La convocatoria anticipada de elecciones y, en consecuencia, la carencia de actualización presupuestaria puede merecer diversas valoraciones, según la perspectiva adoptada.
Aparentemente, la capacidad negociadora de las fuerzas políticas parlamentarias ha sido insuficiente para asumir un acuerdo que nadie niega necesario para afrontar los problemas que tenemos delante. Está claro que también podría tratarse de la coincidencia de estrategias partidistas, quién sabe si reales o sólo para faronear y llevar al límite la discusión.
Hasta aquí poco que decir, con independencia (valga la redundancia) de las repercusiones que esta decisión del gobierno de la Generalitat ha tenido sobre la evolución de los presupuestos estatales.
Pero, si lo miramos desde la óptica de la sanidad, la noticia acentúa las inquietudes que sufre buena parte de la sociedad catalana y la mayoría de los profesionales y trabajadores del sector. Porque las insuficiencias y las limitaciones, particularmente en lo que se refiere a la accesibilidad de la ciudadanía, no han dejado de crecer.
Hace pocos días precisamente dos consejeros del gobierno –el de universidades e investigación y el de sanidad– han reconocido públicamente que la situación actual es preocupante, aunque no sea –al menos para ellos– dramática. Una calificación que tal vez sí asumiría la ciudadanía o, al menos que es suficientemente crítica o peligrosa.
Si analizamos objetivamente la evolución de los servicios públicos de sanidad o educación, no hay motivos para la satisfacción. Sin ir más lejos los resultados del último informe PISA, que ciertamente han sido malos para toda Europa –quién sabe si como consecuencia indeseable de las restricciones escolares de todas partes– siguen siendo pésimos para nosotros. Y, en el caso del sistema sanitario, los datos disponibles son también malos, en términos absolutos y también si los comparamos con las demás autonomías españolas, destacando –como ya mencionábamos– los de accesibilidad.
Unas deficiencias que en un contexto internacional en el que las propuestas neoliberales, o mejor dicho, reaccionarias, dado que son ajenas al liberalismo primigenio, sólo hacen que aumentar, de modo que las bases de los estados del bienestar desarrollados en Europa después de la Segunda Guerra Mundial están sometidas a una erosión consuntiva.
Estas breves consideraciones nos hacen temer que la citada calificación de la situación por parte de los consejeros citados se queda corta, y que incluso el adjetivo dramático sea quizá demasiado optimista.
El hecho es que, al menos desde hoy y hasta de aquí un año, no se podrán mejorar los recursos destinados a los servicios sanitarios, educativos y sociales para una ciudadanía que contempla cómo las prioridades políticas no se centran, ni de lejos, en la mejora de su bienestar y calidad de vida.

