartida por todo el Principado. Es Can Querol, documentada desde el siglo XVII. Su aspecto definitivo por el momento se tejió entre 1773 y 1775, cuando su señor era Ermengol Janer. En el Ochocientos pasó a manos del empresario Valldejuli, durante la Guerra fue confiscada por la FAI y desde los años cincuenta lleva el nombre de sus últimos propietarios mediante la fundación Valldejuli, regentada por las religiosas hospitalarias de la Santa Creu, encargadas de cuidar a gente mayor.

Can Querol nunca ambicionó ser una gran extensión agrícola, sino más bien una finca de veraneo o recreo, anticipándose algunas décadas al boom de este fenómeno, con muchos barceloneses encantados de respirar el aire puro de esas buenas alturas.
Aquí el meollo del asunto radica en que Can Querol se sitúa en passeig de Maragall, entre Sant Alexandre y Petrarca, entre Horta y Vilapicina. Antes de tantas calles y tantas placas la naturaleza delimitaba todos estos pastos y por eso la impronta del torrent d’en Carabassa es reconocible si se observa bien el terreno.
El carrer de Sant Alexandre en realidad debería considerarse adscrito no tanto a Horta, sino a la urbanización del barrio de Alexandre Bacardí i de Janer. Las calles de esta cuadrícula eran muy santas porque escondían homenajes a los miembros de la familia, de la esposa Amalia al mismísimo Alexandre, santísimo en su homónima calle.

En el número 29 de la misma hay una tapia. Encima de la misma, a su derecha, puede leerse una placa que reza carrer de Folc. El tramo superviviente de la antaño vía hegemónica para sortear el torrent d’en Carabassa es inaccesible más o menos desde hace una década, habiéndose denunciado el hecho por vecinos del barrio y en estas mismas páginas. Se prometió reabrirlo y hasta la fecha el panorama es el típico de inacción.
Para cerciorarme bien de si había algo en este cubículo entre Sant Alexandre y Petrarca, lindante con Can Querol, procedí a subirme encima del capó de un coche. No es una práctica que aliente a emular a mis lectores, pero aquí era imperativa.
En esos metros invisibles alguien ha escrito en un muro El cau. Hay una mesa y sillas. Al ser no ser de mi incumbencia lo dejo por escrito sin más, pues para completar estos trazos de Folch debemos ir atrás, hasta volver a passeig Maragall.

En el 400 de esta avenida hay una agencia inmobiliaria. Al verla siempre me recuerda al final del passatge de Casanovas, que oculta el recorrido del torrent d’en Faura. En cambio aquí detectamos la inauguración del carrer de Folch, bien curvilíneo hasta seguir por donde el muro y morir a mediados de los años setenta en Petrarca con Duero, mientras antes continuaba como podía, impedido por el torrent d’en Carabassa, hasta la riera d’Horta. De hecho, como mostré el pasado jueves, es sencillo reconstruir su zigzagueo por el 26 de Petrarca, con un aviso para el cartero en forma de “Antes Folch 8”, un dato providencial para cuadrar la numeración de Folch antes de su progresivo adiós del mapa condal.
La apertura definitiva de Petrarca y Duero, esta última muy tardía, allanaron la perspectiva y el camino, casi como si todo lo contado en estos párrafos ni siquiera hubiera existido. Otra rémora de Folch nos susurra cuando bajamos Petrarca y andamos junto a la reja del complejo de la iglesia de Sant Marcel. Al fondo divisamos sin problema Can Querol y si miramos podremos leer cómo Folch aún pisa esos lares con mucho disimulo, a la espera de recoger buenos adeptos.

El templo, cuya parte moderna es de 2019 y la rubricó Duran Barbarà, es una síntesis perfecta de cómo Petrarca se disparó en los años 70 desde passeig de Maragall. Su progresivo crecimiento es, asimismo, una metáfora de cierta irrespetuosa arrogancia del urbanismo barcelonés de Porcioles a Maragall. Es ese “como si no hubiera pasado nada” y la lógica de enlazar Maragall con Fabra y Puig a toda costa, sin piedad con el pasado. Al menos las cuestas y toboganes del asfalto desvelan una trama imborrable en sentido literal, que no es poco.

