Oriol Junqueras no volvió a presidir ERC: tuvo que ganar de nuevo. El 10 de junio de 2024, al día siguiente de las europeas y un mes después del hundimiento electoral del 12-M, dejó el cargo, tal y como había prometido. Lo que no había prometido era que, meses después, se presentaría de nuevo a un congreso extraordinario, y que ni así le saldría fácil. El límite estatutario de doce años en el cargo —que en teoría ya había agotado— quedaba esquivado gracias a una reforma de los estatutos vigente desde 2019 y precisada en 2022, que excluye del recuento los años en los que el presidente no pudo ejercer plenamente sus funciones por prisión, inhabilitación o exilio. Necesitó segunda vuelta, que ganó con el 52% de los votos, diez puntos por encima de Nova Esquerra Nacional, la candidatura afín a Marta Rovira. Casi la mitad del partido había votado otra cosa.
De ahí la palabra que presidió toda la campaña interna: recoser. Se recose lo que ya se ha rasgado, y ERC hacía tiempo que se había rasgado en piezas reconocibles. Estaba el bloque junquerista, pragmático, partidario de pactar presupuestos con el PSC sin necesidad de gobierno compartido. Había el rovirismo de Nova Esquerra Nacional, más duro en la cuestión nacional, que exigió límites temporales al mandato y llegó a plantear la incompatibilidad entre presidir el partido y ser candidato a la Generalitat. Había los críticos de siempre —Foc Nou y Recuperem ERC— que reivindicaban un calendario acelerado hacia la independencia y que, en la práctica, han quedado reducidos a enmiendas que la dirección ha ido desactivando congreso tras congreso, primero en Barcelona, después en Martorell. Y había, finalmente, una pieza nueva: Ágora Republicana, la corriente que impulsó Joan Tardà para abrir el partido no sólo a los independentistas, sino a todos los «soberanistas de izquierdas».
Se recose lo que ya se ha rasgado, y ERC hacía tiempo que se había rasgado en piezas reconocibles
Esta última pieza es la que importa para entender a Rufián, porque Rufián no es estrictamente ninguna de las anteriores. Carece de avales, no se presenta en congresos, no necesita el voto de la militancia. Su capital no sale de las asambleas comarcales sino de las encuestas de valoración personal y del eco mediático que le dan los plenos de Madrid, una moneda que ningún otro dirigente del partido puede fabricar con igual facilidad. Cuando Tardà habla de trascender las siglas a la izquierda del PSC, Rufián es su traducción con cara conocida. Y ahí está la diferencia de fondo con todas las batallas internas que Junqueras ya había aprendido a ganar: contra Rovira se vota, contra Foc Nou se negocian enmiendas, contra Rufián no hay ninguna urna que sirva.
En primavera, Rufián había abierto la puerta a liderar una confluencia de izquierdas en todo el Estado, idea que llegó a sondear con Irene Montero en Barcelona —frente a la presencia de dos miembros de la ejecutiva del partido— y con Emilio Delgado, de Más Madrid, en la capital española. A mediados de junio, en un acto en Valencia junto a Mónica Oltra, delimitó repentinamente la ambición: ya no hablaba de liderar nada fuera de Catalunya, sino de un frente con ERC como «fuerza motora» que incluyera a los Comunes, la CUP y Podemos, y que también pudiera «inspirar a otros territorios» en las próximas elecciones al Parlament.
Sin embargo, la traducción de esa idea ya tiene un coste interno en el partido. El diputado tarraconense Jordi Salvador Duch —portavoz de Trabajo de ERC en el Congreso— publicó en la red X, un aviso sin destinatario escrito, pero con destinatario evidente: «En política y en la vida hay una norma básica: respeto. Respecto al equipo del grupo —cargos electos y técnicos— en Madrid, en el partido y en la militancia. Si es necesario, algunos hablaremos en público, al menos yo, y terminará la tontería». El mensaje iba enlazado a las informaciones sobre las condiciones que Rufián habría puesto (supuestamente) para repetir como cabeza de lista: equipo de confianza propio y margen para decidir la política del grupo en Madrid. Xavier Godàs, rival de Junqueras en el último Congreso Nacional, lo formulaba de forma diferente, pero con la misma carga: «No entiendo por qué la dirección no defiende el trabajo y el compromiso del grupo parlamentario de ERC en Madrid ante el desprecio de su jefe de filas.» Otra fuente es más cortante: «ERC no existe en Madrid, sólo existe Rufián.»
La relación de Rufián con el resto de sus compañeros —o alguno de ellos— está en horas bajas, pero Junqueras, por ahora, esquiva el choque directo. La dirección quiere encauzar la cuestión por la vía del reglamento de elección de candidatos, que es por donde tendrá que pasar todo el mundo, y evita abrir una guerra pública con Rufián sin renunciar al rédito electoral que le da. El reglamento aprobado para confeccionar la lista de las próximas generales responde, oficialmente, a la prudencia frente a un adelanto electoral.
El problema de Junqueras es que esta vez la división no pasa por los canales que él domina, ni se resuelve convocando una reunión rutinaria en Madrid. Rovira pudo derrotarse con votos. Rufián, de momento, sólo puede aplazarse.

