“¡Cuidado, qué esto no es un patio de escuela!” es lo que me dijo un funcionario la primera vez que pisé un módulo de un centro penitenciario. Es obvio que una cárcel es un establecimiento sustancialmente más complejo, más violento y más peligroso que una escuela, pero tampoco tenemos demasiada información de lo que ocurre dentro, de cómo se organiza o de quiénes son las personas que la habitan. Porque por la escuela pasa todo el mundo, pero por la cárcel sólo una parte muy pequeña de la población etiquetada como delincuente y, en consecuencia, situada por la sociedad fuera…
