En 1930, el economista John Maynard Keynes predijo que para 2030 la jornada laboral sería de unas 15 horas semanales, habida cuenta del progreso técnico imparable que se estaba y se seguiría produciendo.
En lo relativo al progreso técnico, no pudo estar más acertado Keynes. En los últimos cien años la productividad por trabajador se ha disparado gracias a los avances científico-técnicos e industriales que han permitido la maquinización y el empleo de infinidad de herramientas que eran inimaginables hasta no hace mucho (ordenadores, algoritmos, IA, robótica, nanotecnología varia, etc.). Sin embargo, la jornada laboral sigue estancada en la mayor parte del mundo occidental desde hace muchas décadas.
Así las cosas, si la jornada laboral sigue estancada y la productividad se ha disparado, significa, simple y llanamente, que se produce mucho más hoy que hace cien años. Hay quién entiende que el mantenimiento de la jornada es algo que está bien y es algo lógico: sí, seguimos trabajando las mismas horas, pero para poder vivir mucho mejor (véase, para adquirir muchos más y mejores productos, bienes y servicios). Obviamente, es innegable que en términos medios se consume mucho más ahora que hace cien años. No obstante, hay otra variable que tampoco se puede desconsiderar: se produce mucho más y se consume mucho más, parece que los salarios dan para un poco más que entonces pero… ¿Para cuanto más? Es decir, ¿ha repercutido toda o buena parte de la nueva productividad en los trabajadores? Desde luego, solo hace falta ver las principales fortunas del mundo de hoy y compararlas con las de hace cien años (ajustándose a la inflación) para darse cuenta de que, efectivamente, los ricos son también más ricos hoy en día que antaño.
En cualquier caso, e incluso yendo más allá de a quién repercute más el incremento de la productividad, lo que sí que parece incontrovertible es que no se ha priorizado el tiempo libre de trabajo, que no es sino tiempo de vida por excelencia, como un bien que merecía la pena atesorar e incrementar significativamente. ¿Para qué reducir la jornada laboral si puedo comprarme ahora una Airfryer?
Ahora, en 2025, España se encamina a una reducción efectiva de su jornada laboral. De 40 a 37,5 horas semanales. Teniendo en cuenta que muchos convenios ya contemplaban esta jornada como base y que hace apenas cien años las luchas eran por ganar un mes de vacaciones remuneradas o por pasar de trabajar 10 o 12 horas diarias a 8… Pues quizás sepa a poco lo que se ha logrado. No obstante, se ha tenido que sudar para conseguir este hito. La patronal, por supuesto, auguraba el apocalipsis empresarial por el sobrecoste que significaría a la pequeña y mediana empresa esta reducción de jornada (un nuevo apocalipsis, después de los acaecidos ya por las múltiples subidas del salario mínimo interprofesional). Y algunos partidos políticos que han facilitado la investidura de este gobierno han decidido votar en contra… Sí, por supuesto, hablo de Junts.
Tanto nos hemos acostumbrado a que la productividad aumente sin que repercuta en una reducción de jornada, tanto tiempo ha pasado desde la última vez que se luchaba por proseguir en la conquista del tiempo que… Sí, ahora una reducción de 2,5 horas semanales (media hora al día) parece el fin del mundo. Pero no lo es. No debería ni puede serlo. Y que quede bien claro que aunque cualquier conquista social/laboral debería celebrarse, no deberíamos conformarnos: esto es poco, y se debe ir a por más. El tiempo es probablemente la gran conquista laboral que nos quedó pendiente para este siglo XXI y ya es hora de ponerse a ello, porque más allá de los manidos tópicos de que debemos trabajar para vivir y no vivir para trabajar, tenemos que comprender que el tiempo es un bien de primera necesidad del que disponer no para desconectar del trabajo, sino para contemplar que trabajar es apenas una función en el mosaico de una vida que está llena de instantes; y no queremos recordarnos despachando a nuestros clientes o atendiendo comandas.


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