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inteligencia artificial

IR vs IA: el valor de la palabra
«Alexa, quita el árbol». El meme viral de este inicio de año es, por supuesto, una exageración. No va a suceder. De hecho, podría entrar en conflicto con el código de eco-sostenibilidad del propio dispositivo —ese que invita a plantar árboles— y provocar un colapso algorítmico. Pero el simple hecho de que alguien lo haya

José R. Ubieto3 de febrero de 2026 - 06:30
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«Alexa, quita el árbol». El meme viral de este inicio de año es, por supuesto, una exageración. No va a suceder. De hecho, podría entrar en conflicto con el código de eco-sostenibilidad del propio dispositivo —ese que invita a plantar árboles— y provocar un colapso algorítmico. Pero el simple hecho de que alguien lo haya imaginado dice mucho de la dimensión que la inteligencia artificial está adquiriendo en nuestras vidas.

No solo esperamos que busque información, escriba textos o piense por nosotros; también que nos acompañe en los momentos difíciles, que ejerza de coach disponible las veinticuatro horas y, llegado el caso, que nos ayude a elegir pareja. Adoramos la IA porque nos ofrece simplicidad y eficacia frente a problemas complejos, incluso cuando se trata de dilemas existenciales. Le planteamos un embrollo y nos devuelve una solución clara, directa, sin matices. En ese sentido, la IA se parece a ciertos liderazgos contemporáneos que prometen pacificar conflictos y reordenar territorios en un abrir y cerrar de ojos. Lo simple triunfa en un mundo complejo. Solo parece una paradoja para quienes aún creen que los detalles importan.

Existen, sin embargo, alternativas a la dependencia de la IA —otra cosa es su uso funcional— que no renuncian ni al pensamiento crítico ni al control de los datos. Una de ellas es la IR, la Inteligencia en Red: un viejo “software” humano basado en la conversación, preferentemente presencial, que no requiere más dispositivos que la palabra y el cuerpo. Las generaciones más jóvenes apenas lo conocen: una parte significativa nunca ha hecho una llamada telefónica y se comunica casi exclusivamente mediante audios, mensajes breves o emoticonos.

La IR nos recuerda algo tan elemental como olvidado: conversar entre nosotros sigue siendo una de las mejores formas de elaborar conocimiento colectivo, ya sea en ámbitos profesionales o en nuestras relaciones personales. No se trata del bla, bla, bla. Conversar exige escuchar y abrirse a la sorpresa, acoger cierto sinsentido, pensar lo que se dice y extraer conclusiones. Todo eso se aprende con la práctica. A diferencia de la IA, la IR no nos ahorra el esfuerzo, pero a cambio nos hace menos vulnerables y más responsables de nosotros mismos y de los otros. La IR, a diferencia de la IA, no se basa en la acumulación de datos y repetición de patrones, sino en la producción de algo nuevo, algo que no estaba antes.

En el abordaje del acoso escolar, el racismo o el machismo, diversos estudios muestran que los grupos de conversación entre víctimas y agresores resultan más eficaces que las consignas prêt-à-porter diseñadas por algoritmos. Y hay aplicaciones de la IR muy interesantes en diversos ámbitos: trabajo en red, diálogos arte-ciencia, redes comunitarias …En todas ellas, el valor de la palabra es incalculable y no programable.

La IR no aspira a eliminar la complejidad, sino a familiarizarse con ella. A aprender a habitar esa inquietante extrañeza que, en ocasiones, nos paraliza o nos empuja a expulsar lo diferente y a atribuir al otro todos los males. La IA propone reducirnos a una combinación de datos, a un sujeto calculable estadísticamente. Se olvida de algo muy importante: tenemos un cuerpo (ella no) con el que gozamos y sufrimos, cometemos lapsus y olvidos, tropezamos más de dos veces en la misma piedra. Y en ese laberinto del deseo, a veces conectamos con nuestra singularidad, eso más íntimo y desconocido.

Los detalles, como las formas, siempre cuentan. Y en ese terreno la IR supera con creces a la IA. Admite que no lo sabe todo, que siempre hay algo pendiente de resolver. Esa falta no es un defecto, sino la condición misma del deseo: que quede un vacío por colmar o un anhelo por realizar. Tal vez el verdadero debate en las escuelas no sea “dispositivos sí o no”, sino si seguiremos confiando en el poder de la palabra y en la eficacia —imperfecta, pero humana— de la conversación, o si preferimos entregarnos definitivamente a la adoración del Algoritmo.

Inteligencia Artificial inteligencia en red
José R. Ubieto
José R. Ubieto

José R. Ubieto. Psicólogo clínico y psicoanalista. Profesor de la UOC. Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis

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