Juan José Montijano es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Granada, especialista en teatro de humor contemporáneo, miembro de la Asociación Andaluza de Dramaturgos, Investigadores y Críticos Teatrales, de la Asociación Internacional de Teatro Siglo XXI y académico numerario de la Academia de las Artes Escénicas de España. En noviembre de 2024, Diábolo Ediciones publica su libro Gracias por venir. La revista musical en el cine y la televisión, dedicado a analizar las películas, programas de televisión y documentales sobre el teatro frívolo español, en concreto, la revista musical. El libro se divide en cinco capítulos, el primero dedicado al mundo de la revista a través del cine español, el segundo a las películas que reflejan el mundo de la revista, el tercero a las películas basadas en libretos de revistas, el cuarto a la revista vista a través de la televisión en España, y el quinto y último dedicado a las películas documentales sobre la revista.
En 2009 presentaste una tesis doctoral que, hasta la fecha es el primer y único trabajo de investigación sobre la revista musical española, donde marcas el año 1864 como el inicio de un género genuino español como es la revista, un concepto que ha ido evolucionando desde entonces.
Efectivamente, es un concepto muy amplio que hay que delimitar para comprender su evolución. Su origen lo datamos a mediados del siglo XIX, en concreto, gracias a una idea del escritor sevillano José María Gutiérrez de Alba (1822-1897), inspirado en diferentes experiencias de representaciones a las que había asistido en un viaje a París. En concreto le sorprendió una pequeña obra en la que los actores encarnaban, literalmente, aspectos como el pecado, el amor, la muerte, etc., con gran acogida por parte del público. Pensó que algo así se podría hacer en España, teniendo en cuenta que el teatro musical estaba copado en aquel momento por la ópera y la zarzuela, ésta en sus dos variantes, la zarzuela grande y la zarzuela chica. El género chico engloba el teatro por horas, que se caracterizaba por obras de corta duración que permitía una mayor rotación del público, multiplicando las ganancias, y que favorecía la proliferación de nuevas obras y autores que veían una oportunidad de poder ganarse la vida con este tipo de libretos.
Dentro del género chico se enmarca, entre otros, el nuevo tipo de obra que quiso impulsar Gutiérrez de Alba, en concreto con su libreto 1864-1865 (1864), que se estrenó un año después, bajo la etiqueta de «revista cómico-lírica» propuesta por el mismo autor, que emulaba la expresión militar de «pasar revista a las tropas» que significa, coloquialmente, la inspección de la autoridad de las personas que están bajo su mando. Y eso es lo que hace el autor en su obra, pasar revista a la sociedad del momento, con actores y actrices que representaban a la prensa, a los políticos, a la lotería, a los chulos o a las lavanderas, entre otros. Yo tengo la suerte de tener el libreto original manuscrito del autor de esta considerada primera obra de la revista musical.

Este sería el detonante del género, pero se irá transformando a lo largo de los siguientes años.
Esa primera época, que llega hasta principios del siglo XX, se caracteriza por un estilo que denomino «blanco», dedicado a la crítica mordaz de la sociedad del momento, donde destaca, especialmente, la obra La Gran Vía (1886) del maestro Federico Chueca (1846-1908). Antes, hay que recordar que en la obra El joven Telémaco (1866), con libreto de Eusebio Blasco (1844-1903) y composición de José Rogel (1829-1901), aparece, por primera vez, un coro íntegramente femenino, ligerito de ropa, y se bautizó como suripantas (recuperando una expresión extraída de uno de sus números musicales) a todos los coros similares en las siguientes décadas.
A inicios del siglo XX, el público empieza a cansarse de las temáticas sociales y, especialmente, de las políticas. La revista se ha burlado desde siempre de los políticos, es liberal desde su concepción y ataca por igual a todos los estamentos. Y, de nuevo, la influencia francesa provoca una nueva revolución, en especial con la llegada de lo que se conoce como couplets, unos pequeños números musicales que incorporaban unas coplillas con tintes graciosos y rítmicos, donde las cantantes empezaban ya a coquetear con el público. Este nuevo recurso se empieza a incorporar en los libretos, desde principios del siglo XX y con más intensidad a partir de la década de los años veinte, y es ahí cuando la revista se caracteriza por sus elementos veleidosos y ligeros.

En esa época hay una obra fundamental que supondría un antes y un después en el género de la revista, con un cambio de tendencia radical.
En Madrid se estrenaba la obra La corte de Faraón (1910), con libreto de Guillermo Perrín (1857-1923) y Miguel de Palacios (1858-1920) y música de Vicente Lleó (1870-1922), una opereta bíblica que introduce elementos chabacanos y soeces, unas características que crearían tendencia prácticamente hasta la Guerra Civil, y que constituye el inicio del estilo «frívolo» que ha caracterizado al género desde entonces. Estos cambios notables en el fondo y en la forma, se retroalimentan, después de la Primera Guerra Mundial, de ritmos musicales modernos, como el blues, el jazz, el jazz band, el charlestón y otros, con la obra Las castigadoras (1927), con música del maestro Francisco Alonso (1887-1948), como máximo exponente de esta época. Esta obra marcaría la clave del éxito al considerar a la mujer como protagonista absoluta de la obra. Todos los libretos desde entonces estarán protagonizados por mujeres, a excepción de unos pocos, emulando el origen francés de la palabra vedette, que hace referencia al artista principal en un espectáculo de variedades, independientemente de si es un hombre o una mujer.
En esta época es cuando considero al género de la revista como un supragénero, puesto que se retroalimenta del género chico español, de la zarzuela, del vodevil francés, del cabaret, del music hall, del café cantante, de las cupletistas, etc., incorporando ideas, personajes, números musicales y escenografía de todos ellos, aportando a lo largo del tiempo distintos elementos. En Barcelona, en concreto, se representaban unas obras más europeizadas, donde los distintos sketchs podían tener o no relación entre sí, como lo que se hacía en El Molino (1898-), por ejemplo, formando un rico caleidoscopio temático, que influyó también en el resto del país. Las obras no son ajenas a los momentos convulsos de la época, con títulos en los años treinta como Las gatas republicanas (1931) o Las leandras (1931), por ejemplo.

Las leandras, con música de Francisco Alonso, es una de las revistas que más representaciones ha tenido en el país, vetada inicialmente por el régimen franquista.
La obra es, en realidad, una burla a la Orden de San Leandro, es decir, con la iglesia hemos topado, estrenada el 12 de noviembre de 1931 en plena Segunda República. También tiene un doble juego de palabras, al darle un sentido también monetario. En la obra, se confunde una casa de citas con el montaje de una compañía de revista, por lo que las actrices son confundidas con unas prostitutas, provocando el consiguiente enredo. Un argumento muy liberal y típico de la época, donde el elemento verde estaba a la orden del día.
Celia Gámez (1905-1992), nacida en Buenos Aires pero de ascendencia española, es una de las máximas exponentes del género en esa década, adaptando operetas que habían triunfado fuera del país, como El baile del Savoy estrenada en 1934, donde mostró por primera vez en España unas medias de cristal que se vieron en un escenario, un recurso largamente utilizado posteriormente en infinidad de representaciones. Gámez fue todo un hito de la revista musical y en el teatro español durante el siglo XX. Fue una de las primeras empresarias teatrales y una de las primeras mujeres travestidas como hombre cantando tangos. Aunque muchos recuerdan la leyenda de que fuera amante de Alfonso XIII (1886-1941) o del general José Millán-Astray (1879-1954), que llegó a ser el padrino de su boda en 1944.

En cualquier caso, es una relación que durante años asoció el franquismo al género, o al género que en realidad sobrevivió, un sector duramente castigado por la censura.
Es una conexión muy limitada en realidad, a pesar de que la prensa insistió durante décadas sobre esa posible relación sin que se hubiera confirmado jamás por parte de los protagonistas ni personas cercanas a ellos. Es conocido que Celia fue muy amiga de Manuel Azaña (1880-1940), Presidente de la Segunda República, por ejemplo. Celia Gámez fue una auténtica mujer feminista, como lo fueron Lina Morgan, Queta Claver, Virginia de Matos o Concha Velasco, todas ellas mujeres emprendedoras que en solitario dieron trabajo a muchas personas.
Una vez que las tropas franquistas alcancen el poder, la censura va a mermar muchísimo la gracia de los libretos. Aunque los autores tendrán que ser ingeniosos para continuar siendo críticos, sin que les prohíben u obliguen a cambiar el texto. La época dorada del género coincide con las décadas de los años cuarenta y cincuenta, con decenas de compañías por todo el país, y con la presencia de la bombilla roja en las salas de teatro, que se convirtió en un elemento transcendental: cuando se encendía avisaba a los actores de la presencia del censor y de la autoridad en la sala, lo que les hacía alterar los números o bajar las faldas, entre otras acciones. Los censores eran políticos y eclesiásticos. Algunos películas que aparecen en el libro reflejan muy bien aquella época y aquellas vicisitudes, como por ejemplo Varietés (1971), con guion y dirección de Juan Antonio Bardem, Dos chicas de revista (1972), con guion y dirección de Mariano Ozores, o Las alegres chicas de Colsada (1984), dirigida por Rafael Gil.

Los espectáculos de revista se convierten en la postguerra en una vía de escape para olvidar la miseria y hambruna reinante, con precios muy populares y con una cierta complicidad con los espectadores.
Por ejemplo, la obra ¡Cinco minutos nada menos! (1944), con libreto del prolífico José Muñoz Román (1903-1968), llegó a realizar más de dos mil representaciones seguidas llenando el teatro en Madrid, un éxito atronador para la época. Precisamente, en los años sesenta fallecen algunos compositores clásicos, sin unos claros sucesores, por lo que se empieza a reestrenar obras clásicas, adaptándolas en mayor o menor medida a la actualidad. En esa época llega la televisión a los hogares y las salas de cine se convierten en un lugar muy atractivo por todas las películas que se estrenan, con su impacto negativo en la asistencia al teatro en general y a las obras de revista en particular.
La evolución de la revista en la década de los setenta se abre para mal, a mi entender, prevaleciendo los elementos soeces, chabacanos, eróticos y sexuales, con una profusión de combinaciones de hombres bajitos y no agraciados al lado de mujeres hermosas y altas, con tantos nombres de actores y actrices inolvidables. Desgraciadamente, para una generación de nuestro país la revista que se recuerda es precisamente la de esta época, salpicada por el destape, especialmente en teatros ambulantes. También es importante en la década de los ochenta el impacto de la televisión, la popularización del vídeo doméstico, etc. Destaca la serie La comedia musical española (1985), dirigida por Fernando García de la Vega, donde se recuperaron algunos de los títulos más emblemáticos en la historia de la revista musical, recuperando a autores e intérpretes.

Precisamente, García de la Vega firma un entrañable prólogo en tu libro, un profesional que durante más de cincuenta años trabajó en Televisión Española como creador de formatos, guionista, director y productor de todo tipo de programas, incluidos esos doce episodios de la serie La comedia musical española.
Fernando ha sido muy amable de escribir el prólogo del libro a sus a noventa y tres años, y de regalarme los guiones originales de la serie y los numerosos libretos que atesoró a lo largo de su vida. Hay que recordar que la televisión fue un generador de caras populares que servían de reclamo después en el teatro para atraer al público. También en las películas de cine. Aunque continúa habiendo muchas reposiciones, con vedettes de la talla de Norma Duval, Mª José Cantudo o Mª José Nieto, entre otras. Y hay que recordar también el programa de entretenimiento en televisión titulado La Revista (1995), dirigido por José Luis Moreno, un programa muy discutible y discutido, pero con una gran contribución en la popularización de la revista, con veintiocho programas y dos recopilatorios. No hay que olvidar que nuestro auténtico y genuino teatro musical es la zarzuela y la revista, y que no tiene nada que ver en directo el espectáculo con la orquestación y la majestuosidad del escenario que verlo en televisión, con libretos producto de su tiempo, por lo que es importante contextualizarlo a su época en cada caso.
En el libro recuperas también el documental El alegre paralelo (1964), con guion y dirección del periodista y crítico Enrique Ripoll i Freixes (1928-1992), donde además de alertar de la degradación del barrio y la amenaza de desaparición, representa una visión sociológica muy interesante de la forma que teníamos de entretenernos.
Hay que tener en cuenta que la historia del espectáculo en España no se entiende sin Barcelona. Por Barcelona han entrado los grandes artistas, los grandes intérpretes, los grandes movimientos culturales y artísticos, que luego se han ido adaptando a la idiosincrasia del territorio. Lamento que no haya sabido conservar ni los locales ni los espectáculos, ni siquiera mantener un liderazgo que compartía con otras grandes ciudades europeas a lo largo del siglo XX. La revista musical es un buen ejemplo, puesto que entró en España a través de Barcelona.
La revista es un género de géneros que nació a mitad del siglo XIX, que considero que no es para nada machista, al contrario, pienso que ha estado al servicio del lucimiento de la mujer. Otra cosa es como los empresarios hayan querido vender esas obras, enfatizando a la mujer como objeto de deseo, etc. En la revista musical la mujer siempre ha tenido un papel preponderante, y ha sido por definición antifascista por excelencia, superando todo tipo de vicisitudes con los cambios políticos de la sociedad en los últimos ciento cincuenta años en el país.
El ensayo publicado por el Dr. Juan José Montijano, Gracias por venir. La revista musical en el cine y la televisión (2024), publicado por Diábolo Ediciones, es una muestra de su contribución en el estudio y divulgación de la cultura popular, en especial sobre el teatro frívolo, que se suma a otros trabajos del mismo ámbito como son sus libros El teatro chino de Manolita Chen (2022), Celia Gámez. La estrella que no quiso apagarse (2024), y Historia de la revista. El teatro de variedades de nuestros padres (2024), publicados por la editorial Almuzara. Un ejemplo más de cómo, en muchas ocasiones, la recuperación de la memoria del patrimonio cultural está en manos privadas y, en muchas casos, gracias a la iniciativa de persones concretas que contribuyen en la conservación, análisis y divulgación de la memoria de la cultura popular.


