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Opiniones

Narrativas para el cambio social
Las narrativas son una herramienta de poder. Quienes construyen las historias no solo describen la realidad. También contribuyen a moldearla.

Joan Segarra29 de septiembre de 2026 - 07:19
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Cuando hablamos de pobreza, exclusión social o vulnerabilidad, tendemos a fijarnos en los datos. Cuántas personas hay en esta situación; qué recursos se asignan a ella; qué resultados se obtienen. Todo esto es importante, pero hay una pregunta que a menudo pasa más desapercibida: cómo explicamos estos fenómenos. Y no es una cuestión menor. La forma en que explicamos los problemas sociales condiciona la forma en que los entendemos. Y, sobre todo, condiciona las respuestas que consideramos posibles.

La pobreza no desaparece porque cambiemos palabras. La exclusión social no se puede resolver inventando nuevas etiquetas, pero eso no significa que el lenguaje sea irrelevante. Todo lo contrario. No es lo mismo decir que una persona está en una situación de pobreza porque no ha hecho suficiente esfuerzo, que preguntarnos por qué una persona que trabaja sigue sin poder acceder a una vivienda digna. No es lo mismo hablar de vulnerabilidad que hablar de injusticia. Tampoco es indiferente limitarnos a gestionar las consecuencias o atreverse a discutir las causas que las causan. Por eso importan las narrativas.

No son solo una herramienta de comunicación; son una herramienta de poder. Determinan qué consideramos normal y qué nos resulta intolerable, y deciden qué problemas entran en la agenda pública y cuáles quedan ocultos tras la puerta de la casa. También influyen en las soluciones que nos parecen razonables y en aquellas que descartamos antes incluso de debatirlas. Quienes construyen las historias no solo describen la realidad; también contribuyen a moldearla.

Si miramos atrás, veremos que los grandes avances sociales nunca han sido solo el resultado de datos rigurosos o diagnósticos. Los derechos laborales, el estado del bienestar, el avance de los derechos de las mujeres o la ampliación de los derechos de ciudadanía también han requerido historias compartidas. Historias capaces de cuestionar lo que parecía natural y abrir la puerta a otras formas de organizar la vida colectiva. Ninguna transformación profunda nace únicamente de la evidencia. También necesita una historia que la haga imaginable.

Ninguna transformación profunda nace únicamente de la evidencia. También necesita una historia que la haga imaginable

Quizá el problema sea que hoy tenemos y gestionamos más información que nunca, pero a veces nos cuesta más construir historias compartidas. Vivimos en una sociedad fragmentada. Y esta fragmentación también afecta la forma en que interpretamos el mundo. Hay muchas voces, muchas experiencias y muchos discursos, pero es difícil encontrar marcos comunes que nos ayuden a entender lo que nos está ocurriendo como comunidad.

El sector social tampoco es ajeno a esta realidad. De hecho, es uno de los principales productores de historias sobre desigualdades. Cada proyecto, cada informe, cada campaña y cada informe explica una determinada forma de entender los problemas sociales. Tendemos a pensar que nuestro trabajo es intervenir sobre la realidad, pero también la explicamos. Y la forma en que la explicamos acaba teniendo consecuencias. Aquí es donde surgen algunas preguntas incómodas. ¿Hasta qué punto hemos adaptado nuestro lenguaje a las demandas de la gestión, los sistemas financieros o los marcos administrativos? ¿Hasta qué punto hemos dejado de hablar de desigualdad, conflicto, redistribución o derechos para sentirnos más cómodos hablando de procesos, itinerarios o competencias?

No se trata de rechazar estos conceptos, ya que forman parte de nuestro trabajo. Pero cuando las palabras cambian, lo que podemos ver a menudo también cambia. Y a veces la aparente neutralidad oculta una postura muy específica.

Hemos desarrollado cierta fascinación por las historias inspiradoras. Y es normal que así sea. Necesitamos ejemplos que emocionen, que conecten y que pongan rostro a los datos para explicar que las cosas pueden salir bien. Pero es importante no perder de vista algunos riesgos.

Cuando convertimos los procesos de inclusión en historias individuales de superación, podemos acabar transmitiendo la idea de que todo depende exclusivamente del esfuerzo personal. Como si las barreras estructurales fueran un elemento secundario y las excepciones explicaran la norma.

Las historias que inspiran son necesarias, pero también las que nos incomodan. Las que nos obligan a hacer preguntas. Las que nos recuerdan que detrás de muchas trayectorias individuales hay problemas colectivos que permanecen sin resolver.

Quizá uno de los grandes retos de nuestro tiempo sea precisamente recuperar las narrativas comunitarias. Historias que nos ayuden a entender que los problemas sociales no son fracasos personales. Que nos recuerden que la pobreza, la precariedad residencial o la soledad no son experiencias exclusivamente individuales, sino cuestiones que desafían a la sociedad en su conjunto. En un contexto marcado por el individualismo, necesitamos devolver la interdependencia al centro. Debemos recordar una prueba sencilla: las personas no viven solas y los problemas sociales no se construyen solos.

Quizá uno de los grandes retos de nuestro tiempo sea precisamente recuperar las narrativas comunitarias. Historias que nos ayuden a entender que los problemas sociales no son fracasos personales

Las narrativas para el cambio social no deberían servir para inventar la realidad ni para hacerla más amable de lo que es. Su función es diferente. Deben ayudarnos a ver lo que tiende a estar fuera de foco, cuestionando lo que con demasiada frecuencia aceptamos como inevitable. Y deben abrir espacios para imaginar alternativas. Porque las sociedades no cambian solo cuando acumulan evidencia.

Cambian cuando algunas explicaciones dejan de ser convincentes, cuando lo que parecía natural empieza a ser cuestionado y cuando aparecen nuevas formas de interpretar la realidad y, a partir de ahí, nuevas posibilidades de acción. Es en este punto cuando las narrativas se convierten en una herramienta de transformación.

Y quizá la pregunta que deberíamos hacernos no sea qué narrativas necesitamos para impulsar el cambio social, sino qué narrativas siguen impidiéndonos imaginarlo.

cambio social interdependencia narrativas
Joan Segarra
Joan Segarra

Pedagog. Consultor social expert en economia social, tercer sector i educació. Col·labora com a docent a diferents escoles i universitats. Articulista i analista. Coordinador i coautor del llibre Una mirada al Tercer Sector Social.

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