Cuando uno investiga nunca debe dar nada por supuesto, menos aún si el asunto se refiere a ciertas fechas canónicas. La avinguda Gaudí vive víctima de su nombre y el simbolismo de unir el gran templo del arquitecto por excelencia del Modernismo y el Hospital de Sant Pau, de su antípoda en la profesión: Lluís Domènech i Montaner.
Hay pocos estudios sobre su formación, edificios y sociologías del entorno, tan pocos como para errar de continuo en la fecha, situando su apertura en 1927, cuando acaeció el lunes 31 de mayo de 1926 a las once y media de la mañana.
Esa jornada Miguel Primo de Rivera, en la cúspide de su poder tras la exitosa guerra en Marruecos, acudió ufano a esa zona repleta de descampados para asistir a otro homenaje más, pues la avenida le pertenecía por bautizo, letras de oro en sus placas y esa sensación de sentirse jaleado por pura inercia. Sin embargo, a nosotros nos interesa la letra pequeña del acontecimiento, y en ella damos con una serie de personalidades de ese ambiente situado, a grandes rasgos, entre el Baix Guinardó, el Guinardó y las parcelas cercanas a la carretera de Horta. El elenco es significativo porque permite comprender las influencias en ese instante tan preciso para la urbanización del vecindario.
Los militares eran fundamentales en la Dictadura, y así fue como acudió al acto Mariano García Cambra, principal artífice de las cooperativas de casas baratas para la soldadesca. Las suyas, salvadas por ahora de milagro, pueden verse entre su homónimo pasaje y el carrer de la Torre Vélez. Ese mediodía debían lucir casi inmaculadas las de la manzana comprendida entre Cartagena, Pare Claret, travessera de Gràcia, donde subsiste la del número 378, bendecidas en 1922 por el mismísimo Alfonso XIII, quien también cortó la cinta de cercano cuartel de caballería del carrer Lepant.
Además del estamento marcial también concurrió una nutrida representación civil, y no deja ser curioso el destacar a los definidos como propulsores de la urbanización de ese sector condal: El doctor Bofill i Fors, Pablo Hernández y Faustino León.

Esta trilogía nos conduce a diversas latitudes. La primera es, de nuevo, una quiebra en la confianza de quien indaga. Según el nomenclátor del Ayuntamiento Pablo Hernández había muerto en Roma hacia 1921. Desconozco la relación de este señor con el leonés Faustino León Arroyo, natural de Cintruénigo, y miembro de la junta directiva del solar vasco-navarro.
La segunda me suscitó una pregunta muy específica. ¿Bofill i Fors era familiar de los propietarios de las hectáreas del passatge Bofill? No puede descartarse, si bien aquí la hemeroteca, tan amiga de las carambolas, nos transporta a una necrológica para recordar el segundo aniversario del óbito de Antonio Canadell i Prats, de quien devino heredero al estar casado con la gran omitida de toda esta historia: Dionisia Canadell, auténtica gestora de las cesiones al municipio, mientras su esposo, quien expiró la nochebuena de 1935, manejaba sus participaciones en empresas farmacéuticas, la del Doctor Andreu, algodoneras, Juan Batlló, y una vinculada con el mundo automovilístico.
Todas estas personas de raigambre en esas barriadas debían convivir y discutir muy a menudo al tener intereses económicos comunes. El passatge de Canadell se halla sólo una manzana a la izquierda por encima de la cuadrícula de Faustino León, de quien me encantaría disponer de más datos porque su pequeño universo es uno de los más especiales de toda Barcelona.
Los pasajes de Faustino León y Pau Hernández están en el interior de la isla de Rosselló, Cartagena, Castillejos y Provença. Cuando accedes a los mismos es fácil intuir el porqué de su estructura, configurada a partir de un bloque, delineante de esas callecitas con casas arquetípicas de mediados de los años veinte, por lógica concedidas a inmigrantes con escasos recursos, algo deducido por el contexto histórico, el boom migratorio, el geográfico, en los alrededores aún no se había perfilado la inminente y frustrada clase media republicana, y un halo de piedad por conceder al Jesuita Hernández más cancha, como si así sintetizara para la posteridad un esfuerzo generoso con la más urgidas de vivienda en una urbe donde se lucha contra el barraquismo pese la expansión del mismo.

Los pasajes de Faustino León y Pau Hernández, o más bien su superficie, tienen otra particularidad. Su morfología, incluso su mamotreto con cierto aspecto de elefante en una cacharrería, no emergía de un capricho de diseño. En su sector más bajo casi reproducía el recorrido de la carretera de Horta, mientras su frontera lateral era fruto del paso del torrent de Milans, estupendo en su virulencia para desafiar la senda de la calle Cartagena e ir a morir justo en el cruce de Provença, donde se juntaba con el torrent de Faura y el camino de las lavanderas hacia esos campos repletos de masías, tan sólo unidos a Barcelona en 1904 entre decretos y la reformulación imperialista del tranvía, elemento perfecto para acoplar Barcelona con la lejana Horta.

Ese enclave, la gran colisión, era una muralla para impedir la consecución del Eixample en su anhelo de eliminar el viejo Sant Martí. Provença no podía ir más allá mientras no se arreglara el estropicio, y quizá algunos de los palanganeros de Primo de Rivera debieron bromear sobre esas interrupciones. Rosselló topaba con la carretera d’Horta, Còrcega con la intersección de los ramales del torrent de Bogatell, y antes, hacia el passeig de Sant Joan, la calle de la Coronela y el torrent de Mariner se divertían hasta pararla en seco. ¿Cómo podía hacerse algo con tantos obstáculos?

En 1924 los Carsi racionalizaron el suyo a través de un pozo de fabricación propio en su pasaje. El control del torrent de Faura debió ser el prolegómeno para dominar el paisaje, algo efectuado antaño por la señora Vilaret en su travesía, una de las más apasionantes de ese mal llamado Eixample al cubrir de Provenza a Valencia, ahorrándose su ahogamiento por Milans, preso de ese choque de trenes hasta esfumarse, no sin antes reivindicar su impronta en el reino de los confines invisibles de las Barcelonas.


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