A fecha de hoy nuestros políticos siguen hablando del PIB (Producto Interior Bruto) a la hora de comparar las economías entre países o incluso diagnosticar si hemos mejorado o empeorado nuestra economía con respecto a años anteriores. Aumentar el PIB es crecer más, ya que mide la producción, pero lo que no contempla ni mide la calidad de los servicios, ni una vida larga y saludable, ni la calidad del medio ambiente, ni si la Justicia y la gobernanza mejoran e ignora el cuidado no remunerado.

¿Qué pasaría si pasáramos de una visión del mundo centrada en el PIB a una centrada en el bienestar y los límites planetarios? Este enfoque potenciaría los sistemas de abastecimiento, la equidad, la salud pública, los servicios no remunerados y todo eso se puede medir con el Indicador de Progreso Genuino (IPG), el Índice de Desarrollo Humano (IDH) o índices similares que combinan factores sociales y ambientales. Es decir, la economía ecológica ofrece la oportunidad de hacer la transición y medir su avance a un sistema económico diseñado para promover la salud humana y planetaria desde el principio, en lugar de uno donde las externalidades sociales y ambientales deben corregirse constantemente a posteriori. Todo esto lleva a una conclusión simple: es posible una sociedad más solidaria, equitativa y eficiente, que brinde a las personas lo que necesitan en áreas como salud, educación, vivienda y energía, sin sobrepasar los límites planetarios. La conclusión simple: menos es mejor.

Imaginemos que, en lugar de construir más autopistas o enormes centros comerciales, invertimos en clínicas y escuelas, vivienda pública, infraestructura de energía renovable local y transporte público limpio. Eso genera bienestar de una manera que consume pocos recursos y es sostenible. Puede parecer contradictorio, pero no necesitamos un crecimiento infinito para vivir bien. Necesitamos servicios adecuados, acceso equitativo e infraestructura sostenible que actúen como sistemas de provisión diseñados con el bienestar como objetivo.

Para llevar a la práctica esa propuesta que combina bienestar y sostenibilidad lo que debe hacerse es:

  1. Medir el bienestar utilizando índices como el IPG o el IDH, no solo el PIB.
  2. Fortalecer los servicios públicos universales (salud, educación, etc.).
  3. Invertir en infraestructuras centradas en la comunidad.
  4. Priorizar la equidad para reducir el desperdicio de recursos.

El objetivo del decrecimiento y del crecimiento sostenible a menudo se malinterpreta como una llamada a la privación, pero en realidad es lo contrario. Es un llamado a una vida más plena, dentro de nuestras posibilidades colectivas. Una vida donde las personas tengan el tiempo y los recursos para cuidarse mutuamente, donde se garanticen los elementos esenciales del bienestar y donde se respeten (en lugar de debilitarlos) los sistemas naturales que nos sustentan. Imaginemos un mundo donde la salud, la educación y la seguridad no sean lujos ligados al crecimiento económico, sino condiciones básicas de la dignidad humana. En este contexto, la suficiencia no significa escasez. Significa vivir bien sin exceder lo que la Tierra nos puede dar.

El crecimiento infinito acaba resultando perjudicial para todos. Aumentar de manera no sostenible la producción desestabiliza los sistemas climáticos, erosiona los ecosistemas y debilita los vínculos sociales que mantienen unidas a las comunidades. Por el contrario, el abastecimiento que prioriza el equilibrio y la calidad fomenta la resiliencia. Cuando la atención médica, la vivienda, la educación y la energía limpia se conciben como bienes públicos, actúan como la tierra y el agua en un jardín fértil: crean las condiciones para el florecimiento y generan vida sin requerir una extracción incesante y no-sostenible. Cuando pasamos de maximizar la producción a simplemente satisfacer las necesidades, descubrimos que menos puede ser mejor. Menos desperdicio, menos estrés, menos desigualdad, un aire más limpio, comunidades más fuertes y tiempo para centrarnos en lo que más importa. Ese tipo de vida no es una pérdida, es una liberación.

La conclusión es pragmática y esperanzadora. Una sociedad organizada en torno a la calidad del abastecimiento y no exclusivamente en el PIB, puede garantizar el bienestar dentro de los límites planetarios. Puede brindar seguridad, dignidad y cuidado sin exigir que la Tierra absorba niveles imposibles de extracción. La transición puede ser difícil, ya que desafía intereses poderosos y hábitos arraigados, pero la recompensa es un futuro donde la vida es resiliente y sostenible. Y eso no solo es una buena noticia para las personas que vivimos actualmente, es también el camino hacia un planeta próspero para las generaciones venideras.

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