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Análisis

La izquierda busca su rumbo
Las democracias occidentales atraviesan una crisis de legitimidad que va más allá de las derrotas electorales de la izquierda: es una crisis de hegemonía en la que la política ha dejado de ordenar la experiencia cotidiana de las mayorías. La precariedad, los horizontes bloqueados y la sensación de abandono han desplazado el conflicto social del

Hector Santcovsky30 de March de 2026 - 06:30
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Està la democràcia en crisi? | Foto: Bizoo

Las democracias occidentales atraviesan una crisis de legitimidad que va más allá de las derrotas electorales de la izquierda: es una crisis de hegemonía en la que la política ha dejado de ordenar la experiencia cotidiana de las mayorías. La precariedad, los horizontes bloqueados y la sensación de abandono han desplazado el conflicto social del terreno económico al simbólico, donde las derechas iliberales ofrecen certezas simples ante una complejidad que los progresismos heredados del siglo XX ya no saben explicar con suficiente verosimilitud. Recuperar la iniciativa democrática exige volver a hablar de poder real, reconstruir seguridad material universalista y rehabilitar las mediaciones colectivas, pero sobre todo exige hacer nuevamente deseable un proyecto que proteja, reconozca y abra futuro.

Introducción. La pregunta que incomoda

Durante gran parte del siglo XX, la izquierda democrática pudo mostrarse —con avances, contradicciones y límites— como una fuerza capaz de conectar progreso económico, ampliación de derechos y proyecto colectivo. Su propuesta no era solo económica, sino también de sentido histórico: la idea de que el desarrollo podía traducirse en más igualdad, cohesión y estabilidad social, integrando a las mayorías en una historia de mejora compartida. Hoy esa capacidad de ser creíble se ha desgastado. No solo por derrotas electorales o divisiones internas, sino porque amplios sectores han dejado de verla como una opción válida para sus problemas cotidianos y para la incertidumbre que marca sus vidas.

La pregunta no es moral ni retórica, sino práctica: ¿hacia dónde va la izquierda democrática cuando sectores populares votan sistemáticamente contra lo que antes se consideraban sus intereses económicos, y esa tendencia se consolida? Explicarlo por manipulación, ignorancia o falta de comunicación ya no alcanza y hasta resulta cómodo. La hipótesis más incómoda es otra: estamos ante una crisis de credibilidad democrática donde se mezclan cambios económicos profundos, expectativas de mejora frustradas, transformaciones en la forma de vivir la política y el agotamiento de los discursos progresistas del siglo XX.

El conflicto social ya no se organiza principalmente en torno a salarios o reparto de la riqueza, sino alrededor de emociones, identidades, miedos y sensaciones de abandono. La política funciona cada vez más como consuelo simbólico: importa menos la coherencia del programa que la capacidad de ofrecer certezas, reconocimiento y sentido en un mundo inestable. La disputa por el poder se traslada así de lo puramente económico a la construcción de significado, pertenencia y protección sentida.

Cuando la democracia deja de ordenar la vida cotidiana

Las democracias actuales rara vez se derrumban de golpe; se erosionan despacio, casi sin notarse. Se mantienen elecciones, parlamentos e instituciones, pero se debilita el vínculo entre la gente y el sistema político. La legitimidad nunca fue solo legalidad: dependía de la percepción de que el orden democrático protegía, organizaba la vida diaria y permitía imaginar un futuro más o menos previsible.

La mezcla de precariedad laboral, inestabilidad de vivienda, desigualdad que no cesa y horizontes cerrados ha roto la promesa implícita que sostuvo el pacto social de la posguerra: esfuerzo, estabilidad y mejora estaban conectados. Para muchos ciudadanos esa relación ha desaparecido o se ve como excepción. El Estado interviene, pero se le percibe más como gestor de crisis sucesivas que como garante de trayectorias vitales coherentes. De ahí el desencanto, el alejamiento cívico y la apertura a discursos que prometen decisión rápida, orden y simplificación de un mundo cada vez más complejo.

Se ha normalizado una “vida en suspenso”: biografías fragmentadas, dificultad para planificar a medio plazo, sensación de provisionalidad permanente y miedo a perder el estatus social. La desigualdad se vuelve políticamente explosiva cuando se combina con la percepción de que el sistema ya no ofrece salidas reales. El malestar económico se traduce culturalmente en resentimiento, pérdida de reconocimiento o desconfianza hacia instituciones percibidas como lejanas o inútiles.

En este contexto, los datos convencen poco. Las sociedades interpretan la realidad desde marcos emocionales previos que organizan la experiencia antes que los argumentos. El autoritarismo contemporáneo avanza así de forma gradual, mediante cambios legales, acumulación de excepciones y concentración de decisiones que vacían la práctica democrática sin necesidad de eliminarla formalmente. El liderazgo fuerte se legitima más por la promesa de protección inmediata que por su eficacia real o su capacidad de transformación profunda.

Los populismos captan bien la fractura entre representados y élites, pero tienden a reducirla a un enfrentamiento moral simplificador que reemplaza la política por el choque identitario. Esa reducción sustituye mediaciones, negociación y políticas complejas por relatos de buenos y malos. En ese espacio emocionalmente polarizado, las derechas iliberales suelen tener ventaja: ofrecen claridad, pertenencia inmediata y explicaciones comprensibles en un mundo incierto, aunque esas respuestas sean simplonas.

Quo vadis: seis tareas para recuperar credibilidad

  1. Volver a hablar de poder.

Explicar quién decide hoy —en la economía, la tecnología, la energía o el territorio— y cómo se reparte realmente ese poder en sociedades marcadas por nuevas dependencias estructurales.

  1. Reconstruir seguridad material sin exclusión.

No hay democracia estable sin protección real frente a la incertidumbre; esa protección debe ser universal, capaz de generar confianza colectiva y no de dividir en grupos cerrados.

  1. Rearticular el liderazgo social sin caer en simplificaciones autoritarias.

Hacer entendible la complejidad sin elitismo ni maniqueísmo, construyendo marcos comprensibles que no sacrifiquen la pluralidad democrática.

  1. Recuperar las mediaciones.

Partidos, sindicatos e instituciones intermedias siguen siendo herramientas necesarias para transformar malestar disperso en acción política duradera y deliberativa.

  1. Pensar el futuro sin nostalgia.

El pasado puede orientar, pero no sustituir la construcción de nuevas respuestas ante una economía, una tecnología y unas relaciones sociales profundamente transformadas.

  1. Reconstruir el atractivo del proyecto democrático.

La cuestión no es solo tener razón, sino volver a ser percibido como útil, protector y capaz de abrir horizontes de vida mejores que los ofrecidos por el repliegue autoritario.

La democracia se desgasta menos por ataques frontales que por fatiga interna, desconfianza acumulada y pérdida de sentido compartido. Recuperarla exige menos lecciones morales y más proyecto histórico: seguridad real, reconocimiento social y capacidad de futuro. No se trata de restaurar un pasado idealizado, sino de reconstruir condiciones materiales y simbólicas que hagan nuevamente habitable la promesa democrática.

democràcia
Hector Santcovsky
Hector Santcovsky

Sociòleg, expert en polítiques públiques de desenvolupament i sostenibilitat. Ex-director de desenvolupament social i econòmic de l'AMB.

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