Todo empezó como un juego, y él me hizo partícipe de aquel macabro pasatiempo. Yo tendría unos nueve años, nunca he recordado exactamente la fecha de inicio de toda aquella etapa, y quizás duró hasta los once. Seguramente entonces ya sabía que en ese juego, yo sólo era el juguete. Un juguete que se movía, que tenía vida propia y que tenía sentimientos, pero allí, en el día que tocaba jugar, toda la mente y todo el cuerpo, se quedaban en blanco en manos de esa persona, que con palabras engañosas, me hacía entender que todo aquello era normal. Y…
