El autoritarismo ha sido una constante en la civilización. Mucho más duradero y extendido que las formas democráticas: sólo el 30% de la población del mundo vive en regímenes de libertad. Incluso allá donde estos han florecido, el fantasma de la dictadura los ha sobrevolado de manera cíclica, encarnándose en nuevas formas de autocracia.
Cuando los estudiantes parisinos del mayo del 68 alentaban la revolución, el psicoanalista Jacques Lacan los escuchó y les recordó, para no caer en la ingenuidad liberadora, que revolución es también un movimiento de rotación que te devuelve al mismo lugar (él prefería hablar de subversión). Les advirtió del riesgo de buscar un amo porque terminarían encontrándolo. El destino autoritario de muchas de las iniciativas revolucionarias de aquellos años indica que su tesis no iba muy desencaminada. Eso no le impidió firmar una carta en Le Monde impulsada por intelectuales combativos del momento (Sartre, Blanchot) y suspender su seminario, apoyando la contestación y haciendo un llamado a la no rendición.
En los momentos de la historia marcados por la incertidumbre y la precariedad de amplios sectores de la población, resurge el anhelo de un líder protector sostenido por un régimen dictatorial. Freud analizó en “Psicología de las masas” la figura del líder en el ascenso de estas formas de autocracia extrema (nazismo, fascismo, estalinismo) que contaron con el apoyo de muchos ciudadanos temerosos. Bajo la promesa del orden, el caudillo aseguraba a cada uno de los que se sentían huérfanos e indignados un lugar bajo el sol, un rol social digno en una patria grande y libre de las amenazas extranjeras.
Los conservadores, animados por ese sueño húmedo, hallan en ocasiones un aliado en la izquierda que les ayuda con su pasión suicida. Las fuerzas progresistas, rehenes de las pequeñas diferencias -ese narcisismo que los ocupa a veces con intensidad-, devienen impotentes y estériles ante el tsunami reaccionario. Quizás, porque la pasión de orden tampoco es ajena a algunos sectores de la izquierda puritana y normativista, cuya estética moralizante se presenta como políticamente correcta y pasa por encima de otras preocupaciones más prosaicas.
Trump, de nuevo presidente de los EEUU, ha tenido la astucia suficiente para leer su tiempo y -con el apoyo de las élites siempre bien guiadas por sus intereses- no ha dudado en utilizar todos los recursos del lenguaje y de la marrullería política viralizados por las redes sociales: discursos simplistas, mentiras sin pudor, insultos generalizados. Toda una fábrica de emociones y de odio al servicio de su proyecto. Pero nada de lo que propone iría muy lejos si no fuera precedido de un descontento colectivo amplio. Malestar que lo invoca como salvador (él dice que ungido por Dios) para revertir su percepción de decadencia. Varones blancos nostálgicos del patriarcado, tal como lo conocieron (68%). Inmigrantes asentados que se asustan ante la llegada de otros (46%), afroamericanos reacios a votar a una de las suyas (21%) y no pocas mujeres (60% blancas y el 44% de las madres).
El autoritarismo de Trump no se mide por sus creencias ideológicas, tan fluidas como la época, sino por el empuje de su goce. Expuesto a cielo abierto y con pingües beneficios: no en vano, elidirá sus numerosas condenas. La obscenidad es aquello que debería quedar fuera de la escena, pero su puesta en acto hoy es un activo que encuentra eco en muchos votantes, que legitiman de esta manera sus propias pasiones misóginas, de odio e ignorancia. Prefieren no saber de su particular fragilidad, protegiéndose al amparo de un amo que los engaña como ellos quieren ser engañados. Un amo que los defiende de sus fantasmas y temores.
¿El futuro y sus consecuencias: xenofobia, crisis climática, misoginia, polarización, precariedad social y desamparo? No parece que ahora eso le importe a los que ceden a sus ensoñaciones de un Mago ilusionista que, en un visto y no visto, fingirá sacar el conejo de la chistera.

