Close Menu
  • FUNDACIÓN PERIODISME PLURAL
  • EL DIARI DE L’EDUCACIÓ
  • EL DIARI DE LA SANITAT
  • EL DIARI DEL TREBALL
  • REVISTA XQ
  • CATALUNYA METROPOLITANA
  • CULTURAES
  • BLOG EXTRA
Facebook X (Twitter) Instagram YouTube
SUBSCRIU-TE
  • CAT
  • ES
Catalunya Plural
  • Derechos
  • Habitar
  • Feminismos
  • Diversidades
  • Culturas
  • Opiniones
  • Archivo
  • Catalunya Plural TV
SUBSCRIU-TE
Catalunya Plural
  • CAT
  • ES
  • Derechos
  • Habitar
  • Feminismos
  • Diversidades
  • Culturas
  • Opiniones
  • Archivo
  • Catalunya Plural TV
Opiniones

Las nuevas escenografías del poder
En esta nueva escenografía aparece cada vez con mayor frecuencia una figura política antiquísima y, paradójicamente, perfectamente adaptada a nuestro tiempo: el charlatán.

Hector Santcovsky29 de septiembre de 2026 - 06:51
Compartir Facebook Twitter Email WhatsApp
Detalle de Dos bufones, de D. A. Rovinskii (1881).

Durante mucho tiempo la respuesta parecía sencilla. El poder estaba fundamentalmente en el Estado. Por eso construimos constituciones, parlamentos, división de poderes, tribunales independientes, elecciones periódicas y libertades públicas. La democracia liberal no pretendía eliminar el poder —algo imposible—, sino distribuirlo, vigilarlo y evitar su concentración.

El problema es que buena parte del poder del siglo XXI ya no vive exclusivamente allí.

Está, por supuesto, en el dinero. Pero también en quien controla los datos, los algoritmos, las plataformas por las que circula la información y la capacidad de decidir qué vemos y qué permanece invisible. Está en quien puede captar nuestra atención, conocer nuestras preferencias, anticipar comportamientos e influir en la conversación pública. El poder no ha desaparecido ni necesariamente se ha debilitado: se ha reestructurado.

A esa reestructuración se añade una cierta dilución de sus fronteras. Actores que tradicionalmente ejercían influencia o funcionaban como contrapoderes reclaman ahora un espacio propio de poder y actúan como tales. El poder judicial, los medios de comunicación o los grandes intereses económicos no se limitan siempre a influir sobre el poder político: intervienen en la definición de la agenda pública y pueden condicionar su capacidad de decisión. El poder se ha hecho más plural, pero no necesariamente más democrático.

Y esa reestructuración no afecta solamente a quién manda, sino también a cómo se representa el poder, cómo se comunica y cómo consigue adhesiones. En esta nueva escenografía aparece cada vez con mayor frecuencia una figura política antiquísima y, paradójicamente, perfectamente adaptada a nuestro tiempo: el charlatán.

El charlatán político no es simplemente alguien que miente. Dice verdades, medias verdades y falsedades; promete cosas incompatibles y puede contradecir mañana lo que sostuvo ayer. Pero su principal habilidad está en otra parte: sabe captar la atención. Su producto político no es tanto la coherencia como el espectáculo, la emoción y la capacidad de ocupar permanentemente la conversación.

El charlatán político no es simplemente alguien que miente. Su principal habilidad está en otra parte: sabe captar la atención.

Vende humo, como se ha dicho toda la vida, pero ahora dispone de una formidable maquinaria para multiplicar su mercado. Simplifica problemas complejos, identifica culpables fácilmente reconocibles, transforma adversarios en enemigos y ofrece certezas allí donde la realidad sólo permite dudas. No necesita convencer a toda la sociedad de una misma verdad. Le basta con mantener movilizado a su público y conseguir que cada nueva provocación desplace a la anterior antes de que alguien pueda pedirle cuentas.

Moisés Naím ha descrito algunos de los mecanismos que hacen posible esta transformación mediante sus tres P: populismo, polarización y posverdad. No son exactamente una ideología, sino instrumentos que pueden utilizarse para conquistar, ejercer y conservar el poder. El populismo construye la representación de un pueblo enfrentado a unas élites; la polarización divide el escenario entre nosotros y ellos; y la posverdad consigue algo todavía más inquietante: que deje de ser imprescindible distinguir con claridad entre lo verdadero y lo falso.

El charlatán contemporáneo no actúa solo: necesita escenario.

Y el escenario está construido por televisión, redes sociales, plataformas y algoritmos que compiten por un recurso cada vez más valioso: nuestra atención. Todos tienen incentivos para privilegiar aquello que sorprende, indigna, asusta o enfrenta. La moderación cotiza poco en la economía de la atención; el exceso, en cambio, circula extraordinariamente bien.

Por eso quizá estemos ante algo más profundo que la aparición de unos cuantos dirigentes extravagantes. Está cambiando la propia escenografía del poder. La autoridad ya no necesita representarse únicamente mediante la solemnidad institucional, el programa político o la competencia técnica. Puede hacerlo mediante la provocación, la transgresión, la frase memorable, la proximidad impostada o incluso el entretenimiento. Quien domina el escenario consigue determinar, aunque sólo sea durante unas horas, de qué hablamos todos los demás.

Nunca habíamos dispuesto de tanta información y quizá nunca había resultado tan rentable simplificarla.

Pero sería demasiado cómodo responsabilizar únicamente a políticos y plataformas. Existe un mercado de la indignación porque también nosotros lo alimentamos. Medios de comunicación, empresas, partidos y ciudadanos participamos en una competición por nuestra atención. El algoritmo no inventó nuestras emociones; descubrió que podía convertirlas en un extraordinario modelo de negocio.

Y la atención se ha convertido así en otra forma de poder. Quien consigue decidir qué ocupa nuestra mente influye también en aquello que consideramos urgente, importante o verdadero. No controla necesariamente nuestras opiniones, pero puede condicionar el orden de nuestras preocupaciones.

Llegamos entonces al problema de fondo. Michael Ignatieff lo ha resumido recientemente con una frase contundente: «El dinero es poder y no hay democracia si no controlas el poder». La afirmación parece una obviedad, pero quizá hayamos olvidado precisamente las obviedades. Democracia no significa únicamente votar. Significa impedir que ningún poder pueda escapar permanentemente al control de los demás.


Y si aceptamos esa premisa, debemos ampliar inmediatamente la pregunta. ¿Quién controla los datos? ¿Quién audita los algoritmos? ¿Quién establece las reglas de las plataformas? ¿Quién decide qué puede hacer una inteligencia artificial? ¿Quién limita las concentraciones de capital capaces de condicionar gobiernos y mercados? ¿Y quién responde cuando decisiones que afectan a millones de personas quedan escondidas detrás de sistemas tecnológicos que casi nadie comprende?

No se trata de sustituir el poder privado por un Estado omnipotente. También el poder público necesita límites, transparencia y contrapoderes. Se trata de recuperar el principio que dio origen a la democracia constitucional: ningún poder suficientemente importante para condicionar nuestras vidas debería quedar fuera de control.

Quizá por eso nuestra preocupación por los charlatanes confunde algunas veces el síntoma con la enfermedad. Charlatanes siempre hubo. Lo verdaderamente nuevo es haber construido un sistema político, económico y tecnológico que recompensa extraordinariamente sus cualidades: simplificación, espectáculo, emocionalidad, velocidad y ausencia de memoria.

La pregunta decisiva no es, por tanto, por qué aparecen. Aparecerán siempre.

La pregunta es otra: ¿por qué se ha podido construir un mundo en el que resulta tan fácil convertir el charlatanismo en poder?

atención comunicación populismos
Hector Santcovsky
Hector Santcovsky

Sociòleg, expert en polítiques públiques de desenvolupament i sostenibilitat. Ex-director de desenvolupament social i econòmic de l'AMB.

Banner Description
Banner Description
Banner Description

Articles relacionats

Narrativas para el cambio social

Joan Segarra

El timbre de los indeseados

Abraham Jiménez Enoa

Huelga médica indefinida o el estallido de la crisis de un modelo

Xavier Lleonart
Contacta’ns

fundacio@periodismeplural.cat
publicitat@periodismeplural.cat
--
+34 932 311 247

Qui som

Catalunya Plural
Fundació Periodisme Plural
ISSN 22696-9084
Carrer Bailén 5, principal
08010 - Barcelona --

Les nostres xarxes
Facebook X (Twitter) Instagram YouTube RSS
Amb el suport de
Amb el suport de
© 2026 Catalunya Plural
Disseny de Mario Trigo

Escribe una categoría o palabra clave