Los datos recientes publicados por el Ayuntamiento de Barcelona con motivo de la campaña del Día Internacional de las Mujeres, “Es hora de mirarnos a los ojos y romper con la precariedad”, ponen de manifiesto una realidad preocupante: el 24,2% de las mujeres asalariadas en la ciudad perciben salarios mensuales de 1.000 euros o menos, en comparación con el 21,9% de los hombres. Esta precariedad se ve agravada por la contratación parcial, la precariedad de los sectores tradicionalmente feminizados, como el de la limpieza y los cuidados, y la influencia de factores como la edad, el origen y la situación legal.
Con estos datos, no es extraño la constatación del “Barómetro sobre la feminización de la pobreza en Barcelona” que afirma que un 55% de las mujeres no pueden cubrir las necesidades básicas con su salario. Si además hablamos de los indecentes precios de los alquileres y del aumento de los precios de la cesta básica, la realidad que encontramos es ciertamente alarmante.
Desde la Fundación SURT, que trabajamos para el empoderamiento y la inserción laboral de las mujeres en situación de vulnerabilidad, observamos cómo esta precariedad laboral tiene consecuencias devastadoras en la vida de las mujeres que atendemos, quienes se encuentran en situaciones de gran necesidad y a menudo con problemas de salud mental no resueltos. Esta combinación de factores dificulta enormemente su inserción laboral y hace necesaria una atención integral en todas las esferas vitales con una mirada interseccional.
Por otro lado, si hablamos de cronificación de la pobreza y precariedad, no podemos cerrar los ojos ante una realidad que nos golpea de forma brutal cuando hablamos de las mujeres en situación administrativa irregular. En SURT atendemos un porcentaje elevado de mujeres que necesitan regularizar su situación para poder acceder a un trabajo. Muy a menudo, estas mujeres encuentran empleo en el sector de los cuidados sin contrato y en condiciones de extrema precariedad que suponen estar especialmente expuestas a sufrir situaciones de violencia en el lugar de trabajo. Además, se enfrentan a una violencia institucional que les impide ejercer y proteger sus derechos básicos.
Para abordar esta situación, es imprescindible implementar programas específicos para atender a las mujeres de una manera integral que ponga el foco en la mejora de su empleabilidad e inserción en el mercado laboral, a la vez que acompañe a las mujeres en otros aspectos más psicoemocionales, rompa sus miedos y refuerce su autoestima para sentirse fuertes y capaces de afrontar procesos complejos y entornos de trabajo exigentes y poco, o nada, facilitadores con sus necesidades de conciliación y cuidados.
En la Fundación SURT nos sumamos a la campaña del 8M para romper con la precariedad y transformar el mercado laboral, porque sin estos cambios la cronificación de la pobreza es un pozo cada vez más profundo del que no se puede salir y en el que las mujeres seguimos siendo las más perjudicadas, con un riesgo de pobreza del 40,5% frente al 29,4% de los hombres.
Este 8M, y cada día, reivindicamos que las mujeres tengan las mismas oportunidades y condiciones laborales, siempre poniendo la vida en el centro para construir espacios seguros e inclusivos, respetuosos con la diversidad y con las necesidades de cuidado, y en los que todas las personas puedan realizar su trabajo en condiciones dignas. Y por eso, no podemos olvidar también el trabajo esencial que, de forma paralela, se debe realizar con el tejido económico y empresarial, para impulsar políticas internas en las empresas, introducir medidas para facilitar la igualdad de género y romper con las barreras que aún hoy continúan dificultando que las mujeres puedan acceder a determinados puestos de trabajo.
Con este objetivo, las entidades feministas como SURT luchamos por el empoderamiento económico de las mujeres, por alcanzar inserciones en condiciones dignas, por reivindicar que los cuidados sostienen la vida y que para ello debemos valorarlos y ponerlos en el centro, transformando profundamente el sistema. Creemos que debemos hacer mucho trabajo y que aún queda mucho por hacer y que no podemos hacerlo solas, hace falta la voluntad política y la creación de un ecosistema de empresas feministas que impulsen cambios, empresas comprometidas en abrir sus puertas a las mujeres en situación de vulnerabilidad en sectores tradicionalmente masculinizados, que acompañen con una sensibilización interna de los equipos y que incorporen medidas de conciliación reales para avanzar en la corresponsabilidad en los cuidados entre hombres y mujeres.
La lucha contra la precariedad laboral de las mujeres es una cuestión de justicia social que requiere el compromiso de toda la sociedad, al igual que la lucha contra las violencias económicas, racistas y machistas que siguen presentes en nuestras vidas.

