Las leyes de la ecología, como las de la termodinámica, son impecables. Hay una que afirma que en cualquier ecosistema los recursos son siempre limitados, por mucho que puedan parecer importantes a primera vista. Es decir, en una charca o en una pradera, la cantidad de biomasa que se puede generar no es infinita. Si hablamos de los productores primarios, depende de los nutrientes: una vez agotados el nitrógeno y el fósforo disponibles, la cadena se detiene. Y en el caso de los que se alimentan de la hierba producida, es evidente que la cantidad de bisontes o cebras que pueden pastar tampoco es infinita.
Otro ejemplo bastante ilustrativo: la capacidad de carga de un ecosistema también es limitada. El número de inmersiones permitidas en las islas Medas para ver corales o grandes meros y de visitas al Parrissal de los Puertos de Beceit depende de la capacidad de carga, es decir, de cuánto impacto puede asumir el ecosistema para no llegar a deteriorar sus valores. No siempre se actúa bajo este principio de precaución, y a menudo predomina la voluntad de negocio de las administraciones más que la conservación del medio ambiente.
Sea como sea, es evidente que en un mundo finito como el nuestro, nada es infinito, ni en términos de masa ni tampoco de energía.
A raíz del llamamiento europeo a un rearme urgente de todos los países, hasta alcanzar un 3% del PIB en gasto militar, creo que es muy adecuado citar esta ley de la ecología como introducción a la reflexión que quiero hacer. En primer lugar, considero que el gasto militar es sin duda uno de los más absurdos de todos los que hacemos: consiste en disponer de muchas armas y soldados con el deseo de no tener que usarlos nunca. Sería como construir autopistas y centrales de generación eléctrica con la esperanza de que en ningún momento circulen coches o no se produzca ni un kilovatio de energía.
Ninguno de los gobiernos que ahora rearmarán sus países se declarará, sin duda, belicista; al contrario, todos manifestarán su compromiso con la paz. Se refugiarán detrás de la frase “Si vis pacem, para bellum” (es decir, “si quieres la paz, prepárate para la guerra”) y dirán que todo esto es algo preventivo, con finalidad disuasoria. Ahora toca gastar mucho dinero para asustar al enemigo. Pero, ¿quién es realmente el enemigo? ¿Los EE. UU. de Trump? ¿La Rusia de Putin? ¿La China de Xi Jinping? Creo que la identificación del enemigo debería ser un primer paso para decidir qué compramos y a quién. Tampoco estoy muy seguro de que España, con tres fragatas y cinco submarinos más o algunos aviones y tanques adicionales, pueda producir mucho miedo a cualquier hipotético enemigo para que cambie de idea ante una maldad que tenga pensada en relación con nosotros.
Esta situación de riesgo, real o simulado, me hace pensar en Jean Jaurès, socialista francés y pacifista, que fue asesinado en julio de 1914, a pocos días del inicio de lo que fue la Primera Guerra Mundial, después de meses de sonar tambores de guerra, lamentablemente similares a los que ahora escuchamos. Todos, los de un bando y del otro, estaban entusiasmados en defender la patria y convencidos de que la razón solo era suya. Después, años y años de sufrimiento y muerte en trincheras inhumanas llevaron a un triunfo de unos sobre otros, que fue el preludio de una guerra aún peor.
Difícilmente el camino hacia la paz puede pasar por el belicismo. Pero ahora la Unión Europea decide destinar 800.000 millones de euros a comprar armas, que se suman a otros compromisos anteriores: 1.210.900 millones para el Plan de Recuperación tras la pandemia (mayoritariamente destinados a la transición energética y transformación digital), 45.000 millones para la fabricación de chips, etc. Dado que los recursos no son infinitos, necesariamente otras políticas sufrirán restricciones, y me temo que serán las de tipo social o de lucha contra el cambio climático (enemigo cierto y perfectamente identificado). Sé que la seguridad también es un factor fundamental para el bienestar social y económico, pero el único camino no es el belicista. La falta de recursos se pretende resolver mediante el endeudamiento, que es una verdadera losa para las generaciones futuras. Incluso será posible superar el límite de déficit fiscal del 3% del PIB, siempre que ese dinero se destine a la compra de armamento.
En muy poco tiempo ha cambiado por completo el paradigma de nuestra sociedad: de trabajar por la paz hemos pasado a prepararnos para la guerra, dispuestos a invertir cantidades gigantescas de recursos en chatarra que debemos desear que sea absolutamente inútil. Estamos en un punto inimaginable cuando se dio por terminada la Guerra Fría. Ojalá todo esto sea solo un susto.

