Si hay algo que se puede aprender de las identidades comunitarias y/o nacionales que no están respaldadas o correspondidas fielmente por un Estado es que uno no puede ampararse en los formalismos de la documentación para sostener dicha identidad. Esto se traduce en que, en nuestro caso específico, ser catalán no se fundamenta en un pasaporte y parece difuso e insuficiente acotar la catalanidad exclusivamente al lugar de nacimiento. Tal vez por este motivo, en quizás uno de sus momentos de mayor lucidez política, Jordi Pujol dijo aquello de “català és qui viu i treballa a Catalunya”. Es decir, la catalanidad se ejerce, la catalanidad es dinámica y no se circunscribe tanto al lugar de origen como a la vertebración en el territorio y en la comunidad.
En este sentido, Lamine Yamal es catalán no solo por ser Cataluña su lugar de nacimiento sino porque, siguiendo las directrices pujolescas, vive y trabaja en Cataluña. Al fin y al cabo, salvo aquellos que mirarán con recelo siempre a aquél que no tenga ocho apellidos catalanes (véase la propia Marta Ferrusola), nadie cuestionaría la catalanidad no solo de Lamine Yamal, sino de su familia, que llegó aquí a trabajar y a vivir. En este sentido, podemos suponer que la inmensa mayoría ve en la familia de Lamine Yamal un ejemplo de integración y, acorde a ello, les reconocerán su plena catalanidad.
No obstante, cabe cierta cautela ante esta forma de validación. Ante un discurso que puede ser muy bienintencionado y con un talante supuestamente progresista cabe advertir algunos riesgos y prejuicios sutiles.
Lamine Yamal es, en sentido estricto, excepcional. Lo es en la medida en la que es una estrella deportiva de alto nivel y eso es algo que, por definición, está al alcance de muy pocas personas, igual que sucede en muchas otras disciplinas y campos. Es decir, no va a haber muchos Lamine Yamal, igual que no puede haber muchos Messi, Pedro Duque, Rosalía, etc. En este sentido, Lamine Yamal es un espejo en el que se miran muchos y muchas jóvenes.
Los ejemplos inspiradores siempre pueden suponer una buena motivación, pero cabe cierta cautela a la hora de entender esto como admiración y no como idolatría. Ni se le puede exigir a la estrella perfección y ejemplaridad absoluta en todos los ámbitos por parte del fan, ni tampoco debemos sentirnos mal por no alcanzar ese reflejo en el que nos miramos.
De este modo, no se le puede exigir a nadie que lleve a término una labor tan excepcional como la de Lamine Yamal, igual que no se le debe exigir a cada persona de origen extranjero (o a sus descendientes) que lleve a término una labor tan excepcional para dar muestras claras de que, efectivamente, esa familia está en vías de una buena integración. Pensar de este modo sería asumir que hay que hacer unos méritos especiales para ser dignos de superar el tribunal de la catalanidad (o de la identidad nacional que corresponda, por supuesto). Recordemos, catalán es aquél que vive y trabaja en Cataluña, no solo aquél que es una estrella o alumbra una.
Por otra parte, al respecto de la cuestión migratoria, si señalo en cursiva el término integración es porque detrás de este está otro de esos grandes peligros detrás del discurso bienintencionado. Con frecuencia, se habla de que toda persona migrante es bienvenida siempre y cuando se integre correctamente. ¿Pero qué significa exactamente esa correcta integración? Sería importante detallar la noción de integración, si es que acaso demandamos que esta variable efectivamente se cumpla.
Por supuesto, a todo el mundo, venga de donde venga, se le va a exigir el cumplimiento con la legislación vigente, que siga determinadas normas (en un sentido amplio), que pague sus impuestos, etc. Pero, ¿estamos haciendo referencia solo a eso cuando hablamos de integración o quizás estamos asumiendo algo más? ¿Qué hay detrás de aquél discurso que dice algo así como que cualquier persona migrante es bienvenida pero “tiene que adaptarse a nuestras costumbres”? ¿Qué significa esta adaptación? ¿Debe compartir, sí o sí, nuestra religión? ¿Nuestra dieta? ¿Nuestros gustos musicales? ¿Nuestra visión de la vida o la muerte? La fórmula de la integración en nuestras costumbres se antoja como un tanto indefinida, así que tal vez quepa que se considere como aberrante que a alguien no le gusten las sardanas (lo siento, pero a mí tampoco me entusiasman).
Sin embargo, más allá de los chascarrillos, es innegable que se insiste en esta indefinición. Una indefinición que, de todas formas, se comprende intuitivamente como: siempre voy a detectar que eres diferente, haz méritos para que te acepte.
Pero he aquí lo mollar del asunto: la diferencia no debe ser aceptada o tolerada. La diferencia simplemente se da. Sin más. Hay un sinfín de formas de concretar y entender la catalanidad. ¿Pero existe la excelsa y/o correcta catalanidad? Indagar en eso… Ciertamente, suena a mal negocio.
Así, cuando ensalcemos, con razón, la figura de Lamine Yamal y cuando, al hacerlo, nos demos orgullosos golpes en el pecho por evidenciar la diversidad de Cataluña… Acordémonos de que la catalanidad bien entendida tal vez sea, simple y llanamente, la de quiénes quieren vivir y viven en Cataluña, y la de quiénes trabajan, estudian, aprenden y se relacionan con esta tierra.
https://catalunyaplural.es/es/maria-majo-i-clavel-lamine-yamal-se-ha-sentido-querido-en-rocafonda-y-el-quiere-a-rocafonda-que-reivindique-el-barrio-es-extraordinariamente-bueno/

