Imagínese el ruido de la caja registradora y vaya sumando: curso de preparación a la ma(pa)ternidad: 150 €, yoga preparto: 30 € la sesión, suscripción a un canal con información sobre maternidad y crianza: 100 €, visita de asesora de lactancia: 70 €, curso en alimentación complementaria: 90 €, visita de pediatra privada: 70 €, curso de preparación a la lactancia, curso de primeros auxilios, curso de masaje infantil, libros diversos para llenar una biblioteca, curso de crianza consciente, curso de educación emocional, visitas de recuperación del suelo pélvico…
Visto todo junto es fácil pensar que es una exageración y que a nadie se le ocurriría comprarlo todo. Pero el caso es que muchas de nosotras, acabaremos adquiriendo, como mínimo, unos 4 o 5 ítems de esta lista. Y si lo hacemos, es porque la información que se da o el servicio que se presta es necesario y en muchos casos, de mayor calidad que el que recibimos de los servicios públicos. Así pues, esta lista es un ejemplo más de la falta de apoyo público a todo lo relacionado con la maternidad, de la privatización de la salud de las mujeres y del acompañamiento a la crianza.
Y muy probablemente, el canal por donde nos llegará la información de todos estos cursos y servicios es Instagram.
El aumento de cuentas de madres mostrando su día a día con las criaturas y exponiendo sus reflexiones sobre la maternidad y el volumen de seguidoras que tienen es sintomático de que necesitamos encontrarnos entre nosotras y que queremos hablar «públicamente» de maternidad y crianza. Ahora bien, este boom también se explica por la falta de información y acompañamiento que obtenemos por los canales tradicionales y públicos, así como la dificultad que tenemos de construir redes de cuidados en nuestro entorno y en un contexto de nuclearización familiar y de comunidades atomizadas.
He oído decir a muchas madres que Instagram las ha salvado. Y no puedo evitar compartir el sentimiento y a la vez estremecerme un poco cuando lo oigo. Instagram no es un canal de información contrastada ni científica, exceptuando algunas cuentas, ni un espacio de apoyo entre mujeres y menos de sororidad. En la mayoría de casos es un canal de construcción de la identidad pública y de captación de nuevas clientas. Ahora bien, es cierto que a muchas nos ha salvado, especialmente durante época Covid, porque hemos encontrado consejos, recursos valiosos y nos hemos sentido identificadas con otras mujeres que comparten sus experiencias con la maternidad. Por otra parte, siguiéndolas también nos hemos sentido culpables o engañadas de no vivir la maternidad de la misma manera o nos hemos visto impulsadas a adquirir cualquier producto para ser mejores madres.
Yo misma tuve el parto natural, rápido y respetado que se pregona por la red, pero no lloré de éxtasis ni de emoción como las fotos que había visto, sino que lo viví casi como un trámite, y esto también me hizo sentir culpable. La confianza a ciegas que podemos llegar a dar a muchas instagramers es fruto de la educación que hemos recibido donde no hemos aprendido a confiar en nuestras capacidades, nuestro criterio, ni instinto y en la soledad con que vivimos la vulnerabilidad que supone un embarazo, parto y posparto.
Así pues, debido a la desidia de los servicios públicos y la violencia obstétrica que padecemos, debemos constatar las madres, pediatras, matronas, asesoras diversas instagramers, como una nueva fuente de información y acompañamiento a las maternidades. Por eso me gustaría pedirles que asuman que su poder de influencia no está exento de una inmensa responsabilidad y que nosotras nos las miremos con ojo crítico. Alguien pensará que no es necesario, ya que de forma desinteresada están supliendo las carencias de los servicios públicos, pero la realidad es que muchas de estas cuentas tienen asociada la venta de productos y servicios. A pesar de que se vendan como canales de apoyo entre mujeres, lo que en definitiva somos es una cartera de clientas.
En la era del capitalismo rosa, las reivindicaciones feministas han perdido carga política y en muchos casos se han convertido en reclamos publicitarios. No es extraño que en la publicidad de la mayoría de los productos y servicios vinculados a la maternidad se empleen palabras como «sororidad», «crianza feminista», «cuidados en el centro», «maternidad empoderada»… Esto se debe a la falta de estudio y conocimiento de la historia y la teoría feminista en nuestro país y la asunción generalizada de que el feminismo es sólo una forma de vivir y no una lucha política colectiva que reclama como mínimo, nuevas políticas públicas. No he visto en estas cuentas ningún reclamo en esta línea.
Así pues, más allá de si seguimos o no estas influencers, urge que le reclamamos a la Administración que cumpla con sus funciones y trabaje para garantizar nuestros derechos sexuales y reproductivos. Si no lo hacemos, estaremos contribuyendo a la mercantilización del acompañamiento a las maternidades y del apoyo mutuo entre nosotras, sin mucha conciencia ni debate de lo que ello conlleva en términos de brechas sociales.
Es también en este contexto de mercantilización de las relaciones humanas que como feministas debemos recordarnos que la sororidad no se paga y que el activismo no se cobra. Con esto no quiero negar el derecho que tenemos las mujeres de ganar dinero de lo que dominamos o nos apasiona. Incluso, es una cuestión de coherencia con los mismos ideales. Yo misma he cocreado una consultoría con perspectiva feminista, pero en ningún caso trabajar me convierte en activista. Todas las iniciativas laborales con perspectiva feminista son necesarias y diría que urgentes y pueden contribuir al movimiento. Sin embargo, no deben confundirse con el activismo que podemos hacer cada una de nosotras, sin un rédito personal en términos económicos, ni tampoco de poder ni de reconocimiento público. Asimismo, nuestro desconocimiento e incluso negación de los liderazgos positivos, en la era del personal branding, ha derivado en la aparición de divas feministas y gurús de la maternidad y ha comportado que hasta nos cueste imaginar espacios igualitarios que tengan el único objetivo de cuidarnos y reivindicarnos, sin tutorías.
En definitiva, no podemos hablar de sororidad si hay una mercantilización del apoyo mutuo, si una sola persona saca un beneficio personal en formato de mayor poder, ingresos y visibilidad pública que no repercute en la comunidad y si no hay por objetivo común la lucha feminista. Por este motivo, incluso en redes de crianza abiertas a todo el mundo no está garantizada la sororidad. Nos la encontraremos cuando exista el deseo y la práctica real de cuidarnos entre nosotras y de contribuir a un cambio social feminista, sin cuotas de entrada ni comisiones, entre iguales y desde nuestras vivencias diversas. Y no sólo no es difícil hacerlo, sino que es realmente bonito y liberador intentarlo.
* Gracias a Marta, Maria, Júlia y Mireia, sin ellas este artículo estaria muy desenfocado.


1 comentari
Pues me parece muy bien, pero para ser consecuentes parte de la visibilidad es que Marta, María, Julia y Mireia, tengan apellido, así tu visibilidad pública hablando sobre el tema es compartida y es un foro más que un artículo firmado por una sola. Las formas nos lo ponen difícil, pero gracias por la intención, es cierto, tenemos que estudiar formas de presentarnos como colectivo.