Se acerca el verano y las temperaturas de estos días superan las medias históricas de los registros. Hace apenas unos días, Salvador Illa, el presidente, comparecía en rueda de prensa para explicar que podemos dar por finalizado el período excepcional de sequía. Pero cada año que pasa, la situación empeora un poco más, y todos sabemos que, aunque este año podremos utilizar las duchas de la playa, el año que viene no sabemos qué pasará.
El sentido común de época clama por poner el freno de mano a décadas y décadas de consumismo exacerbado, de destrozar el planeta y de hipotecar el futuro de quienes vendrán —hijos e hijas de una tierra cada vez más seca y desigual—. Aunque insuficientes, algunas cosas se van haciendo. Los coches, todavía con demasiada parsimonia, abandonan los núcleos urbanos. El consumo de energías renovables aumenta. Se incentiva con certificados energéticos la reforma interior de edificios, y las campañas gubernamentales nos recuerdan, día sí y día también, la importancia de separar el cartón del plástico y los envases de lo orgánico. Muy importante, dicho sea de paso, teniendo en cuenta que la mayoría de lo que se recicla acaba o bien quemándose en algún vertedero de mala muerte en algún rincón perdido de África, o simplemente flotando en medio del océano Pacífico.
Pero el Aeropuerto… el aeropuerto juega a otra cosa. Gran parte del país, pero sobre todo la mayoría popular, habría aplaudido con las orejas la comparecencia de Salvador Illa si hubiera propuesto un plan estratégico para la mejora integral del servicio de Cercanías. Todo el país celebraría un acuerdo de miles de millones de euros con el gobierno central. Pero las prioridades del gobierno son otras. Las mismas que Foment del Treball y la Cámara de Comercio.
Según datos de la Agencia Europea de Seguridad Aérea, entre los años 2005 y 2019 las emisiones de CO₂ aumentaron un 34%. Los de largo radio —aquellos que Salvador Illa necesita “para que Barcelona sea como Frankfurt o Madrid”— representaron la mitad del total de las emisiones pese a suponer solo el 6% del total de los vuelos. Barcelona será pobre, sucia, desigual y mal comunicada internamente. Pero en el ámbito internacional tendremos una pista bien bonita para que la gente pueda llegar, un poco más rápido, al próximo Mobile World Congress.
Y todo esto sería un disparate para un partido de izquierdas, si no fuera porque, electoralmente, tiene sentido. En la izquierda, Catalunya en Comú atraviesa horas bajas, no tiene ni un liderazgo ni una línea política clara, y difícilmente se atreverán a hacer caer al gobierno. ERC está inmersa en una crisis existencial que, da la impresión, tardará tiempo en resolverse. Y la CUP, ya acostumbrada a ignorar el juego parlamentario, también debe resolver su hoja de ruta sobre qué querrá ser en un futuro donde la cuestión nacional no parece que vaya a entrar en la agenda, y en la cuestión social le ha salido competencia en su espacio con la Organización Socialista de Catalunya.
¿Y en la derecha? Si la estrategia de ampliar el aeropuerto aprovecha el momento de una izquierda que está distraída, todavía saca más rédito en el lado derecho, que prácticamente la hegemoniza. Tanto el PP como VOX están a favor de la ampliación del aeropuerto. Pero también lo está Junts per Catalunya, así como la mayoría de sus votantes.
Con el Procés muerto y enterrado, las motivaciones electorales del sector independentista de derechas del espectro político tiene cada vez más motivos para darle la espalda al partido que lo traicionó al no llevarle a la independencia. Mònica Sales, portavoz del grupo de Junts per Catalunya, ha criticado la decisión de Illa en rueda de prensa… pero no por estar en contra de la ampliación del Aeropuerto, sino por haberlo hecho de manera “unilateral”. Ironías de la vida. Si no hay una movilización ciudadana fuerte que se oponga, ni giros inesperados parlamentarios de última hora, la ampliación del aeropuerto puede ser una jugada maestra de Salvador Illa en beneficio electoral del PSC. Catalunya, ya, si acaso, para más adelante.

